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Opinión · El ciudadano autosuficiente

Cómo distinguir un producto sostenible

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¿Cómo funciona el detector de productos sostenibles? Muy sencillo, no hay más que coger el producto en cuestión en la mano, como Hamlet cogió el cráneo de Yorick, y empezar a hacernos unas cuantas preguntas.

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¿Cuánto cuesta? ¿Es accesible para una economía familiar media?
Si las respuestas son “mucho dinero” y “no”, no es un producto sostenible.
(NOTA: estamos hablando de la compra cotidiana, no de un capricho esporádico).
Hay un extenso catálogo de productos eco-chic fabricados de manera exquisitamente sostenible que, sencillamente, son demasiado caros. Si no los puede comprar todo el mundo, no son sostenibles. Este es el caso, por desgracia, de la mayoría de los coches eléctricos y de algunos alimentos procedentes de la agricultura ecológica.

¿Mejora nuestra vida? ¿Lo necesitamos?
(Véase la nota anterior)
Si estamos hablando de un producto de consumo cotidiano, es pertinente hacerse estas preguntas. Si la respuesta a las dos es “no”, entonces no es producto sostenible. Hay miles de productos francamente engorrosos y que no necesitamos para nada, desde grandes SUV (en este caso su enorme precio también los hace insostenibles) a ambientadores de salón, pasando por ciertos electrodomésticos que solo se usan una vez y se guardan para el resto de sus días, como la licuadora o la sandwichera.

¿Tiene una huella ecológica asumible?
Esta tercera pregunta no es tan fácil de contestar como las dos primeras. Aquí necesitamos información de fuentes externas para responder. Con todo, es posible fijarnos en algunos indicios que son indicadores infalibles de un impacto inaceptable para el medio ambiente. Por ejemplo, si el producto se anuncia como “bio”, “eco”, “orgánico” “sostenible” sin ninguna prueba, es decir, ninguna etiqueta o marchamo oficial, o bien si presenta etiquetas de alerta tóxica (en productos de limpieza). Otras malas señales son el exceso de embalaje, las etiquetas de composición demasiado largas (en alimentos) o un tamaño excesivo (en electrodomésticos y vehículos).

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Por el lado positivo, cada vez hay más marchamos oficiales que nos indican que un producto tiene un impacto más reducido sobre el medio ambiente. Son la etiqueta energética de electrodomésticos, calderas y vehículos, la etiqueta de agricultura ecológica, la de indicación geográfica protegida, la de gestión forestal sostenible (FSC, PEFC), la de gestión ambiental (por ejemplo, la ISO:14000), la de instituciones acreditadas (como el MSC para la pesca sostenible) y un largo etcétera.

Otras señales positivas son la ausencia de aditivos en alimentos, el uso de energía renovable, los embalajes proporcionados, la simplicidad de diseño, las listas cortas de ingredientes, la frescura y la posibilidad de venta a granel. Por ejemplo, una pieza de fruta tal cual es mucho más sostenible que un batido de frutas empaquetado, y diez tornillos envueltos en un papel más sostenibles que un blister de plástico con 24 tornillos de los que terminaremos tirando 14.

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Ejemplos de productos sostenibles son las lámparas LED, las latas de sardinas (mejor todavía si están serigrafiadas), las pastillas de jabón tipo Lagarto, las legumbres en paquete de papel de kilo, los frigoríficos clase A+++ pequeños, las bicicletas, los utilitarios eléctricos baratos, la ropa de algodón duradera, los abonos de transporte público, las verduras en general, las ventanas de doble cristal, las casas con buen aislamiento, los paneles solares para agua caliente, los muebles de madera ligera, unas buenas botas para caminar, los termostatos y los huevos de clase 1 o 0. En general, todos aquellos fabricados con sentido común y destinados a consumidores que quieren comprar con fundamento.

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