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Dónde se habrá metido Catalunya

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Opinión

Cantaba mi añorado Javier Krahe una canción que estos días me recuerda mucho a Catalunya. Si se entera me manda desde el empíreo un par de endecasílabos en forma de rayo mortal. Contaba la historia de un hombre que llega a casa y se cabrea porque su mujer no está.

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Cuando pienso que son ya las once y pico,
yo que ceno lo más tarde a las diez,
cómo diablos se fríe un huevo frito:
¿dónde se habrá metido esta mujer?

Durante unas cuantas estrofas el hombre airea su estulticia cabreándose al encontrar la ropa sucia (“le compré lavadora y para qué”) y su camisa arrugada (“pues la plancha, aunque le den las tantas”), y en el colofón genial de la canción se queda eternamente esperando en el salón sin enterarse de nada:

Pero bueno, si falta una maleta.
La de piel, para colmo, la de la piel.
Para qué la querrá la imbecil esta.
¿Dónde se habrá metido esta mujer?

https://www.youtube.com/watch?v=3XF4Yfof5yw

Cantábamos el otro día esta canción el escritor macarra Alexis Ravelo, el presigioso metautor Rafael Reig y yo en la plaza de Lisle sur Tarn para regocijo de las damas occitanas, que por lo visto son muy comprensivas con las ebriedades líricas de los españoles. El caso es que a mí, el personaje de Krahe me salió cantado con el rostro de Mariano Rajoy. No se lo comenté a nadie, por si en Lisle-sur-Tarn había manicomio. Pero me guardé la visión en lo íntimo, acompañada de la muy original certeza de que la naturaleza imita a la arte.

Ahora me doy cuenta de que fui un poco injusto con Mariano. Al hombre de la maleta se le puede también poner el rostro de los directores de las diferentes versiones del Marca que lee nuestro amado líder: El País, El Mundo, ABC, La Razón…

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Uno pensaba que el papel –entre otros– de los medios de comunicación era poner un poco de cordura, análisis y viento del pueblo en la res pública, que ahora ya sabemos por qué los romanos la llamaban res. Sin embargo, los ronceros de nuestra prensa papelera se muestran aquí como hooligans, a por ellos, pidiendo más patadas, codazos y pisotones sobre Piqué, Puidemont y los indepes en general.

Por no ir más lejos, en El Mundo de hoy el segundo editorial deja claro que el olor a sangre debe atrer mucho a los adictos al kiosko: El Gobierno no debe pedir perdón por defender la ley, se titula la sargenta diatriba: “las declaraciones del delegado del Gobierno en Cataluña, Enric Millo, pidiendo perdón a los heridos por la actuación de las fuerzas del orden el 1-O hacen un flaco favor al esfuerzo del Estado por responder con firmeza al desafío independentista, y al importante despliegue policial. Con su actitud, Millo parece dar crédito a muchas de las imágenes falsas que medios de comunicación irresponsable han venido publicitando para desgastar la imagen del Gobierno y convertir en víctimas a los que no son sino unos golpistas sin escrúpulos”.

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En El País, Ricardo de Querol aconseja que a las movilizaciones por la independencia solo vayan garrulos y pedrolaris, pues niños y ancianas se exponen a recibir un par de hostias: “Debió ser divertido ese fin de semana de encierro en los colegios, seguro que allí había sincera ilusión, pero será más prudente no volver a llevar a los niños y a las abuelas a las barricadas. Ya no estamos en la Diada, adonde se va con los chiquillos con las caras pintadas de estelada a ver los castellers. Esto va en serio. No hay revolución sin destrucción”.

El director de ABC, Bieito Rubido, busca ni más ni menos que la memoria de uno de los pacíficos modelos de la indecente foto de las Azores para justificar pasadas y venideras somantas de hostias: “Como hizo en su día Tony Bair con Irlanda del Norte, tras deplegar 45.000 soldados en un territorio más pequeño que Tarragona”. Y hasta denigra la blandura de una represión atenuada por la repercusión internacional de las imágenes del 1-O: “A La Moncloa le preocupa la opinión pública internacional y no la española”, dando a entender que los carpetovetones lo que deseamos son garrotes viles, fusilamientos, cunetas y tal, como es tradición en este quimérico país.

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En La Razón, Enrique López se afana en desacreditar la (poca) sangre vertida estos días en los paisós: “Esta situación me recuerda un chiste de Gila, en el que una persona se dirigía a otra diciendo «¡deja de clavarme el cuchillo!», a lo que el agresor contestó «cuando dejes de llamarme asesino». En ocasiones el trasgresor necesita convertirse en víctima y para ello se inventa un relato en el que, como en este caso, no ha faltado de nada: imágenes de heridos con salsa de tomate, dedos rotos que se han curado milagrosamente en horas, la barbaridad de acusar a miembros de los cuerpos de seguridad de producir agresiones sexuales”.

No es de extrañar que en estos medios integren la mataanza toros en las páginas de cultura. Da la impresión de que estos húsares de la palabra no representan mucho al pueblo que yo trato en plazas, calles, iglesias y bares. Describen y veneran una España goyesca, alírica, cuartelera, furriela que yo no percibo salvo en algún negacionista militante de la teoría de la evolución. Ayer mismo, el asunto catalán nos jodió el partido de España a los amigos, que nos enzarzamos en ardorosa discusión. De madrugada, mi querido Juan Lama y yo nos despedimos con un abrazo. Nunca nos abrazamos. Somos tipos duros. Pero ayer sí. Será que ya se nos había diluido en los vapores etílicos el recuerdo de la prensa del día. Ya solo les falta titular Leña al polaco. Al tiempo.

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