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El regalo de Sílvia Pérez Cruz

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Opinión

La crónica del concierto de Sílvia Pérez Cruz ya estaba escrita antes de comenzar. No había inundado el escenario con su presencia la artista de Palafrugell cuando, en el patio y los balcones del Teatro de la Zarzuela, todavía retumbaban los aplausos de la noche anterior. Parecía que nadie se había ido, que las palmas tenían callos, que el público había tomado la platea como fonda para combatir el frío que, al fin, quiso instalarse en Madrid un lunes de noviembre.

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Es martes y sus habitantes siguen pensando que la mejor forma de sacudírselo es la voz de esta cantante surgida de sabe dios dónde, quizás del escalofrío. De nuevo el cartel de no hay billetes. Otra vez la gente en pie, arrebatada, aunque esta vez no podrá hacer noche y se verá forzada al desalojo. En sus rostros se resumen las dos horas y media de concierto, con el que ha puesto fin a la gira otoñal de Vestida de nit: camino de la salida, una señora que toma del brazo a otra le da las gracias encarecidamente por el regalo.

Pérez Cruz no sólo tiene legiones de fans, sino algo todavía más valioso: fans celosos de sumar prosélitos para la causa. Llama la atención su fe ciega, encarnada en una joven que sube por la escalera hacia el palco con los ojos vendados con una bufanda. La guía una amiga lazarillo, que ha pensado que no hay mejor presente que una coetánea de sonrisa perenne que le canta a la pena.

No sorprende, pues, el melancólico fado en su boca, ni ese Brasil que sonríe a la inclemencia: una tristeza reconfortante. Tal vez por ello tampoco resulte tan curioso que entre el público haya gente sola. Han venido a abrigarse, sin necesidad del otro. Cubren sus piernas con abrigos y, más que frotarse las manos, baten las palmas. Cuando salgan al frío, llamarán a sus padres, a sus novias, a sus hermanos, a sus amigas. Les dirán que acaban de hacerse el mejor regalo. Puede que al otro lado del teléfono no entiendan nada: “¿Qué dices de un concierto? ¿Pero El regalo de Silvia no era una película?”. Sí, mamá, y también un grupo de Zaragoza.

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[Entrevista a Sílvia Pérez Cruz: “Le canto a la pena para librarme de ella”]

La voz de Sílvia Pérez Cruz huele a Mediterráneo, aunque ella ha cruzado el Atlántico (bossa nova, vals peruano, filin cubano, leonard cohen…), se ha bajado al Estrecho (flamenco) y ha trepado por el árbol genealógico de la saudade hasta mecer con sus yemas la canción de berce (la cuna de su padre es la aldea ourensana de Correchouso, de ahí Meu meniño). Hay copla, hay corrido, hay bolero, hay habanera. Canta en todo (inglés, catalán, portugués, castellano, gallego), pero canta ella: la lengua de las entrañas, idioma universal, pues todas las tripas rugen igual.

Sin embargo, Sílvia Pérez Cruz no es sólo una voz. Cuando habla entre canción y canción, se intuye una representación de la belleza que cobra forma en paralelo a sus canciones. Quizás sea tan bella por dentro como por fuera, o viceversa. No es sólo una voz, decíamos, porque no sólo canta, sino que también compone, arregla, escribe, adapta, versiona, produce y, de cuando en vez, cuando esgrime la batuta de su brazo al formidable quinteto de cuerda, también dirige.

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Poco más que añadir que no se haya contado ya: sus monólogos sobre el escenario, trufados de sentido del humor; sus gestos de cariño con los suyos (arropó al contrabajo de Javier Colina, cuyo trío con ella fue cuarteto en el disco de jazz latino En la imaginación); más que de palos, habría que hablar de registros: una sola Sílvia desgajada en varias voces; y un afán colonizador, que le lleva a hacer pie en todos los charcos, siempre desde el respeto: la bailaora Rocío Molina subió a las tablas para entrelazarse con su figura en Loca, anticipo de su viaje hacia un nuevo mundo, la danza.

Ha pasado una semana y los aplausos permanecen congelados en estas calles que le dan la espalda al Congreso. Buena parte de ellos fueron para No hay tanto pan, el homenaje de la artista gerundense a los desahuciados. A Sílvia le gusta abordar las letras desde la barrera, sin llegar a pisar la arena, pero en este caso sólo le faltó añadir para tanto chorizo. Canta: “Mentiras, sonrisas y amapolas, discursos, periódicos, banqueros y trileros”. Y canta claro, pues entiende que por los oídos de algunos no cabe la sutileza. “Te roban y te gritan, y lo que no tienes también te lo quitan”. Rotunda y tajante, porque cree que es la única forma de vencer la sordera. “Y es indecente, gente sin casa, casas sin gente”.

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Afuera, más allá del calor de los aplausos, sigue haciendo frío. Y en la pensión Pérez Cruz no quedan habitaciones, hasta nuevo aviso. Que pase pronto el invierno.

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