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Sánchez Ferlosio sigue cabreado

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Opinión

Recuerdo un programa de televisión, muchos años atrás, en que a Juan Benet le preguntaban por Fernando Savater (que por aquel entonces era muy joven), se encogía de hombros y decía, más o menos: “Este señor, yo no entiendo de dónde saca tiempo para hacer tantas cosas como hace. Escribe mucho. Lee mucho. Habla mucho. Sale por la tele mucho. Está contento mucho”. La perplejidad de Benet remitía a un modus operandi del intelectual hispánico donde la mala hostia y el ceño hosco son síntomas de lucidez, de honestidad y de salud mental. Ahí está Unamuno, por ejemplo, que escribía a voces y al que le dolía España como si fuese una úlcera. Ahí está Ortega y Gasset, que tiene algunas fotos donde aprieta la mandíbulas y enseña los dientes como si hubiese quedado por la noche para currarse con unos filósofos existencialistas. Al propio Savater, en los últimos tiempos, se le ha avinagrado el carácter y ahora es un cascarrabias de tomo y lomo.

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Es posible que Benet exagerase, pero la verdad es que esa idea del sabio apacible y a gusto con el mundo da bastante grima. Exhibir una sonrisa perruna y chorrear felicidad a todas horas, como si uno fuese idiota o Paulo Coelho, suele ser señal inequívoca de que no se ha entendido nada de nada, sobre todo porque el mundo siempre ha sido una puta mierda. Tampoco es que poner jeta de lobo o exprimirse esas venas gordas de la sien vayan a garantizar ni sagacidad ni perspicacia, pero el enojo, el desacuerdo con la realidad, incluso la indignación, ofrecen buenas perspectivas. Rafael Sánchez Ferlosio lleva décadas perpetuamente cabreado con el presente, con el pasado y con el condicional, y no parece que la edad -los noventa años que acaba de cumplir- haya atemperado su cólera. Más bien al contrario.

Hace nueve años, en octubre de 2008, Sánchez Ferlosio dio al público un libro de ensayos –God & Gun– y durante la presentación dijo que odiaba España hasta el punto de que se había quitado de los toros (ahora se arrepiente mucho de su afición taurina). También dijo que conocía bien Italia pero que tampoco se iría a vivir allí porque odiaría más aun a los italianos que a los españoles. “Nunca me iría a vivir al extranjero” aseguró, para no dejar ni una vía de escape, y lo ha cumplido a rajatabla. Estos días ha soportado estoicamente los homenajes por su aniversario incluso delante del ministro de Cultura, él que odia los fastos y las celebraciones desde los tiempos en que El Jarama fue saludada como una de las novelas fundamentales de la narrativa española del pasado siglo. El año pasado, cuando le entrevistaron con motivo de la publicación de Babel contra Babel, otro imponente volumen ensayístico, confesó que aborrecía la guerra, el deporte, El Jarama, Mariano Rajoy (“es un desastre”), Pablo Iglesias (“muy poca cosa”) o el nacionalismo, entre otras muchas cosas. Siempre ha sostenido -mediante un ingente caudal de datos y razonamientos- que celebrar el Día de la Hispanidad es un disparate mayúsculo, porque el mal llamado Descubrimiento de América no fue más que una operación de barbarie y exterminio a gran escala. Como por otra parte lo es casi cualquier episodio histórico apenas se lo rasca un poco.

Decía Ferlosio un año atrás que cualquier nacionalismo es ridículo pero que el nacionalismo catalán es el más ridículo de todos. Hoy asegura que el tema de Cataluña le aburre soberanamente y que la política española es un auténtico coñazo. Echa la mirada atrás, a los libros que ha publicado, a los fragmentos de prosa que escribe en las noche de insomnio (“pecios” los llama) y apenas si salva alguno, el primero, tal vez, Industrias y andanzas de Alfanhuí, esa historia maravillosa que anunciaba el realismo mágico en mitad de la meseta callestana. Creo que fue Benet, a quien Ferlosio admiraba sin reservas, quien lo dijo: “Por culpa de El Jarama perdimos al hombre que escribió Alfanhuí“. Probablemente Ferlosio estaría de acuerdo.

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