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Opinión · Punto de Fisión

Albert Rivera y el posfeminismo

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Albert Rivera se desperezó en la cama una mañana y al leer los periódicos descubrió que se había transformado en feminista. Concretamente, en posfeminista, que es una categoría específica para los conversos súbitos al feminismo tras el éxito de las manifestaciones del pasado 8 de marzo. No era el único contagiado por el movimiento, ya que Inés Arrimadas, Cristina Cifuentes e incluso Mariano Rajoy también parecían acusar los efectos del día después. Arrimadas, haciendo honor a su apellido, pasó de rechazar la huelga en los días previos a arrimarse donde más calentaba, colocarse un lazo morado bien gordo y celebrar la lucha por una “igualdad real y efectiva (…) desde un feminismo plural e inclusivo”. Más plural e inclusivo no puede ser: como que lo incluye a ella misma, a Albert Rivera y a todos los que piensan que donde debería estar Arrimadas es en la cocina, lavando los platos.

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El posfeminismo bien entendido tiene una caracterización bien amplia, que abarca desde las niñas pijas a la salida de misa a los machistas retrógrados a la salida del puticlub, pasando por Cristina Cifuentes. Quien había decidido no secundar el paro ni las manifestaciones y hacer huelga a la japonesa, es decir, hacer lo de siempre, puesto que la huelga a la japonesa es un cuento chino, como el cumplimiento del déficit, las armas de destrucción masiva o el feminismo de Cifuentes. “Cómo no voy a compartir las reivindicaciones del día de ayer, si soy mujer” declaró a posteriori en un inesperado rapto de posfeminismo identitario, como si la hubiera mordido Simone de Beauvoir hecha un zombi. No menos japonés y no menos zombi, Mariano preparó la jornada del 8 de marzo a su manera, preguntándole a Ana Rosa Quintana si iba a hacer huelga y aconsejándole que mejor fuese a dar el callo ante las cámaras. El consejo resultó de doble filo para los dos, porque otra cosa no, pero a Ana Rosa negros que le hagan el trabajo y dobles de acción le sobran.

No obstante, pocos y pocas hay en España capaces de liderar el posfeminismo con más orgullo que Dolores Montserrat, ministra de Sanidad, Igualdad y Asuntos Sociales. De Sanidad y de Asuntos Sociales ya tal, pero de Igualdad difícilmente se encontraría a alguien más capacitado (o capacitada) para desempeñar el cargo (o carga), hasta el punto de que Dolores declaró que ella de feminismo (o feminisma) no tiene la menor idea, ni sabe lo que significa, ni se lo han presentado. Nadie mejor que la ministra tripartita para proclamar la igualdad entre hombres y mujeres con el viejo lema de los ciegos vendiendo cupones: “¡Iguales para hoy!”

Con todo, el que verdaderamente terminó devorado por los acontecimientos fue Albert Rivera, quien no sólo se despertó a lo Gregor Samsa, convertido en un monstruoso insecto, sino además en abeja reina. Así, como quien no quiere la cosa, por culpa de unas declaraciones tergiversadas, lo habían coronado como líder autoproclamado del movimiento transversal feminista. Lo cierto es que Albert no dijo nada de eso, pero ya no había manera de dar marcha atrás: la mala fama con la prensa lo persigue allá donde va. En este mismo digital, Juan Carlos Escudier tituló uno de sus artículos de dos años atrás, “Albert Rivera, el increíble hombre cambiante”, y allí analizaba su capacidad para aliarse con el PP, con el PSOE, con la ultraderecha irlandesa, con la corrupción institucional, con el matrimonio homosexual y con Carmen de Mairena si hiciera falta. Una vez más habíamos malinterpretado sus palabras, igual que aquel día que repudió los toros en vivo y en directo y le sacaron unas fotos a traición en varias plazas de toros donde sólo le faltaba pegar unas chicuelinas. Taurino, antitaurino, corrupto, incorrupto, liberal, ultra, feminista: es todo para todos, como el apóstol. Con Albert, el espejo del lavabo cada mañana tiene que pedir horas extra.

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