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Nueve palabras “demodé” que te delatarán como “viejuno”

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Opinión

El lenguaje es una prueba casi tan infalible como el carbono 14 para datar la edad de un individuo. Fíjese en este titular, sin ir más lejos: un millenial no entendería ni jota de la palabra “demodé” y tal vez pillara la idea de “viejuno” por asociación fonética -y es que “viejuno” ya empieza a ser una palabra “viejuna”, amigos-, porque él hablaría de pureta para referirse a algo caduco. Por su parte, un miembro de la Generación X puede que utilizara “estar out” o el sintéticomatusa (apócope de “Matusalén”) para describir algo a lo que se le ha pasado el arroz, que está “demodé”, que diría su abuela.

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La periodista Mar Abad, cofundadora de la revista Yorokobu, ha buceado en el diccionario, la hemeroteca y el habla de la calle para escribir ‘De Estraperlo a postureo (cada generación tiene sus palabras)’, un interesante y muy bien documentado recorrido por las palabras del castellano que han marcado cada generación: la generación silenciosa (nacidos en los 1920-30), los baby boomers (nacidos en los 1940-50), la Generación X (nacidos en los 1960-70), los milenials (nacidos en los 1980-90) y, de refilón, la Generación Z (nacidos a partir de 2005) que apenas empiezan a balbucear su jerga.

Pero el libro de Mar Abad es mucho más que un repertorio de jerga generacional. La autora utiliza las palabras como vehículo para recorrer la historia y llevarnos a la vida cotidiana de los hablantes de cada época. Para ello, y como buena integrante de la Generación X, Mar Abad utiliza con inusitada pericia recursos clásicos -el Diccionario de la Lengua, la hemeroteca, la colección de La Codorniz o los diccionarios del cheli de Umbral y Ramoncín- y las modernas herramientas que nos brinda internet: Ngram Viewer, Google Trends y Google Books.

Nos hemos tomado la libertad de afanar diez palabras viejunas de este clásico instantáneo que es ‘De estraperlo a postureo’:

Generación silenciosa

Paralís: “La ciencia arrebató la poesía al nombre de las enfermedades. A mitad del siglo XX, la hemiplejia, la diabetes o la peritonitis no existían en las conversaciones de la calle. De lo que se hablaba era del paralís, del baile de San Vito o del pobre aquel que se lo llevó un cólico miserere.

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Las palabras complejas nunca han sido un plato de gusto. A pocos les agrada poner en su boca un término difícil de pronunciar o que puede dejar su ignorancia en evidencia. Eso fue lo que ocurrió con la parálisis. Aunque la medicina se empeñara en usar el término para explicar que los músculos de una persona habían perdido la movilidad, en la calle se decía que al enfermo le había dado un paralís (…)”.

Botarate: “Botarate era un insulto común. Significa “hombre alborotado y de poco juicio”, según el DLE y “se aplica a una persona sin juicio o formalidad que habla y obra sin pensar debidamente”, de acuerdo con María Moliner (…)

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Este improperio aparecía a menudo en las historietas cómicas de la época. Lo soltaba Don Pantuflo, el padre de Zipi y Zape, y se oía en las misiones de Mortadelo y Filemón. Aquellos tebeos guardan un arsenal de vituperios que, en los tímpanos de hoy, suenan inocentes y tontorrones”.

Descocarse: “Lo moral pesaba más que el plomo. Todo se medía con la vara de la decencia y lo puro. Lo correcto era lo comedido, lo pulcro, lo recatado. (…) Una mujer no debía llamar la atención ni con sus palabras ni con sus atuendos. Nada de enseñar chicha ni mostrar actitud de independencia, rebeldía o coqueteo. Eso estaba feísimo. Eso era descocarse. O, como recogió María Moliner en su Diccionario de uso del español, “mostrar desenvoltura excesiva o descaro”.

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Descocarse, nivel Dios.

