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Lo personal es político menos alguna cosa

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Opinión

Lucia Lijtmaer

Periodista y escritora @lalitx 

Leo con sorpresa la sorpresa de algunos con que la alcaldesa de Barcelona Ada Colau hable de su relación con otra mujer durante su veintena. “Colau confiesa su bisexualidad”, leo en un titular. Ah, la confesión, qué católico el periodista. Leo después que se le reprocha el “confesionario”, un programa del corazón de máxima audiencia de la televisión privada.

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En seguida se le achaca electoralismo a Colau. ¿Por qué ahora? Otra maniobra de distracción sobre el Procès, dicen. No puedo poner la mano en el fuego, pero lo dudo mucho. En la anterior campaña electoral, Colau sorprendió a todos -esta vez sí-, cuando en un acto con mujeres relató el acoso sexual de un grupo de jueces durante su alcaldía. Recuerdo exactamente como fue porque yo estaba cubriendo ese acto y su relato fue espontáneo. De hecho, respondió a la experiencia narrada primero por una periodista.

En ese momento, la experiencia (la “confesión”, dirán algunos) no se criticó tanto -al fin y al cabo Colau en esa narración era la víctima, y no el sujeto participante de una vida sexual fuera de la norma-, pero sí se le acusó de buscar protagonismo. Nunca ha dejado de sorprenderme esa afirmación. Deja de lado una evidencia básica: sí, ella es protagonista de lo que cuenta. Como cuando Anna Gabriel habla de “tener hijos en común”, o Teresa Rodríguez denuncia el acoso de un empresario, siempre se les cuestiona lo mismo en esta sociedad profundamente tradicional: buscar interés, hablar de lo propio como gancho. Obviando la violencia de la respuesta generalizada, que no es poca.

¿Cómo es posible que la respuesta en ocasiones sea tan dura en un país que, no olvidemos, fue pionero en el matrimonio igualitario? Porque la experiencia es personal, porque es sincera. No se me ocurre otra respuesta.

Es curioso como la máxima del feminismo de que “lo personal es político” molesta cuando realmente se realiza en condiciones adversas. Puedes ser diferente pero depende de las circunstancias. No como Pedro Zerolo en 2007, no como el escritor Owen Jones, reclamando que el atentado de Orlando era un atentado de corte homófobo.

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Pero quizás lo más repulsivo de la respuesta sea la excusa de la exposición mediática oportunista. ¿Más oportunista que una boda heteropatriarcal “de estado” televisada en La Almudena? ¿Más oportunista que un rey de cacería? ¿Más oportunista que el uso de fondos públicos para perpetuar un tipo de vida católico, apostólico y romano? Todas estas opciones también son políticas y conviene recordarlo. Los de las manzanas y las peras son los que diez años después quieren ser cabezas de cartel del Orgullo LGTBI.

Quién sabe, dentro de diez años el acto valiente de todas estas políticas se tomará con naturalidad por parte de todos estos que en esta época las llaman “verduleras”, “oportunistas” y otras lindezas que retratan el odio y la violencia inherentes a nuestro tiempo. Pero de eso se trata: laminar el odio con la experiencia. Esa es la conquista.

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