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Cierra Interviú: la revista que hizo la transición 'un poco más placentera'

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Opinión

Cierra Interviu y me amputan un apéndice de mi infancia, la mano derecha de mi adolescencia.

De crío, mi padre me enviaba de recadero a la Papelería Basi o a Casa San Ramón, indistintamente, donde me entregaban la revista enrollada y envuelta en papel de estraza, a salvo de miradas furtivas, como el Winston de batea. Una vez en casa, tenía que esperar a que el patrón le quitase el precinto, aunque mientras enredaba con La Voz de Galicia: la prensa que me dio de mamar; con la que aprendí a leer.

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Cuando mi padre iba a la librería —porque en mi pueblo, el único quiosco, el de Alfonsa, sólo vendía helados y golosinas, eso que hoy llaman chuches—, además de la Interviú, traía los tebeos de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos, Carpanta, El botones Sacarino o cualquier otro de la Colección Olé! Me encantaba 13, Rue del Percebe y apenas me hacía gracia Superlópez.

Alternaba las historietas con el crimen de los marqueses de Urquijo —y sus escalofriantes “fotos prohibidas” de los cadáveres tomadas en la cama “minutos después de morir”; luego vendrían las confesiones de Rafi Escobedo—, la desaparición de Santiago Corella y la mano negra de la mafia policial —”¿Dónde está el Nani?”— o el accidente aéreo del Boeing 727 cerca de Bilbao —hoy sería inimaginable ver publicadas las imágenes espeluznantes de El infierno de Monte Oiz—.

Qué decir de la entrevista al topo Mikel Lejarza —El Lobo: “Así me infiltré en ETA”—, la guerra sucia de los GAL, la matanza de Puerto Hurraco y demás entregas del coleccionable Crímenes del siglo XX, la orgía cutre de Luis Roldán en gayumbos y sodomizando a una ¿¡cucharacha!? hinchable… Me falla la memoria, pero son algunos de los temas que recuerdo ahora, como también me vienen a la cabeza Victoria Vera, Sabrina Salerno y, por supuesto, Marta Sánchez, cuyo número se agotó —”más de un millón de ejemplares” vendidos, anunciaba en portada la revista— y dio para otra entrega con póster a doble cara. Sucesos e investigación, mas también política y, claro, erotismo.

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Fundada por Antonio Asensio en 1976, el reportaje principal del primer número narraba en primera persona, a modo de testigo directo, los sucesos de Montejurra: “Yo estaba allí”. Otra llamada en portada remitía al texto Gallegos en el poder, cuyo subtítulo anticipaba lo que venía dentro y, más difícil todavía, lo que vendría en el futuro: Son muchos, pero no han hecho gran cosa por el terruño. El artículo, obviamente, perfila a Fraga —”publica libros; la literatura no es su fuerte”— y esboza la relación del pueblo con sus políticos: “Galicia no se ha sentido solidaria con el gallego en el poder, porque éste poco o nada ha hecho por su región. Quizá remozar paradores y albergues de turismo. El gallego ha sido casi siempre explotado por sus propios paisanos”.

Además de Fraga —”los redactores gráficos tienen ganas de sacarle normal; sin mirar para arriba o para abajo, para la derecha o para la izquierda, y sin poner ojos en blanco—, el autor del reportaje, Andrés de la Franja, ya situaba en el mapa a José Manuel Romay Beccaría, quien antes de presidir el Consejo de Estado había trabajado a las órdenes de Franco, Fraga y Aznar, encarnado el birrete del PP y amainado las aguas de Génova al aferrarse al timón de la tesorería popular tras la dimisión de Luis Bárcenas por su implicación en el caso Gürtel.

