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Cataluña y la gran patada a la democracia

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Opinión

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Anton Fernández de Rota

 Degeneración

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Al menos tres de cada cuatro catalanes exigen romper con la ley, con el Estado de Derecho, incluso con la democracia… o eso dicen los que no le reconocen a Cataluña ninguna capacidad de decisión autónoma. Pero, ¿qué es eso que llaman “democracia”? ¿Cuál su legitimidad? ¿Qué significa la independencia hoy, y cuál es el independentismo que va ganando, a escala planetaria, más allá de la miopía y del astigmatismo, interesadamente provinciano, de ciertos medios?

En estos momentos desnortados parece oportuno recordar a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, de aquella de la que se ha dicho que fue —no entraremos aquí en las discusiones conceptuales más sutiles, no obstante cruciales— la primera “democracia moderna”. Y más en concreto, conviene recordar a Jefferson, que decía un par de cosas. Si esto no va a ser como el Antiguo Régimen de la nobleza aristocrática, el principio del poder hereditario.

  1. Cada generación ha de tener derecho a escribir o reescribir su propia Constitución. Las generaciones de los muertos no deben mandar sobre los vivos, pues de ser así seguirá presente un régimen político hereditario, no tan distinto de ese despotismo monárquico del cual los rebeldes querían independizarse. Por lo que a mí respeta, para sentirme en democracia, sigo esperando que se me permita participar en un proceso constituyente, como hubiese querido Jefferson, quien añadía a lo dicho lo que sigue.
  2. Que las deudas de las antiguas generaciones no han de determinar la vida de aquéllas más jóvenes que no las contrajeron. El rescate bancario, la amnistía fiscal, los recortes concomitantes, todos ellos serían, por despóticos, siguiendo la lógica del argumento, inconstitucionales. Cito una de las cartas que Jefferson le envió a Madison

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“Con respecto a las deudas futuras [escribe en 1789, a propósito de los debates que estaban teniendo lugar en Francia], ¿no sería sabio y justo que esa nación declarase en la Constitución que están preparando, que ni la legislatura ni la propia nación pueden contraer válidamente más deuda de la que pueden pagar dentro de su propia edad, o dentro de un periodo de 19 años [el que mide la “generación]? ¿Y que todos los contratos futuros en lo relativo a lo que reste por pagar una vez vencidos esos 19 años, han de ser considerados nulos? Esto pondría a los prestamistas, también a los prestatarios, en alerta cauta. Y al reducir la capacidad de endeudamiento dentro de sus límites naturales, frenaría el espíritu de guerra [piénsese en los EEUU de hoy en día], al que se ha dado demasiado libre curso por la falta de atención de los prestamistas a esta ley de la naturaleza: que las generaciones que siguen no son responsables de aquellas que las preceden”.

Claro que eran otros tiempos y que el welfare posterior sólo fue posible por un compromiso intergeneracional. Pero eso es una cosa, y otra que se quiera hacer pasar por democrático lo anti-democrático. ¿Qué ha ocurrido con la política constitucional? ¿Qué ha pasado con las “deudas antidemocráticas”? El artículo 135 no está ahí precisamente para evitarlas, sino para poner el derecho de los acreedores por encima de todas las cosas y delegar parte de la soberanía nacional en un ente europeo que así pretende instaurar el marco diseñado por el ordoliberalismo alemán.

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La soberanía interesa, pero sólo cuanto interesa. En España ya se ha dado un proceso independentista. Se llevó a cabo hace dos décadas, con éxito, sin referéndum, y más bien de manera unilateral. A pocos nacionalistas españoles pareció importarle. El ejército no abandonó el cuartel. Al imponer su “Declaración de Independencia” en el año 1998, el Banco Central Europeo (BCE) —una institución a la que obligatoriamente va nuestro dinero, que nos representa, pero que no es pública ni ha de rendir cuentas a ningún parlamento ni a nadie, ni nada tienen que ver en ella los ciudadanos, pues no tienen voto, ni siquiera a través de sus representantes— le arrebató al país una parte de su soberanía, la que se refiere a la política monetaria y crediticia, que no es poca cosa. Aznar, de todos los presidentes imaginables el más nacionalista, lejos de manifestar su más enérgica repulsa, lo aplaudió.

