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Barbarie en Grazalema

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Opinión

A vista de pájaro, Grazalema es un bonito pueblo blanco de la sierra de Cádiz. Acudí acompañando al equipo del programa de televisión La línea roja de Cuatro, dedicado en esta ocasión a la tauromaquia. Cuando llegamos, estaba a punto de celebrarse el toro de cuerda. La gente estaba expectante. Miraban desde los balcones, se congregaban alrededor del recorrido y en el centro de la plaza. Una pequeña multitud de niños estaban subidos a los muretes que bordeaban la plaza. Pareciera que esperaban la cabalgata de reyes, ajenos a que iban a ser partícipes de una lección de insensibilidad.

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Muchas de las personas que se encontraban en la plaza delimitada por un vallado, no atendían el encierro. Simplemente bebían cerveza, eso sí, con su camiseta de la peña taurina de su pueblo, como seña de identidad. De repente el murmullo, la cháchara jovial y las risas se convirtieron en gritos, silbidos, aplausos. Y entre todo ese ruido bronco intuí a una multitud corriendo y unas pezuñas pisando por primera vez el suelo adoquinado.

Ese toro sacado de la dehesa corrió más de una hora por las calles del pueblo de Grazalema buscando la salida que no llegaría a encontrar. Sentí su miedo, su angustia, sufrí con él el acoso al que fue sometido.

Pude verle a través de los móviles y las cámaras que se alzaban para grabarle por encima de las cabezas de los espectadores. Un toro amarrado, que a momentos quedaba paralizado, mirando a un lado y a otro ignorando que por más que tratara de huir, su destino era la muerte.

Mantener el tipo en esta circunstancia fue un duro trago para mí. Consciente de mi impotencia, sabedora de que nada podía hacer para salvar la vida de ese animal, trataba de pensar que al día siguiente y al otro y al otro, estaba obligada a trabajar para acabar con esta injusticia.

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Aparté la vista. No volví a ver al toro. Mientras, la gente seguía con su jolgorio. El suelo empezó a llenarse de botellas de bebida vacías.

En un momento determinado, la situación dio un vuelco. Terminó el encierro y poco a poco, cuando la gente se fue retirando de las barreras, vimos a los ‘corredores’ del encierro, que se agolpaban frente a la plaza, cansados, dando patadas desganadamente a las latas de cerveza que andaban tiradas por el suelo.

Los reporteros nos hicieron unas últimas preguntas. También buscaron la opinión de los vecinos. Pero en esas circunstancias, una cámara de televisión es un enemigo invasor del que el pueblo se debe defender. No es la primera vez que pasa.

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Las caras se fueron crispando, las voces, los gestos amenazantes se intensificaban y cada vez se nos acercaba más gente. Ahora no grababan al toro, las víctimas éramos nosotros. Escuché a uno de ellos que con voz alta y bronca decía, ¡Son los antitaurinos, ésa es la presidenta del PACMA! Y me lanzaron la primera lata a la cabeza.
A partir de ahí la cosa se empezó a poner realmente fea. Cada vez más personas, más encrespadas, nos empezaban a rodear al grito de ¡Fuera, Fuera! Serían unos trescientos.

Los miembros del equipo seguían grabando y Jesús Cintora, que se había convertido en el centro de los ataques, trataba de explicar a los vecinos que simplemente habíamos venido a presenciar y grabar el encierro. Mientras, mi compañero y yo decidimos, en un mar de nervios y poniendo distancia, salir discretamente y llamar a la Guardia Civil.

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Por experiencia sé que en estas situaciones no es posible el diálogo. De otro modo les hubiera explicado que si tan orgullosos se sienten de lo que hacen, nada mejor que una televisión para darle difusión a ese festejo declarado Patrimonio Cultural Inmaterial.

Mi promesa es firme. Seguiré trabajando cada día para poner fin a la violencia, que no solo es contra los animales. Hoy más que nunca, se hacen necesarias iniciativas políticas que promuevan leyes que realmente consideren y protejan a todos los animales, y dejar que la barbarie forme parte definitivamente de nuestro pasado.

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