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La chica de aquella portada era desconocida, aunque pronto llegarían las famosas, uno de los secretos de su éxito: unas imágenes sacadas a traición a Jacqueline Kennedy Onassis que ya habían sido publicadas en Hustler; el desnudo de Marisol, de niña prodigio a comunista mujer; la foto robada a Lola Flores que no fue tal sino pactada, si bien la Faraona había acordado con el director que la primera plana la mostraría cubierta por un mantón de Manila, algo que Asensio luego no aceptaría —también saldrían sus hijas, Lolita y Rosario—”; y Rocío Dúrcal, Sara Montiel, Rocío Jurado, Tita Cervera, Victoria Abril, Maribel Verdú, Ana Obregón… Más tarde, con la irrupción de la telebasura, Belén Esteban y otras princesas y grandes hermanas de los pueblos de España.

“No se puede mirar con los ojos de hoy la realidad de hace cuarenta años”. Aviso para navegantes de Jesús Maraña, director entre 1999 y 2002. “Interviú fue importantísima en los inicios de la democracia. La primera ventana periodística que asumía la investigación de los poderes oscuros y la cantera de una parte significativa del mejor reporterismo que ha habido en este país”, explica el actual responsable de infoLibre.

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Como decía Vázquez Montalbán, era una cesta de Navidad. “Cabía tanto una botella de champán francés como un chorizo de cantimpalo. Fue una cabecera singular que aplicó una fórmula que no existía hasta entonces, pues combinaba el destape como símbolo de la apertura y superación de la dictadura con el periodismo de denuncia, un aspecto que siempre se ha destacado poco. Probablemente, la evolución de esa fórmula podría haber sido otra, porque hoy el destape es sinónimo de sexismo o machismo”.

El también exdirector de Tiempo también valora que el semanario investigase “denuncias concretas de ciudadanos concretos”, ejerciendo de “buzón y centralita permanente que recibía quejas de todos puntos de España, adonde se enviaban reporteros para hacerse eco de los abusos”. Infelizmente, ayer se anunció que tanto Tiempo como Interviú, que celebró su cuarenta aniversario el año pasado, desaparecerán de los quioscos. “Esto demuestra que las decisiones empresariales de superar la crisis a base de limitar la materia prima informativa de calidad conduce tarde o temprano al cierre”.

Los inicios, en cambio, fueron trepidantes. José Ilario —fundador de la revista junto a Jerónimo Terrés y Asensio, el socio mayoritario, al aportar el 20% del capital inicial— relata el despegue en una entrevista concedida a David Barba para el libro 100 españoles y el sexo (Plaza & Janés). Ilario, que venía de Bruguera, pasó de Pulgarcito a Bocaccio, donde Juan Marsé ejercía de redactor jefe. La publicación le debe el nombre a la discoteca barcelonesa de la izquierda de terciopelo, propiedad de Oriol Regás. Sus colaboradores compartían páginas culturales y taburetes rojos: Terenci Moix, Vázquez Montalbán, Rosa Montero, Joan de Sagarra, Teresa Gimpera, Gil de Biedma, Ana María Moix…

Algunos de ellos, pasado el tiempo, engrosarían con el tiempo las filas de Interviú, a la que se sumarían reporteros como Manu Leguineche; columnistas como Joaquín Sabina, Francisco Umbral, Juan Manuel de Prada, Juan José Millás o Camilo José Cela; y viñetistas: Forges, El Perich, Sir Cámara, Mingote, Gila, Quino, Chumy Chúmez o Martín Morales.

El caso es que el régimen destinó a Bocaccio, cuyo público potencial eran los clientes de la discoteca, un censor en exclusiva, Luis Fernández Madrid, con quien Ilario regateaba el tijeretazo. El señor estaba a punto de jubilarse y dejó claro de antemano que no quería líos y que lo mejor sería llevarse bien. “Para mantener la situación encalmada, Ilario le invitaba a tomar copas en Bocaccio Madrid”, cuenta Josep Maria Cuenca en la biografía de Marsé Mientras llega la felicidad (Anagrama), donde recuerda que la revista, “inasequible para la mayoría de los bolsillos”, pues costaba cien pesetas, “respondía a un planteamiento cosmopolita, sofisticado y algo esnob que buscaba un público masculino, adinerado y con relativo buen nivel cultural dispuesto a practicar un consumismo selectivo”.