Los que se echan las manos a la cabeza cuando son los ciudadanos quienes desean independizarse, nada tienen que decir cuando, anulando la democracia, son los financieros los que crean sus propias Repúblicas en los distintos Bancos Centrales o en los paraísos fiscales, y se llevan hasta ellos, en sacas, nuestras soberanías y democracias. Cuando el Banco Central Europeo fue denunciado en Alemania como anti-constitucional y anti-democrático, esto fue lo que contestóla Corte Constitucional de aquél país: en lo que se refiere a estas materias, esta supresión de la democracia —el veredicto dice más elegantemente, “esta modificación del principio de la democracia”— puede ser aprobada, pues “está científicamente demostrado que un banco central independiente está en una mejor situación [que otro democráticamente controlado] para asegurar el valor del dinero”.

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Horizonte burbujeante

A los cien años de la Revolución Rusa he aquí el grito que exclaman los incendiarios: “¡Todo el poder a las bolsas de valores!”. Goldman Sachs —¿Lehman Brothers?como oráculos. Los quants como nuevos militantes tecno-revolucionarios: sus aparatos vienen equipados con una versión de la fórmula de aquellos dos premios Nobel, el Sr. Black, el Sr. Scholes, dos lumbreras, que aplicándola quebraron su propio hedge fund: Long-Term Capital Management. ¿Qué son los Bancos Centrales del independentismo financiero? El nexo, entre lo público y lo privado, que permite el saqueo de quienes patean en el suelo a una democracia que cuesta ver cómo podría ser cuestiona en mayor medida por un referéndum de autodeterminación.

Los que sufren amnesia, o Síndrome de Estocolmo, agradecerán al Banco Central Europeo habernos sacado de la crisis con su máquina virtual de hacer dinero, que no lo imprimía exactamente, sino que de algún modo lo producía al comprar 60 u 80.000 millones de euros de deuda al mes. Pero la fecha de fundación del BCE nos da una pista. Al final de los años noventa una nueva ola de desregulación financiera, iniciada en los USA, replicada por doquier, llevó directamente a la ingente burbuja que terminó por explotar en el 2007-2008. Son las reformas de los Bancos Centrales independientes, exigidas por sus socios en Wall Street —de Goldman Sachs viene Mario Draghi, y asumidas por los gobiernos sometidos de buen agrado —inútil volver a recordar las andanzas de Rodrigo Rato— las que están detrás de esta crisis.

Y cuando estalló la burbuja, el mecanismo que asegura la independencia del banco se puso a funcionar con todo su rigor. Bajo la égida del BCE, los Bancos Centrales independientes de cada nación pueden comprar directamente bonos de cualquier país no europeo, por ejemplo de los Estados Unidos, pero no los emitidos por otros países de la UE. Para garantizar la independencia del banco independentista, deben adquirir estos bonos indirectamente, es decir, a un precio más caro en los mercados secundarios, luego de ser evaluados por, y por tanto someterse a, las Agencias de Calificación (de Wall Street). La superioridad de la fórmula antidemocrática queda “científicamente demostrada” también de este modo: con lo que es nuestro el BCE provee dinero barato a los bancos privados, para que éstos se lo presten más caro a los gobiernos nacionales, al tiempo que el BCE compra las deudas nacionales que los actores financieros privados han comprado previamente, quizás unas horas antes, sabedores de que se las recompraría por más valor, quizás empleando para ello el propio dinero barato que ha puesto el BCE en sus cuentas. Voilá!

Y, así, mientras te piden que mires para el Parlament catalán, a través de este ciclo depredador va gestándose la próxima crisis. España, Europa, los Estados Unidos, sólo pudieron salir de la Gran Recesión creando una inmensa burbuja de oferta monetaria a escala global: el planeta inundando de dólares, más que de euros. Los financieros que operan en las sombras, el “shadow banking”, con su creación informal de dinero a partir de los derivados financieros, presiona en la misma dirección inflacionaria de una masa monetaria que antes o después, a no ser que un súbito boom de la producción —o de la destrucción— lo evite, tendrá que estallar, de manera controlada o salvaje.

