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Opinión · Dominio Público

¡Mujeres teníamos que ser….!

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A mi abuela Paquita no la dejaron ir al colegio, ni a sus hermanas tampoco. En cambio, sus hermanos fueron prestigiosos médicos en Burgos. Mi otra abuela, Asunción, aprobó una oposición para ser Policía. Pero el primer día de trabajo, cuando su padre supo que todos sus compañeros eran hombres, se presentó en la oficina y se la llevó de vuelta a casa para siempre. El destino de ambas, como el de millones de mujeres de su tiempo, fue el matrimonio: cuidar de sus hijos y esposos, con la cocina, la costura y las manualidades como único espacio de realización personal. Como miles de mujeres, soñaron con otra vida, con ir a la Universidad; pero tuvieron que conformarse con ver cómo lo hacían sus hijas y nietas.

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Mis abuelas me contaron su injusta historia sin atisbo de rencor hacia sus padres, lo que contrastaba con la indignación que a mí me producía escucharlas. Pero ¿no os rebelásteis?…. me gustaría preguntarles ahora. Entonces, yo también viví mi rabia en silencio y nunca les dije nada.

El feminismo llegó a mi vida, cuando ya pasaba la treintena, en aquellas Jornadas Feministas Estatales de Granada, el año 2009, tras las que nada en mi vida volvió a ser igual. Regresé a casa con una nueva manera de ver y de interpretar todo lo que había vivido hasta la fecha: volví con unas gafas violetas, que me hacen ver el mundo con perspectiva de género. El feminismo es para mí una herramienta de vida que me protege, me empodera frente a la injusticia, y me ayuda a ser mejor compañera y congénere.

No puedo dejar de mirar con embeleso -y cierta envidia- a las miles de mujeres jóvenes que hoy llenan y revitalizan el movimiento feminista. Grupos de estudiantes de instituto, dirigiéndose a la manifestación del pasado 8 de Marzo con pancartas hechas por ellas, con lemas como “Perder clase para ganar derechos”. Y al día siguiente tenían un examen…. Mujeres que desde muy pronto tienen las cosas claras: que son las únicas dueñas de su cuerpo y su sexualidad; que con la misma capacidad, lo van a tener mucho más difícil que sus compañeros varones, si no se lo pelean; y que es  imprescindible la sororidad entre nosotras. Su fuerza, creatividad e inteligencia me llenan alegría y de esperanza.

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Pienso también en la lucha de las “Kellys” o camareras de piso, las nuevas esclavas del S.XXI, obligadas a hacer más de 30 habitaciones al día por menos de 2 euros la hora. Tienen problemas de cervicales, de lumbares, y túnel carpiano en las muñecas. Muchas se hacen infiltraciones para ir a trabajar, por 800 euros al mes, mientras sostienen con su trabajo buena parte del negocio boyante del turismo. Llevan meses reivindicando que la limpieza de los hoteles, sea considerada una actividad principal de los hoteles y que no se pueda externalizar, para conseguir así condiciones de trabajo dignas como las que tienen sus compañeros, camareros de barra.

No podemos permitir que la movilización histórica que vivimos el pasado 8 de Marzo se desnaturalice, y vaya poco a poco convirtiéndose en una jornada de carácter exclusivamente festivo, del gusto de todos, como en cierta medida ha sucedido con el 1º de Mayo, o el día del ‘Orgullo Gay’. La amenaza de que esto ocurra es evidente desde el momento en que, buena parte de la derecha y del heteropatriarcado, se reivindicaban feministas al día siguiente, ofreciéndose incluso a liderar nuestro movimiento.

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El Feminismo solo puede ser incómodo para quienes ostentan el poder y los privilegios, porque su objetivo es cuestionar los privilegios de sexo, de raza y de clase. Al Feminismo no puede apuntarse cualquiera, porque ser feminista es querer cambiarlo todo: cambiar el modelo de consumo por otro que respete los límites de nuestro planeta; cambiar la economía, para poner en el centro de la misma la sostenibilidad de la vida; repartir de otro modo la riqueza, el trabajo y el poder. Por eso el Feminismo no es compatible con este capitalismo depredador de recursos y derechos.

