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Opinión · El repartidor de periódicos

Rectificar es de zafios

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“La masa independentista es acrítica con su televisión pública, porque divide entre amigos y enemigos”. La frase está extraída de un reportaje de El País publicado a mediados de diciembre del año fallecido bajo el título Una semana en la burbuja de TV3 (o Una semana viendo solo TV·3, en otra versión), firmado por el periodista Íñigo Domínguez. La jueza de Barcelona Rocío Ortega les ha obligado a publicar una rectificación, pues la imagen esperpéntica que el diario da de la televisión pública catalana está menos inspirada en la deotología que en el a por ellos, oé.

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Hoy se publica un alegato contra esa rectificación y los amantes del humor en prensa estamos de albricias: El País da respuesta a la manipulación informativa de TV3, titula el diario de Prisa su pataleta con llamada en portada. “La televisión pública catalana TV3 ha aprovechado una sentencia de rectificación [… ] para lanzar una campaña de desprestigio contra este diario”, se desgañita Antonio Caño entre llantos, esputos de Belcebú y rechinar de dientes.

Nadie va a decir aquí que TV3 sea ejemplo de imparcialidad y rigor. Ninguna televisión pública lo es. Las televisiones públicas –y, más que ninguna, la nacional (nunca mejor dicho)– han sido convertidas en bufones de corte, con la diferencia de que los bufones de corte eran un pelín más irreverentes. Otra cosa es que asegures en un reportaje que TV3 elide cualquier información sobre la fuga de empresas, y la jueza encuentre hasta una treintena de noticias referentes al silenciado asunto al revisionar el escenario del crimen (pobre mujer, siete días viendo la tele).

“Si cualquier persona, empresa o institución a la que no le guste una información difundida por un medio de comunicación, por mucho que esta pueda ser cierta, encuentra amparo en los tribunales invocando el derecho de rectificación, la libertad de expresión se ve seriamente amenazada”, escriben los compañeros de Prisa en su editorial de hoy.

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Es gracioso escuchar esta frase en los tiempos en que una tal Casandra esá condenada a cárcel por hacer chistes de Carrero Blanco en twitter. No se ha visto a El País empender cruzada alguna a este respecto. Entre la condena a una rectificación y una pena de cárcel hay un abismo. A El País le pasa como al personaje de Martin Niemöller, salvando las distancias: ” Primero vinieron a buscar a los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Después vinieron a buscar judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Más tarde vinieron a buscarme a mí, y ya no quedaba nadie para defenderme”.

La libertad de expresión no tiene grises: se defiende o se ataca, y El País lleva años justificando la deriva judicial y fascistoide que tanto sufrimos en esta tierra de sollozos. La justicia es un estado de ánimo. Y los jueces, en los últimos tiempos, están como muy animados. La pena del telediario es una alegría para ellos. Se saben protagonistas del escenario político: “Esto la fiscalía te lo afina”, que decía un ex ministro de Interior muy reprobado.

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A El País le encanta este gobierno que convierte todo lo que toca en el Callejón del Gato. Le encantaba hasta que se miró en los espejos y se vio a sí mismo deformado, que es lo que le sucede hoy.

Nosotros lo veíamos así desde hace tiempo.

Ahora se ven mártires del catalanismo diabólico, y lo explican sin pudor en el citado editorial: “A nadie se le escapa que durante todo el largo periodo del procés, este diario ha denunciado con energía la ilegalidad de ese movimiento y el enorme daño que se ha causado a la sociedad catalana. Estamos orgullosos de que, en la medida modesta en la que un medio de comunicación pueda hacerlo, nuestras informaciones hayan contribuido a que la verdad prevalezca, y entendemos que eso haya generado un deseo de venganza en los impulsores del independentismo”.

Acusar a una jueza de dictar sentencias inspirada en un deseo de venganza da idea de la percepción que tiene El País sobre la independencia judicial. Debería aplicar la misma perspectiva en otros casos. Pero en el Callejón del Gato se ven las cosas muy raras. Es un lugar de alucinaciones oníricas donde rectificar es de zafios.

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