Una mezcla poco recomendable, la expansión cuantitativa (quantitative easing) con el dinero-sombra que se arriesga a convertir algunos Bancos Centrales en lo que se conoce como “bancos malos”. En el 1970 no había en el mundo más que unos pocos millones empaquetados en derivados financieros. En el 1990 rondaban ya los 100 millardos. En el 2000, los 100 billones. En el 2013 superaban los 700 billones. Por más que sean medidos, de manera aproximada dada la opacidad que los caracteriza, en valores nocionales, y por más que se convenga en que la magnitud de su mercado es en verdad mucho menor, nadie niega la realidad de un crecimiento continuado, intenso y peligroso.

Es posible que Draghi comience a frenar la máquina de la expansión cuantitativa este año. Así lo acaba de anunciar. A saber cuáles serán los resultados de la burbuja a medio plazo. A corto sus logros han sido notables, pero no del todo exitosos. El Deutsche Bank no se ha hundido, algo con lo que muchos contaban. La deuda pública alemana ha bajado más aún que la media europea, pero la de Francia, así como la italiana, o fuera del euro también la del Reino Unido, todavía siguen creciendo. La griega se ha estancado en la parte alta de la gráfica. La española supera ya el 100% del PIB.

Al otro lado del Atlántico se resumen en la expansiva deuda estadounidense buena parte de los conflictos geoeconómicos. Hasta hace unos meses Japón encabezaba el ranking de los principales acreedores de la deuda pública americana, pero Japón era y sigue siendo el país porcentualmente más endeudado del mundo, con una economía estancada a pesar del quantitative easing de su Banco Central. China se acaba de colocar otra vez como acreedor Nº1. Trump puede rezar para que siga en marcha la dinámica económica por la que, no sin tensiones, quedó vinculada la suerte de la manufactura y del exceso de liquidez chino a la deuda americana. Pero todo tiene su límite, como pudieron comprobar los estadounidenses en los años sesenta, cuando la reconstrucción postbélica de las economías alemana y japonesa provocó un rápido incremento de la competencia entre los aliados y a la postre la crisis de superproducción de los años setenta, de la cual arrancó el actual proceso de expansión segregacionista del poder financiero.

Cataluña, por supuesto, es viable como país, aunque Europa no la reconozca y España la boicotee. Pero, ¿de qué manera? No es el tamaño lo que cuenta, Artur Mas lo tenía claro. El quinto acreedor de los yanquis son las Islas Caimán, el tercero, Irlanda y el sexto Suiza, otros dos paraísos fiscales. Al tiempo que crece la burbuja monetaria, pasa por los enclaves paradisíacos más de la mitad del comercio mundial. En el año 2008 el 83% del Top 100 empresarial estadounidense, y el 99% del europeo, emplazaban filiales en estos Paraísos terrenales, sedes de la Internacional del separatismo financiero.

La noticia importante de la semana pasada no tuvo que ver con Cataluña, sino con la reunión de los BRICS, y su intento por expandir su muy precaria alianza a otros países, no sólo para avanzar en la articulación de instituciones alternativas a las de Bretton Woods —FMI, Banco Mundial, etc.— sino para empezar a comerciar entre ellos sin pagar tributo a la divisa americana, cosa que no es fácil, pero que quizás tenga más que ver con la “autodeterminación” que lo que se pretende realizar en el Noreste ibérico. De esta manera lograrían esquivar, aunque sea poco, el torrente diluvial de dólares que desató la crisis. Lo cual no favorecerá a los intereses de los Estados Unidos que, por otra parte, acaban de cosechar otra derrota militar en Siria, en una zona que parece estar convirtiéndose en un nuevo Vietnam.

