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Opinión · Tierra de nadie

Mirones

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Cada suceso, cada tragedia nos devuelve a un estadio primitivo que entreabre la puerta de nuestro reverso tenebroso, ese pequeño cuarto del cerebro que se conduele hasta el gozo con el dolor de los otros. Las memorias del subsuelo nunca acaban de saciarnos porque nuestra hambre es infinita. Somos insectos estampados hacia los ciegos faros de las desdichas ajenas, atraídos sin remedio por una oscuridad que añade negro sobre negro a nuestras propias sombras.

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Hoy somos Gabriel como ayer fuimos Diana y mañana seremos cualquier nombre teñido en rojo que pueda ser estampado en una camiseta. Nuestra empatía es un disfraz de nuestra enfermiza inclinación hacia el espanto. Y de ahí que busquemos entre los redactores de sucesos a un Dostoyesvski que nos desnude el alma humana, que nos relate el terror y nos transmita grandeza. Pero para ello sería necesario que el cronista, como explicaba Zweig sobre el ruso más inmortal, hubiera sentido antes en los huesos la “sierra del dolor físico”, que hubiera convulsionado como los “ardientes alambres de los nervios” y que “el fino aguijón de la sensualidad” espoleará su pasión insaciablemente. En su lugar nos conformamos con el relato atropellado y morboso de unos empleados de casquería.

En realidad, ni siquiera tenemos educado el paladar para algo que no sea un simple refrito de miserias e intestinos y preferimos fisgonear por el ojo de la cerradura para contemplar el estrecho ángulo que se nos ofrece de las vidas de los otros y de sus muertes. Convertidos en voyeurs, no estamos obligados a ruborizarnos ni a bajar la mirada. En este desenfrenado consumo de emociones no hay reglas éticas que cumplir. Rebañaremos el plato, nos limpiaremos los restos con la manga del jersey y nos sacudiremos las migajas. Muchos eructarán en el proceso.

Un país que no lee ni en defensa propia, que no entiende su nómina o el recibo de la luz, que no ve llegar las injusticias hasta que le alcanzan en su pensión, en su sueldo o en el precio de las medicinas, es capaz de devorar y memorizar a un tiempo todos y cada uno de los detalles de un crimen y de recrearse en el repetitivo mantra que escupen los medios. Somos invencibles en ese penoso juego de hacer inventario de la letrinas, quizás porque el acta notarial del basurero nos permitirá luego emitir juicios y condenas. No nos basta el horror del presente y exigimos antecedentes, inmersiones a pulmón en el pasado que certifiquen que dos y dos son cuatro, que los monstruos no se hacen sino que ya nacieron así y se agazapan entre nosotros.

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Nuestro pretendido amor por las víctimas es una válvula de escape de un odio que silba en las redes sociales y en las tertulias de los bares. Odiamos al asesino, sus circunstancias, su condición y su raza, aunque nada de ello sea pertinente ni descifre su conducta. Decimos apreciar lo normal, lo positivo y el bienestar propio y ajeno pero nos regocijamos con el sufrimiento, con el estruendo de las vajillas al hacerse añicos, con los corazones rotos, con el caos. La civilización no ha conseguido domar nuestros instintos. Nada surge que no esté ya allí. Somos malvados bondadosos.

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