Los baby boomers

Guateque: “El guateque vino de Cuba en barco. Los indianos no solo transportaron bailes cargados de alimentos y minerales. También se trajeron algunas mercancías encima: palabras y costumbres. Al llegar a la península, replicaron los encuentros sociales que hacían en la isla caribeña y, por supuesto, los llamaron igual.

En estas “fiestas campesinas en las que se canta y se baila, como explica el diccionario, se reunían familiares y amigos a ponerse las botas. Pero con el paso del tiempo estos convites se desplazaron a las urbes y los grandes banquetes se quedaron el campo. En la ciudad, la manduca era más comedida. Bastaba con un piscolabis, entre las clases populares, y algo más sofisticado entre la gente de bien.

Los jóvenes de la Generación silenciosa estaban dando un nuevo significado al guateque porque necesitaban un lugar para relacionarse y ligar (…)”.

Picú: “(…) A mediados de los cincuenta apareció otra tecnología que acabó mandando las gramolas al desván. El pick up era un reproductor de música que, a diferencia de aquel artilucio con aspecto de tulipán metálico, tenía forma de maletín. En una parte estaba el plato de disco y en la otra, el altavoz.

Esta facilidad para transportarlo de un sitio a otro lo hizo muy popular en los guateques de los baby boomers. Allá donde pusieran el picú se armaba la fiesta. Porque en la España españolísima de colegios que no enseñaban inglés casi nadie sabía pronunciar aquel vocablo extranjero. Y de ahí que el pick up se convirtiera en picú y, después, en una palabra que sonaba aún mejor en castellano: tocadiscos.

Estar de Rodríguez: “(…) Aquella película, El cálido verano del señor Rodríguez, era un retrato de la realidad. Contaba verdades como puños, pero el ojo del censor acechaba y Pedro Lazaga, el director del filme planteó un final en el que Pepe, no solo no se comió una rosca, sino que además, volvió arrepentido al sagrado amparo del matrimonio y la familia.

La Academia admitió al rodríguez en el diccionario y lo describió como un hombre casado que se queda trabajando mientras su familia está fuera, normalmente de veraneo””.

Generación X

Chachi: “Lo que antes era chipén, de pronto, se volvió chachi. Aquella palabra del caló que significa ‘verdad’ y ‘bondad’, tan común a principios del siglo XX, dio un giro inesperado en los años setenta. A lo largo del siglo había hecho algunas piruetas para convertirse en chipé, rechipén o incluso de chipén, para nombrar lo formidable, “lo extraordinario”, como indica el diccionario de la RAE”.

Pijo: “(…) En los noventa y los dos mil se sigue hablando de los pijos. Muchos de los rasgos que los describían entonces se han perpetuado en el tiempo, pero, ahora, además, como los milenials andan bien de idiomas, han añadido algunos vocablos del inglés: megafashion, supercool, topecrazy, es la milk o, en su exaltación de los mundos de Yupi, best friends forever.

Pero antes de que esto ocurriera, en 1989, el yanqui de la película Amanece que no es poco interrumpió la conversación de Tirso y don Alonso en el café del pueblo, para soltar una frase que no se correspondía con ningún significado conocido: “Habla usted un pijo de bien. Really! Un pijo de bien habla, ¡Oh, sí””.

Fistro: “Y de pronto todo el país comenzó a hablar como un solo hombre. Una noche del verano de 1994 apareció en el programa de televisión Genio y figura un señor de sesenta y dos años, con poco pelo y patillas largas, andando como un autómata, de aquí allá, dando pasitos cortos y lanzando gritillos agudos mientras hablaba. A aquel humorista, Chiquito de la Calzada, le bastaron pocos meses para camelar a millones de personas.

“(…) Y una de aquellas palabras, fistro, resultó tan fascinante que llegaron a plantear que se incluyera en el diccionario académico. Esta palabra que vale para todo, porque no significa nada, seguía siendo una de las más utilizadas en el lenguaje coloquial una década después de que Chiquito la popularizara (…) Al final la RAE no admitió al fistro. Muchos quedaron tristes y decepcionados (…)”.

De Estraperlo a postureo‘ se presenta el próximo 2 de noviembre en La Fábrica, Madrid.

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