Los muertos mandan

Pero siguen repicando las campanas. Vítores de los “demócratas” a la derecha y a la izquierda de la amalgama centropartidista: ¡Que vivan los evasores paradisíacos y que nadie —de los de abajo— se libre de pagar los “errores del mercado”, las deudas de los políticos corruptos y de aquellas Cajas que en España ya no eran cajas de ahorro sino bancos de inversión! ¡Que vivan las “Credit Default Swaps”, las “Collateralized Debt Obligations”, y todos los productos “sintéticos” que manejaban y manejan vulnerando el espíritu de las Cajas públicas! Todas estas cosas son ahora “too big to fail” y, para algunos también, too good to be true. Absoluta irresponsabilidad.

Cuando se le propuso al gobierno español auditar la deuda pública, contestó uno de sus representantes en un plató televisivo: “¡Pero de qué deuda me hablas! ¡Si tan pronto la contraemos es ya imposible precisar en qué manos está!.

Cuando se habló de un proceso constituyente y de una “Segunda Transición”, cuando cientos de miles salieron a la calle en el 2011y 2012 con estas demandas, entonces los que se dicen demócratas prefirieron mirar para otro lado.

Los mismos que critican muy legitimados la transparencia de ciertos comicios, los mismos que no saben adónde van los valores de los bonos que emite el Estado, no tienen la menor duda a la hora de ubicar en el mapa, y decir en qué manos sí está y en cuáles no está, esa misma soberanía que no les cuesta nada regalar a los banqueros y a los mercados secundarios: ¡Que el futuro de Cataluña lo decida Madrid y Andalucía, pues no hay salida más democrática! ¡Así lo dice la Constitución! ¡Que rija en este país un texto legal que sólo una pequeña minoría viviente ha refrendado!

Recuerda a Jefferson. Esta “carta magna tan sólo la ha podido votar uno de cada cuatro adultos residentes hoy en el país. En su momento, muchos de ellos, casi la tercera parte, se abstuvieron. Otros dijeron “no” por diversas razones, o votaron nulo o en blanco. Sólo el 15% (aprox.) de los residentes actuales mayores de edad dieron su aprobación en vida a la Sacrosanta Constitución. Los muertos mandan.

Cuando algo baja del umbral del 50%, de apoyo, de participación, de lo que sea, deja de ser mayoritario. Pese a las palabras de Jefferson, en los Estados Unidos el porcentaje se ha quedado en el 0%. Pero siendo firmada la Constitución española bajo el miedo a las armas que aún empuñaban los dictadores, es difícil considerarla democrática en modo alguno, por mucho que alguien quiera estirar el concepto. Deviene un chiste de mal gusto al tiempo que el contenido social de la misma se va convirtiendo, siempre lo fue más o menos, pero cada vez lo es más, en papel mojado. Y sólo un idiota, en el mejor sentido beatífico que le daba Dostoievski a esta palabra en su novela homónima, o alguien de peor calaña, se atrevería a sostener sin ruborizarse, si es que es consciente de lo que significa el modelo schumpeteriano de élites partidistas equilibradas, instaurado en España a nivel nacional, que en cada elección, de alguna manera, la estamos refrendando. En un extremado odio y desprecio a la democracia, ni siquiera los programas votados por los ciudadanos son vinculantes para sus “representantes.

Domesticación del movimiento

Del circo mediático con sede en Barcelona y en Madrid, sacaban tajada los nacionalistas de ambos bandos en un juego win-win que ahora puede estallar por los aires. La desviación del conflicto hacia la cuestión nacional tuvo una primera utilidad. Con ella se tapaban las vergüenzas mutuas las dos derechas nacionalistas y corruptas. El enfrentamiento les servía para arrancar votos en sus respectivos feudos. Cabe recordar que cuando comenzó la ola de la indignación democrática en el 2011, no sólo la elite derechista catalana había puesto en práctica una política económica en perfecta sintonía con la de sus homólogos españoles, sino que además fue siempre un paso por delante en lo que se refiere a la política represiva. Baste con recordar el nombre de Felip Puig o el llamamiento a hacer de los ciudadanos espías y chivatos policiales en contra de los conciudadanos que se movilizaban. Luego llegó desde Madrid la “Ley Mordaza”. La derecha catalana en descomposición fue rescatada por la izquierda nacional. Todo se les fue de las manos. Y ahora la policía militar española toma Cataluña en busca de papeletas electorales, como si tratase de una amenaza terrorista.