Cuando el director general de Prensa quiso cerrar la publicación, su fundador le exigió en compensación que le autorizase tres nuevas cabeceras, entre ellas la humorística Por Favor, que también terminaría cerrando y sería reemplazada en los quioscos por Muchas Gracias, relata Ilario a David Barba. Al poco de morir Franco, el editor abre su matrioska editorial, llama a Antonio Álvarez Solís y le espeta que será el director de una nueva revista llamada Interviú, que no llevaría tilde hasta 1994 y se convertiría en el germen del Grupo Zeta de Asensio. “¡Coño, no me jodas!”, le responde el primer timonel al fundador, quien lo tranquiliza: “No te preocupes, ya tenemos la autorización: no te van a meter en la cárcel”.

El modelo —erotismo, firmas y denuncia— resulta exitoso, pero se pega el batacazo en el número seis al sustituir la chica de portada por un señor enfundado en un jerseicillo de cuello vuelto gris que aprieta los puños y mira al infinito: Marcelino Camacho. El líder del sindicato Comisiones Obreras es el gran olvidado entre los varones que han lucido pecho en Interviú, aunque el debutó el 24 de junio de 1976, acompañado de frases dignas de ser conservadas en formol: “Estoy en libertad provisional. Como estamos todos los españoles”. Ligeros de ropa, en junio de 2010 lo secunda Jesús Vázquez, al que seguirá Rafael Amargo, Álvaro Muñoz Escassi y Pelayo Díaz. Ojo, porque también hubo chico y chica en portada, concretamente Mar Flores y Alessandro Lequio, “en la cama”.

En sus inicios, paradójicamente, la revista le había alquilado unas oficinas a la Iglesia en Barcelona. Merece la pena reproducir el testimonio de Ilario en 100 españoles y el sexo: “En realidad, el gran problema no fueron los curas ni los censores, sino su vertiginoso crecimiento. La imprenta empezó a poner problemas por la magnitud de los tirajes. Para tener el suficiente efectivo económico, decidimos arriesgarnos a crear un subproducto que se llamaba Emmanuelle. Esa nueva revista la parí una noche, regresando de un casino con Antonio Asensio, su mujer y mi pareja, después de jugarnos los cuartos a la ruleta. La nueva cabecera ganó cuarenta y dos millones de pesetas de la época en pocos meses.

Era fuerte, Emmanuelle; llena de fotos muy atrevidas. La revista salía a la calle y el juzgado de Madrid la secuestraba casi en el acto. Por suerte, el pasante del tribunal era corrupto: le pagábamos diez mil pesetas y tardaba una semana en hacer efectiva la orden de secuestro. Cuando la policía pasaba por los quioscos, ya estaba circulando el siguiente número y la edición se había vendido enterita. Así, alcanzamos a durar seis meses que fueron decisivos para consolidar Interviú.

Una mañana me llamaron del Ministerio:

– Tienes que cerrar Emmanuelle, ¿qué quieres a cambio?

– Pues muy sencillo –contesté–. Necesito más permisividad para Interviú.

– Vale, haz lo que quieras, pero ¡cierra Emmanuelle!”.

Pronto se convirtió en una publicación influyente y se desató “la locura por salir en Interviú”. Ilario, en una entrevista a Humoristán, aseguraba que un preso llegó a ofrecerles en exclusiva las fotos de su fuga. “La fórmula era mezclar firmas conocidas, sangre en lata (los crímenes pasionales es un tema que interesa a las mujeres) y, evidentemente, las fotos de señoras”, resumió Ilario en una entrevista a Humoristán. “Para las fotos de la Kennedy, en el número siete, pagamos 200.000 pesetas; por las de Marisol, en el número siguiente, 250.000. Después empezamos a pagar millones. Uno de los trucos era pagar más que nadie y decirlo”. A eso había que sumar los gastos que suponía blindar la redacción —”muy escorada a la izquierda”, según Ilario, quien dejó la revista en 1978— y contratar a un escolta y a un chófer armados que velaban por la seguridad del director, objeto de amenazas. Interviú apuntó a la ultraderecha desde el primer número.

