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‘La mirada del observador’: la belleza de lo distinto.

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Opinión

¿Se han dado cuenta de lo homogéneo que es todo últimamente? Las ciudades, los gustos, las ideas, las personas. Nos levantamos a la misma hora, comemos en las mismas cadenas de restaurantes, las mismas cafeterías franquicia, vestimos los mismos modelos y los mismos colores que deciden por nosotros cada temporada, lo políticamente correcto como pensamiento único, las mismas caras de resignación, la misma desesperanza, incluso los hogares están todos decorados igual gracias a una megatienda sueca.

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Antes uno cruzaba la frontera y se encontraba en otro mundo. Olores, gustos, estilos, formas de pensar y de vivir. Ahora todo es idéntico, mimético, aburrido, gris. Todas las ciudades son una franquicia unas de otras. Con su centro apestando a hamburguesas, su calle comercial con las mismas tiendas, la gente hablando por los mismos móviles sobre las mismas insustancialidades. Todo mimético, todo ordenado. Como el armario de los trajes de un ejecutivo.

Y la masa dispuesta a señalar con el dedo al diferente, al distinto, al raro. Convertirlo en un fenómeno de feria, en un paria, lejos de la falsa y estúpida seguridad herbívora del rebaño.

Los libros no se han librado de este afán replicante. Autores de éxito mundial que todos los años escriben el mismo libro, best sellers huecos que toman a los lectores por perfectos idiotas, 600 páginas de nada a 25 euros. Son los libros que más se promocionan, que reciben mayor atención mediática. ¡Y nos extrañamos de por qué se lee tan poco!

Hoy les voy a hablar de un libro extraño, raro, único. Una de las novelas más terriblemente hermosas que he leído nunca. Una obra que jamás he podido olvidar y que no se parece a ninguna otra. Se titula La mirada del Observador, de Marc Behm, publicada en 1987 por la mítica Ediciones Júcar. Un detective privado llamado El Ojo es contratado para seguir a una extraña mujer. En sus investigaciones descubre que se trata de una fría asesina que se deshace de sus maridos en cuanto consigue llenar su cuenta corriente. Y él, en vez de detenerla, borra las pistas que va dejando y continúa tras sus pasos sin saber por qué… o quizás sí.

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Vivimos en un mundo en el que ya no hay sitio para los pinceles, sólo para las brochas gordas. No es tiempo de matices ni de sutilezas. Pero, de vez en cuando, necesito volver a abrir este libro y respirar un poco de aire puro. De disfrutar de una novela a la que no le importan los dictados del mercado ni contar con los elementos necesarios para ser un éxito de ventas. Le basta con ser excepcional.

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