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Hay que escuchar a la comunidad musulmana

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Opinión

Marià de Delàs. Periodista

Hay que dar la palabra y escuchar atentamente lo que dice la comunidad musulmana, que ha hablado con suficiente claridad no sólo sobre su rechazo del terrorismo, sino sobre lo que provoca que determinados jóvenes se rebelen de manera tan brutal contra su país, como lo han hecho en otras naciones europeas.

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Cuando los musulmanes dicen y escriben que “todos somos Catalunya, todos somos Barcelona”, expresan obviamente un pensamiento como catalanes, porque han elegido esta tierra para vivir, para ellos y para sus hijos.

Todo tipo de catalanes, entre ellos muchos musulmanes, han salido reiteradamente a las calles de nuestras ciudades en los últimos años, en forma multitudinaria, en su día para protestar contra la guerra y más recientemente para pedir solidaridad con los que se ven obligados a huir de sus países.

El viernes pasado y este mismo lunes han gritado “No tinc por” (no tengo miedo), junto a mucha gente, y con mucha más que lo hará el sábado 26 en el Passeig de Gràcia. Y a las manifestaciones han ido con carteles con una frase escrita que resume de la mejor manera posible no sólo su sentimiento, sino el de todas las personas que no quieren que se las culpabilice de cosas con las que no tienen nada que ver, ni que se las identifique con ninguno de los responsables de la violencia que hemos visto: “No en el meu nom” (no en mi nombre).

Hay que escuchar y entender lo que dicen, porque de lo contrario se fomenta la segregación, la exclusión, la separación, la irracionalidad, el odio y en definitiva el miedo que se quiere alejar y conjurar.

“La gente nos señala mucho, y nos aparta”, se quejaba una mujer musulmana sin poder disimular las lágrimas. Lo hacía después de los minutos de silencio por las víctimas en la Plaçaa de Catalunya. “Nos miran mal”, decía otra señora mientras recordaba los insultos que había tenido que oír … Conviene ponerse en la piel de quien cada día debe soportar expresiones de menosprecio o insultos como el de “putos moros”, que salen de tantas bocas, o las políticas de “limpieza” que defienden impunemente dirigentes de partidos que no se molestan siquiera en disimular su xenofobia.

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Se ha elogiado muchas veces y con razón durante estos días lo que han hecho todos los profesionales que atendieron a los heridos y a sus familiares, y la actuación de los Mossos para investigar, localizar y enfrentarse con los responsables directos de los atentados de Barcelona y Cambrils.

Se da una tendencia sin embargo, impulsada por no pocos gobernantes, que empuja a pensar que el combate contra el terrorismo sólo es cosa de las policías, o del ejército si llega el caso, olvidando las raíces de la violencia, que no se encuentran en el origen familiar, el lugar de nacimiento o la religión de nadie.

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“No criminalicemos las mezquitas”. “Las mezquitas son lugares en los que la gente se dedica a rezar”. Esto no lo decía el representante de una ONG ni ningún ‘mediador’. Eran palabras de respuesta a periodistas extranjeros del jefe de la policía catalana, Josep Lluís Trapero, que tuvo que explicar a ‘informadores’, empeñados en hacer preguntas sobre control de mezquitas y fronteras, que los inmigrantes no representan una amenaza.

Las palabras del responsable policial resultaban realmente reparadoras, tranquilizadoras para todos los que, justificadamente, tienen miedo a las redadas, las identificaciones arbitrarias y el tratamiento discriminatorio.

El próximo sábado se escuchará otra vez y bien fuerte el grito “No tinc por”. Es necesario que así sea no sólo para hacer frente a los terroristas, sino para recordar a todos que Catalunya siempre ha sido tierra de acogida y que Barcelona también fue la ciudad en la que tuvo lugar la mayor movilización en defensa del derecho de las personas a obtener refugio, la que popularizó en todo el territorio otro lema inolvidable: “Volem acollir” (Queremos acoger).