Teresa Viejo relevó a Maraña en la dirección en 2002 y tuvo que lidiar con el Prestige, el 11-M, la victoria de Zapatero, el Tamayazo, la guerra de Irak y la boda de Felipe y Letizia. Ahora le toca la ingrata tarea de recordar aquellos años “tan interesantes”.

– ¿Qué significó Interviú en la España de la transición?

– Fue el espejo de una sociedad que tenía ganas de quitarse la ropa literal y metafóricamente. No nos quedemos en la espuma de los días. La revista se convirtió en la bandera de una generación que necesitaba ponerle nombre a las cosas, quitar adjetivos y mirar a los ojos del lector, algo que no hacía la prensa de entonces. Interviú se convirtió en el portavoz de quien no tenía otro megáfono para denunciar lo que le estaba pasando. Cuando llegaban a los pueblos, los reporteros eran recibidos como un familiar o como un salvador. Les abrían los brazos y las puertas de casas, y en los bares los recibían así: “¡Que llega el de Interviu!”.

– Con su nombramiento, se convirtió en la primera directora de un semanario en España.

– Lo interpreté como una renovación y una reinvención permanente. La revista, si se ha mantenido hasta ahora, es porque supo adaptarse. Era una lupa sobre la sociedad y capitalizó muy bien la rabia social en este país. Mi nombramiento fue otro viraje en su rumbo, aunque no para aportar un reportaje erótico más mono, pues la sociedad ya demandaba otros temas, sensibilidades y tendencias, incluso en investigación. No se si se acercaron más lectoras, pero la publicación tuvo más sensibilidad. Por ejemplo, a la guerra de Irak fue Nuria Varela, quien también vistió un hiyab para visitar tiendas de lujo como Loewe y relatar la reacción.

– Cuando dejó la dirección en 2004, siguió publicando su columna hasta ahora.

– Pedí recuperar la columna que ya escribía antes del nombramiento, Hombres, modo de empleo. Era muy interesante que una mujer escribiera con una óptica masculina. Me da pena, porque no hay nada similar en la prensa.

– Si pudiese escribir una última columna, ¿de qué hablaría?

– La revista se merece un número de despedida, pero a esa redacción no se le pueden pedir más cosas… [la voz de la autora de la novela Animales domésticos, al otro lado del teléfono, es intermitente, luego se queda en silencio]. Joder, hasta ahora no había llorado en todo el día… Lo siento.

– ¿Cómo se concilia la investigación con la chica de portada?

– Con absoluta naturalidad. Hay que comprender el alma de la revista. El legado de Vázquez Montalbán es una definición que nos la hemos pasado en herencia todos los directores hasta hoy: Interviú era una gran cesta de Navidad. El papel de celofán que refulgía era la chica, pero dentro convivían una lata de espárragos, un jamón de Jabugo y un chorizo de Pamplona. Eso era la revista. Una convivencia democrática y saludablemente periodística.

– ¿Sufrió algún caso de machismo?

– En absoluto. Aquella no se trataba de una redacción paritaria, pero la profesión tampoco lo era en sus orígenes.

Las loas a la revista se han sucedido, como no dejan de fluir los lloros. Alberto Gayo, adjunto al director del semanario, está encajando el golpe y apenas le quedan fuerzas ni tiempo para relatar sus veinte años en Interviú. “Estamos en shock”, confiesa por teléfono, con la redacción revolucionada a sus espaldas. En Twitter se explaya: “Día triste. Los últimos tiempos han sido de recortes, sacrificios y mucho curro por parte de los trabajadores”. Da las gracias a los lectores y quienes le transmiten muestras de cariño. “Echo de menos palabras de ánimo de asociaciones de prensa, partidos y sindicatos. Son 42 años de periodismo de denuncia y erotismo”.

El viñetista Eneko todavía digería el anterior mazazo, su despido de 20 minutos, cuando le comunican el cierre “Han sido varios meses de pura noticia mala para mí”. Le queda El Jueves. “Cuando me llamaron la primera vez para publicar en Interviú, fue reconfortante, porque era una revista histórica, de las pocas que quedaban. Yo la conocía en Venezuela por mi viejo, quien también compraba Triunfo y Cuadernos para el Diálogo. Yo era un chaval, pero me acuerdo de sus míticos reportajes. Para mi padre era una referencia”.