En la anulación y domesticación de lo iniciado por el movimiento para la reformulación y radicalización de la democracia, también llamado “15-M”, jugaron un papel importante, además de las debilidades de los nuevos partidos-movimiento, otras dos fuerzas “progresistas”: el Procés, que ahora reconcilia a los reprimidos con sus represores, y cierto feminismo de telediario. El feminismo, el que no es de telediario, creó la posibilidad de volver a dar un impulsoal movimiento transformador cuando éste languidecía, pero esta posibilidad se perdió al quedar atrapado en una dinámica, aplaudida y alentada desde los medios de comunicación, que volvió a obliterar los alcances más amplios de lo que en otro tiempo se llamó la “cuestión social”. No es esta una crítica al feminismo en sí, obviamente, sino a cierta domesticación mediática, aquella que para colocar a la mujer en la política, la sitúa en el hogar. Y nada lo expresa mejor que el tratamiento específico del tema que logró convertir en el centro de la movilización: la violencia de género, por los telediarios reducido principalmente a un problema doméstico.

Frente a esta demanda omnipresente, otras que también se abrieron paso en el espacio mediático, como la igualdad salarial —tan legítima como poco conflictiva, pues siempre es posible equipararlos a la baja, máxime cuando ya no existen sindicatos cuantitativamente significativos que merezcan ser llamados cualitativamente sindicatos— no ocupaban más que un segundo plano muy alejado. ¿Qué es lo que se reclamaba? Campañas educativas o de sensibilización, y más tribunales, más mano dura, más policía, tomar los hogares. De igual modo que fue efectivo el recurso a lo nacional, otra forma de hogar, lo fue este feminismo de telediario a la hora de aplacar las potencias disruptivas que estaba comenzando a reavivar el activismo feminista.Cuesta un mundo ver cómo es que nos van a salvar de la violencia machista la propaganda y los aparatos represivos del Estado. Pero los medios sistemáticamente proyectaron esta lógica pedagógico-policial en detrimento de otras más transversales, política y económicamente más ambiciosas, que además hubiesen podido relanzar la crítica democrática de los indignados, haciéndola avanzar un paso adelante por la vía feminista.

Contra el independentismo de las finanzas y al margen del independentismo nacional, que sin más no es otra cosa que una mera ilusión, hubiese sido posible reivindicar otro tipo de “independencia” frente a los que dan patadas a la democracia, y también contra las dependencias emocionales, así como político-económicas, que subyacen a la violencia de género, material, simbólica y estructural. Por dar sólo un ejemplo de uno de los muchos puntos interseccionales que hubiesen dado una forma programática a la transversalidad: a la muy discutida Renta Básicanada más que una de las medidas susceptibles de ser articuladas, necesariamente con otras, para comenzar aindependizarse del salario y del chantaje que implica el desempleo— se le podría haber dado un carácter feminista, desviando la agenda política de lo establecido por los telediarios. Quizás, correctamente articulada, fuese capaz de hacer más por paliar la violencia y sus efectos que todos los esfuerzos policiales juntos. Pero esta lógica interseccional, esta concatenación de las luchas que oponen la democracia al capital y al patriarcado, es lo que no tenía cabida en el plató de televisión.

De haber avanzado en cuestiones “independentistas”, y de haber desarrollado la trayectoria de la indignación democrática iniciada en el 2011 —cuestionando por qué la democracia ha de terminar en las puertas de las oficinas, de las fábricas, de la legislatura, de los medios de comunicación, de los bancos de datos, de las redes sociales, de los centros de ocio, de los Bancos Centrales, de los mercados financieros— posiblemente no estaríamos donde estamos, pero lo estamos. Replegados en lo hogareño, nos vemos atrapados al fin en una enorme bronca familiar que discute, antes que nada, sobre la ley del divorcio político y sobre la paternidad o maternidad de las criaturas. ¡España, una! — ¿Y si no quieren? — ¡Cataluña independiente! — 

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