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Francisco de Eguía, el “arma biológica” que aniquiló a millones de indios en América

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Opinión

El 5 de marzo de 1520, una pequeña flotilla española partió de la isla de Cuba en dirección a México. Al mando estaba Pánfilo de Narváez, un capitán que había sido enviado por el gobernador Velázquez con el mandato de capturar vivo o muerto a Hernán Cortés, que estaba haciendo la guerra -y la fortuna- por su lado. Narváez sucumbió a las primeras de cambio y es que hay que ser muy zote para mandar a un tipo llamado “Pánfilo” a perseguir a Cortés (pero esa es otra historia).

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La expedición de Narváez llevaba a bordo a 900 soldados españoles, junto a un puñado de esclavos negros, caballos y armas de fuego. Uno de estos esclavos, Francisco de Eguía, se convertiría, sin saberlo, en el arma biológica secreta de los españoles para doblegar al imperio Azteca y, de paso, al resto de los indígenas que tuvieron la mala suerte de toparse en su camino.

Eguía estaba enfermo de viruela, una mortífera enfermedad que ya había hecho estragos en el Viejo Continente y para la que los oriundos de América carecían de defensa. En cuanto Francisco desembarcó en México, el virus empezó a multiplicarse exponencialmente en el interior de su cuerpo, y acabó de brotar sobre su piel en un terrible sarpullido, explica el historiador Yuval Noah Harari en el primer capítulo de‘Homo Deus’.

Llevaron al febril Francisco a la cama de una familia de nativos en la ciudad de Cempoalla, donde contagió a los miembros de la familia, que a su vez contagiaron a los vecinos. Diez días después, Cempoallan se convirtió en un cementerio. Los soldados de Narváez no tuvieron que desenvainar la espada ni una sola vez para aniquilar a cuanto indio se les cruzaba por el camino. Los que no enfermaban de viruela lo hacían del sarampión, gripe y otros gérmenes que traían los españoles, cuyo sistema inmunitario -al contrario del de los americanos- estaba acostumbrado a convivir con ganado.

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Un indio infectado con viruela.

Los refugiados de Cempoallan porpagaron la enfermedad a localidades vecinas. A medida que una ciudad ras otra sucumbían a la enfermedad, nuevas oleadas de atemorizados refugiados llevaban la enfermedad por todo México y más allá.

Los mayas de la península del Yucatán creían que tres dioses malignos, Ekpetz, Uzannkak y Sojakak, volaban de noche de pueblo en pueblo e infectaban a la gente con la enfermedad. Por su parte, los aztecas culparon a los dioses Texcatlipoca y Xipe, o quizá a la magia negra de las gentes blancas. En realidad, no eran espíritus malignos sino un pequeño germen (variola virus) que se transmitía por la respiración.

Imagen que muestra la huey cocoliztli siendo tratada por un médico azteca.

La “guerra biológica” encubierta entre mexicas y españoles fue desigual. Si los europeos acarreaban un contundente arsenal de viruela, sarampión y gripe, los indios y, sobre todo, las “bellacas y libidinosas indias” contagiaron a los españoles con la sífilis.

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Los azctecas consultaron pidieron a sus sacerdotes y médicos que detuvieran aquella pandemia. Estos aconsejaron plegarias, baños fríos, restregar el cuerpo con bitumen y untar escarabajos negros aplastados sobre las úlceras. Nada funcionó. Decenas de miles de cadáveres se pudrían en las calles sin que nadie se atreviera a acercarse a ellos y enterrarlos. Familias enteras perecieron en cuestión de pocos días, y las autoridades ordenadorn que se derruyeran las casas sobre los cadáveres. En algunos asentamientos murió la mitad de la población.

En septiembre de 1520, prosigue Hariri, la peste había llegado al valle de México, y en octubre cruzó laspuertas de la capital azteca, Tenochtitlan, una magnífica metrópoli en la que habitaban 250.000 almas (dejémoslo en “personas”). En dos meses, al menos un tercio de la población pereció, incluido el emperador Cuitlahuac.

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Se calcula que cuando los españoles desembarcaron en México, en marzo de 1520, México albergaba 22 millones de personas. En diciembre de ese mismo año, únicamente 14 millones quedaban vivas. Aquello sólo fue el principio: nuevas oleadas de viruela y otras enfermedades contagiosas, sumadas a la explotación atroz de los indígenas, redujeron a 2 millones de habitantes la población de México hacia 1580.

“Españoles, vengan a México. No se arrepentirá”. Fuente.

Comparado con la involuntaria guerra biológica de los españoles en América, Hitler era un aficionado.

La historia de la bomba humana Eguía la narra con pulso firme el historiador Yuval Noah Harari en su imprescindible ‘Homo Deus’. Con información de Strambotic y Código Espagueti.

BONUS TRACK: “Las indias son las mayores bellacas y libidinosas mujeres que se han visto”

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