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De mazmorra a centro penitenciario

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Opinión

Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna

La televisión nos cuenta que las cárceles modernas son maravillosas. Dice la pequeña pantalla que los presos disfrutan de bibliotecas, jardines, teatros, capillas ecuménicas y, por supuesto, psicólogos a mansalva. Los pasillos están limpísimos y las celdas, relucientes. Al ingresar, a cada recluso le dan sábanas, uniforme y hasta un neceser –ahora, kit- de aseo personal.

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Ante semejantes lujos, dan ganas de delinquir; por ello, me extraña que la tasa española de criminalidad sea de las más bajas de Europa.
Ojalá fuera verdad tanta belleza pero, como ex preso durante el tardofranquismo, desconfío. ¿Todas las nuevas cárceles son así? No lo creo. Es más, recuerdo que, en la otrora famosa Carabanchel de los años setenta, también había una Central de Observación que disponía ¡hasta de calefacción! Obviamente, era la sub-cárcel que salía en el No-Do a la que sólo podían acceder los parientes de los prebostes franquistas y algunos chivatos cuya vida hubiera durado poco en cualquier talego normal.
In illo tempore, el ingreso era humillante y el trato diario, una batalla continua contra el sadismo de la mayoría de los funcionarios (vulgo, boqueras). Por poner un solo ejemplo, las comunicaciones sólo estaban permitidas para los familiares cercanos y eso a través de unos fosos y unas mallas espesas que te impedían verles y oírles con claridad. El vis a vis con la esposa era una impensable utopía. ¿Huelga añadir que lo mismo o algo probablemente peor sucedía en las cárceles de mujeres?
Obviamente, cárcel es cárcel aunque se vista de seda y no se llame mazmorra. Y es que, pese al idílico aspecto de (algunas) cárceles modernas, hay hechos en los que necesariamente han de igualarse con las mazmorras tardofranquistas.

Aunque no salga en la tele, el olor es una de ellos; antes olían a desinfectante ganadero y bayetas podridas y ahora olerán a detergente que viene a ser lo mismo.

El peculiar ruido del hacinamiento no sale en los telediarios y eso tampoco ha cambiado, como mucho habrá disminuido el rumor humano y habrá aumentado el chirrido metálico.

Pero, en la evolución de mazmorras a centros penitenciarios, hay un punto que conviene discutir y me refiero a ese orgullo de los gobernantes que son las nuevas construcciones carcelarias:
En cualquier talego, antiguo o moderno, la arquitectura del interior es un factor poco sustancial; más importante es la vista al exterior. Ejemplo: en El Coto de Gijón, sólo se veía un trozo de cielo mientras que, pocos kilómetros más allá, en la cárcel de Oviedo -un talego igualmente vetusto, hoy Archivo Histórico de Asturias-, había un patio de Monipodio desde el que disfrutábamos con la contemplación del Monte Naranco.

¿Qué horizonte ven los presos actuales? En la mayoría, el cielo… si no están en celdas de castigo.
Pero, más allá de la arquitectura y de las vistas, lo que realmente preocupa a un preso es el equipo de boqueras que le vigilan. Dicho en plata, si es gente humana o inhumana. Otro ejemplo: dependiendo del equipo de turno, al ingresar en Carabanchel unas veces debíamos hacerlo por el anodino pasillo superior. Pero otras, a modo de clara advertencia, nos hacían pasar por una pequeña rotonda en la que se veían los puntos de anclaje del garrote vil y, además, teníamos que seguir por la cercana capilla de los proto-agarrotados. Esto y todo giraba alrededor del capricho del Jefe de Servicios que estuviera ese día al cargo. De él también dependía que entraran por la noche en tu celda una manada de boqueras porra (goma) en mano o que tu sueño sólo fuera interrumpido por los alaridos de unos vecinos de celda que habían tenido peor suerte con tan peligrosas visitas oficiales.
En aquel ambiente, no existían muchas de las palabras actuales: reinserción, adaptación, principio de legalidad en la ejecución de la pena, potenciación del régimen abierto, Juez de Vigilancia, etc. La palabra más parecida era Redención, nombre de un periodicucho canalla al que los presos estábamos obligatoriamente suscritos. No había maestros para los analfabetos ni médicos cualificados ni asistentes sociales. Todas esas funciones las asumían curas feroces. A los políticos nos costó años de sangre sacudirnos el yugo clerical pero nunca lo logramos del todo porque, a veces, la única posibilidad de reunirnos con compañeros de otras galerías era coincidiendo en la misa; de ahí que todavía recordemos el infecto himno penitenciario –“Virgen de la Merced / aunque delincuente también tengo fe”.
Ahora bien, ¿hoy se respetan los nuevos requisitos legales o, según la inveterada costumbre patria, la ley se acata pero no se cumple? Dicho más brutamente, ¿hoy se sigue torturando? Multitud de informes independientes aseguran que la tortura continúa y servidor da más credibilidad a los humanitarios que a los indignatarios gubernamentales. Está bien que los tiempos adelanten que es una barbaridad pero de nada servirían ni la eliminación de la tortura –otra utopía- ni ninguna mejora penitenciaria si, por ejemplo, esos psicólogos que ahora han semi-sustituido a los curas –laus Deo- carecen de la especial compasión que se necesita para escuchar a los presos.
Otrosí, de nada sirve que haya bibliotecas si los reclusos sólo disponen de libros infumables, lo mismo que es incluso contraproducente que puedan ver televisión si sólo ven programas basura. Me congratula que los presos sigan siendo un factor de desarrollo económico porque realmente crean muchos puestos de trabajo, desde asistentes sociales hasta constructores. Pero preferiría que se les reconociera ese papel y, más aún, que se analizaran las ventajas políticas que regalan a los políticos represivos –por no hablar del miedo que inyectan en la sociedad y que tantos réditos proporciona a la caverna mediática y hasta parlamentaria.
Por todo ello y a la vista del comportamiento de la manada con pistola municipal madrileña, me gustaría que alguien me tranquilizara demostrándome que los exámenes de ingreso al cuerpo de funcionarios de prisiones son tan exigentes como certeros. Vamos, que no se les cuelan indeseables de esos que luego van a la cárcel para maltratar o para hacer negocios sucios con las mafias.

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En resumen, preferiría que hubiera menos gasto en televisión y en arquitectura y más en la formación… de los boqueras –dicho sea con perdón-.

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