Corremos el riesgo de que la burguesía se apodere del movimiento y banalice el discurso, reduciéndolo a una cuestión de símbolos (una “M” de Mc Donalds dada la vuelta), o a la igualdad de salarios entre hombres y mujeres en las empresas. El problema está lejos de reducirse a una cuestión de igualdad en los salarios -aunque desde luego también la reivindicamos-. Hablamos de desmontar un sistema que se sostiene sobre la explotación y el trabajo invisible de las mujeres en todo el mundo: desde las porteadoras de Ceuta y Melilla, a las mujeres obligadas a dejar el trabajo para ocuparse de los cuidados de los que el Estado no se corresponsabiliza. Hablamos de los millones de mujeres que sufren violencia sexual en el mundo, de las que son obligadas a contraer matrimonios forzados, o de aquellas a las que mutilan los genitales. Pero también hablamos de que somos las únicas dueñas de nuestro cuerpo y exigimos que el aborto salga del Código Penal.

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Hay motivos para la esperanza: un grupo de mujeres valientes demostraron el pasado jueves no estar dispuestas a tolerar que un partido como Ciudadanos, que se manifestó en contra de la Ley Integral contra la Violencia de Género, que intenta aprobar la custodia compartida obligatoria, o que aspira a legalizar la gestación subrogada sin tener en cuenta los derechos de las mujeres gestantes, se apodere de este movimiento.

Y cuando, dentro de nada, alguna oportunista como Cristina Cifuentes trate de remediar su torpeza y falta de visión política, y se apunte a ser la primera de las damas feministas, habrá que recordarle su “huelga a la japonesa”, su absoluta falta de políticas y su exiguo presupuesto para combatir la discriminación de las mujeres.

El Partido Socialista, inmerso en esa duda ‘hamletiana’ sobre ser o no ser de izquierdas, se apuntó a la versión tibia de la huelga -el paro de dos horas- y la histórica jornada de movilización feminista les pasó por encima como un tsunami.

Unidos Podemos es el partido que mejor ha sabido captar la fuerza que el movimiento feminista ha ido adquiriendo en los últimos tiempos. Hemos sido el único partido que ha secundado la huelga de 24 horas promovida por la Comisión del 8M. Hemos apoyado este acontecimiento histórico y hemos sabido estar a la altura del momento.

Pero lo verdaderamente difícil empieza ahora: Podemos tiene la oportunidad de revitalizarse y recuperar la fuerza ilusionante de los primeros tiempos, si sabe incorporar el contenido del discurso feminista que empieza a ser hegemónico entre las mujeres de este país. Las feministas de la calle demandan más liderazgos femeninos –por lo menos, la mitad de los puestos más visibles- que nos corresponden a las mujeres. Pero no es suficiente con tener un partido más feminizado y feminista hacia dentro. Lo importante es que no cometamos el error de quedarnos en un mero barniz de feminismo, con consignas y proclamas vacías. Para navegar adecuadamente esta ola de movilización feminista, es imprescindible que nuestras políticas y propuestas sean radicalmente feministas. Necesitamos economistas feministas de referencia, que sean nuestra voz autorizada cuando haya que hablar de economía, de crisis, o de nuevo modelo productivo. Necesitamos recuperar el discurso radical de que no es admisible desahuciar a familias sin alternativa habitacional, y menos aún si es nuestra gente la que gobierna. Necesitamos impedir los recortes en servicios públicos con más firmeza que nunca, porque se hacen a costa del tiempo y el esfuerzo de la mujeres. Por eso habrá que auditar la ingente deuda que tiene nuestro país y reformar el sistema fiscal, porque la financiación de los servicios públicos debe estar por delante de los pagos a acreedores y banqueros.

Tenemos que incorporar todas las reivindicaciones feministas, convertirnos de verdad en un partido feminista, pero sin tratar de capitalizar la movilización social. Solo así podremos ganar el futuro.

Pero estamos de enhorabuena porque, en este país, a pesar de la ley Mordaza y de todos los intentos desmovilizadores del PP, la gente sale a la calle para defender sus derechos: pensionistas, feministas, la PAH… El 15M sigue vivo en nuestros corazones: ese es un motivo para sentir un enorme orgullo y creer que pese a todas las dificultades….. ¡sí se puede!

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