Eneko se sentía cómodo en sus páginas. Dibujaba libremente, aunque consciente de los límites que impone la autocensura. Sus viñetas trataban la política, la corrupción, la libertad de expresión, los efectos de la crisis y la pobreza energética… “He colado cosas muy cañeras. La obligación del dibujante es bordear la línea roja, para que esté más acá que allá. Es una función social del dibujante, sobre todo en estos tiempos que en que esas líneas rojas te acorralan cada vez más. Por eso es tan importante forzarlas”.

Ramón me escribe para decirme que su mujer ha encontrado un trabajo al lado de casa. Ahorrará tiempo y gasolina. Chateamos un rato, pero no sale el tema de Interviú. Recibo un correo de Andrés: “Igual que los comanches olían la llegada del tren, llevaba yo tiempo presintiendo esta catástrofe. De hecho, anteayer, cuando iba a comprar el billete del tren, me paré en la tienda de revistas de Couceiro y me alegró el corazón ver a un viejo comprando O Mintireiro Verdadeiro y la Interviú. Venía con un calendario con un magnífico póster desplegable y, como corresponde, la señora de la tienda le desplegó el generoso póster para satisfacción del viejo cliente. Daba gloria verlo con el calendario. Pues bien, estos tiempos no volverán”.

Leo que el subdirector de la revista, José Luis Rendueles, comenta en la tele que incluso el Partido Popular llegó a “comprar todas las revistas [de los quioscos] en algunos tiempos para tapar la corrupción”.

Recuerdo cuando, en vez de estudiar para los exámenes de EGB, leía la revista tumbado en la cama, boca abajo y con la cabeza en los pies. Los libros al lado, por si aparecía mi madre y había que taparla para disimular. Años después las leería en el desván, donde acumulaban polvo.

“Gracias a Interviú, la transición fue un poco más placentera”, decía Ilario.

Pienso en mi padre, que también compraba cómics de El Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín, me imagino que reeditados. Lo llamo en plan papá, ¿por qué somos del Atleti?, pero la respuesta es vaga.

– Ha cerrado Interviú. 

– Bueno.

El bueno gallego es un todo y nada, un blanco y negro. Clarificador y desconcertante a un tiempo. Le preguntó por qué compraba la revista, pero me responde que dejó de comprarla hace mucho tiempo. “Últimamente, la leía en la de Manolo”

Manolo es mi barbero desde hace treinta años. Antes sólo tuve otro y se llamaba Álvaro, aunque a mí me cortaba el pelo su hija. Llamo a Manolo, que ameniza la espera con un ejemplar de Interviú y, cuando te corta el pelo, tiene la deferencia de ajustar un pequeño espejo a la medida de los ojos del cliente para que pueda seguir Mujeres y Hombres y Viceversa, o lo que sea que echen ahora en la tele. Pasan las décadas y le sigo siendo fiel. Si alguna vez le he fallado, la culpa la tuvo la distancia: 617 kilómetros.

– Hola, Manolo, ¿sabes que ha cerrado Interviú?

– No tenía ni idea.

– Vaya… ¿Y cuál vas a comprar ahora?

– Yo casi no miro las revistas, son para los clientes.

– También tienes otras publicaciones, como el Marca, El Ideal Gallego y el ABC, pero Interviú

– Pues es la más solicitada, claro. Unos, por un motivo; y otros, por otro.

Manolo es de pocas palabras, si bien hoy se ha explayado. Chapela es capaz de no articular una palabra con él durante el corte, o sea, una media hora. Manolo también comenta que yo también soy uno de los que eligen la Interviú, aunque en los últimos años no la lea semanalmente, sino cada tres o cuatro meses.

Ha cerrado Interviú y, sin embargo, advierto que mi adolescencia amputada sigue ahí. Si no, ¿por qué ese cosquilleo en la mano?

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