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Es necesario que el máximo número de personas, entidades e instituciones apoyen la manifestación de este sábado, en cualquier caso. Será sin duda una demostración de cohesión y de inteligencia colectiva de una sociedad que sabe expresar su solidaridad con las víctimas de la violencia y sabe rechazar a quien la propicia tanto cerca de casa, como en las fronteras, como en los conflictos armados del otro lado del Mediterráneo. Es evidente sin embargo que no lo hace o no puede hacerlo con suficiente fuerza y eficacia.

El terrorismo es un fenómeno complejo, cambiante, que arraiga en sociedades muy diversas y hay que analizarlo de la manera más racional posible. Hay que recordar que la mayor parte de las víctimas del terrorismo que se proclama islamista profesa la religión musulmana. Y también conviene tener presente que muchos de los que buscan refugio en nuestro país, o en otras naciones de Europa, han huido de la violencia de la misma organización que ha asumido la autoría de los atentados de Barcelona y Cambrils: Estado Islámico.

El ‘yihadismo’ criminal continuará, porque Estados Unidos y sus aliados europeos, entre ellos España, decidieron responder al terrorismo con la destrucción absoluta de países como Afganistán, Libia o Irak. Estado Islámico no es un fenómeno surgido de sectas alienadas o tribus desamparadas. Tal y como explicó en Madrid un gran conocedor de los conflictos de Oriente Medio, el periodista David Gardner, Estado Islámico es producto de la fusión de supervivientes de Al Qaeda con restos del partido y el ejército de Sadam Hussein. Al Qaeda, formada con “muyahidines” alimentados durante mucho tiempo por los Estados Unidos, y el régimen de Sadam,  protegido por Occidente hasta que dejó de interesar y pasó a formar parte del “eje del mal”.

Pere Ortega se preguntaba hace poco en este diario porque “el término ‘terrorismo’ se ha convertido en un modo de demonizar la violencia de los otros, pero no la que comete Occidente en Oriente Medio“.

Hoy nos importan y mucho los muertos y heridos en Barcelona, ​​Cambrils y Sant Just Desvern, pero no se pueden olvidar las casi dos mil víctimas del atentado que se cometió el 11 de marzo de 2004 en la estación de Atocha de Madrid, ni los miles de personas que se han ahogado y se ahogan en el Mediterráneo, huyendo de guerras que se libran con armas facilitadas por Occidente y por monarquías orientales ‘amigas’, ni debemos dejar de recordar entre otras muchas las 15 personas que perdieron la vida en 2014 cuando la Guardia Civil les disparaba pelotas de goma para impedir que llegaran a nado a la playa del Tarajal.

Esperamos que el próximo sábado dejarán que manifestamos nuestro dolor, nuestra solidaridad con las víctimas de Barcelona, ​​Cambrils y Sant Just, y que podremos expresar nuestra confianza en un futuro mejor, sin tener que soportar el protagonismo hipócrita, aunque sea en segunda fila, es igual, de quien fomenta el odio, de quien nos impide ejercer el derecho a acoger y de quien promueve el comercio con armas que llevan muerte y destrucción a los países del otro lado del Mediterráneo.

Hay que escuchar a la comunidad musulmana y hacer, como decían en el manifiesto que leyeron este lunes, “autocrítica todos, instituciones y comunidad, y cambiar muchas cosas que creemos que no se adaptan a los tiempos que corren”.

El combate contra el ‘yihadismo’ deberá ser paciente, reflexivo y de amplio alcance, para que la persecución policial de los delincuentes, aunque evite grandes desastres, no podrá impedir otros que vendrán. Todo el mundo sabe que habrá nuevos ataques de procedencia igual o similar a los que acabamos de ver en Cataluña.
Este combate exigirá tiempo e inteligencia.

Porque hay que atacar la xenofobia en sus raíces, para que la sociedad tenga herramientas de autoprotección ante quien la promueve.

Porque nadie ofrece de momento recetas para eliminar las bolsas de marginación social, en las que los fundamentalistas aprovechan oportunidades de hacer proselitismo entre jóvenes sin expectativas de futuro.

Y porque el mal que se ha hecho en Oriente Medio es indescriptible y es necesario que Estados Unidos y sus aliados renuncien, al menos allí, a la utilización de sus maquinarias militares de destrucción.

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