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Opinión · Rosas y Espinas

La mafia ya no se esconde

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La declaración de Rodrigo Rato, ayer en el Congreso de los Diputados, me dejó sabor a celuloide, a séptimo arte, a rubias de piernas largas y galanes morcillones que se alegran de verlas. Me trasladó a la butaca infantil de un cine de barrio. La declaración de Rodrigo Rato de ayer me pareció una excelente escena para cualquier gran película sobre la mafia.

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–¿Eso es un saqueo? No, es el mercado, amigo –respondió a un diputado con un donaire, mezcla de Alan Ladd y Edward G. Robinson, que me dejó no sé si pálido o simplemente en blanco y negro.

A Rodrigo Rato le deberían haber permitido que se fumara un puro durante el interrogatorio de ayer, y que dejara sobre el atril un revólver sospechoso de humo reciente. Y tendría que haber abandonado el congreso de pie, sobre el pescante de un Ford T veloz, Carrera de San Jerónimo abajo, con una mano agarrada a la ventanilla y la otra sujetando el sombrero de ala ancha. La nieve madrileña haría el resto. El atrezzo, los extras, las víctimas ya las ponemos nosotros. Gratis.

No nos damos cuenta de lo felices que deberíamos de sentirnos al participar en una película de mafia tan intensa y bien argumentada. Toda una superproducción. Ayer, uno de los malos con más charme del interminable –y no siempre bien elegido– elenco, aristócrata para mayor mérito del guionista, atractivo y esquivo, altivo y enigmático, se dignó a cantar la traviata ante sus señorías. El vesánico giro argumental ha obligado a algunas marquesas a demandar las sales. Hay quien lo habrá celebrado con otro tipo de granulillos blancos. Pero ya nada volverá a ser lo que fue.

La traviata de Rato incluyó al ministro de Economía, Luis de Guindos, al que acusó de inepto y de hundir Bankia para beneficio de sus amigos banqueros; al titular de Justicia, Rafael Catalá, culpable de airear sus intimissimi fiscales en un programa de televisión; a la ministra de Empleo, Fátima Báñez, que actuó como el ama de llaves de Rebeca e intimidó siniestramente a su candorosa secretaria; a Montoro, propalador de fake news en sede parlamentaria; a varios periodistas high standing que le choteaban de antemano los zarpazos que el Gobierno iba preparando contra él… Que alguien llame a James Ellroy, que es el único que puede poner orden en este desquiciado argumento. Y no te olvides de la dexedrina, chico.

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Por la magnitud de estas acusaciones, algunas, al menos, deberían de ser revisadas de oficio en sede judicial.

–Eso te lo afina la fiscalía –que dría el otro.

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