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El máster en falsificación de documentos de los Reyes Católicos

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Estos días están siendo de una auténtica locura y de un surrealismo que crece de forma exponencial con el temita del máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, el currículum con lagunas del vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado, y las mentiras académicas y laborales de unos diputados de PSOE y Podemos.

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Si en otras ocasiones y lugares hemos visto dimisiones inmediatas (y un tanto dramáticas) tras trolas de este tipo, aquí en España parece que la gente se lo está tomando con calma.

Recordemos casos como el de la ministra de Educación alemana, que dimitió por plagiar una tesis doctoral, o el escandaloso caso (por la gestualidad casi más que por lo grave del pecado) del japonés Ryotaro Nonomura, que montó el teatro del siglo al ser imputado por gastarse casi 30.000€ en balnearios. Aquí, de momento, solo ha dimitido el diputado en el parlamento gallego de En Marea y secretario de Organización de Podemos Galicia, Juan Merlo.

Ryotaro Nonomura llorando como una magdalena.

Pero, al fin y al cabo, esto de los chanchullos para medrar política o laboralmente ha existido toda la vida del Señor, y a lo largo de la historia se han dado casos flagrantes de falsedad documental. Hoy traemos el caso de los sacrosantos Reyes Católicos, sus Católicas Majestades, que para muchos amantes de la historiografía tradicional y más cosas tradicionales fundaron nuestra querida España (spoiler nº 1: no).

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La España que nos dejaron los Reyes Católicos, según mucha gente.

A los monarcas Isabel y Fernando, de Castilla una, de Aragón el otro (y viceversa, ya sabes… aquello del “monta tanto”), les salió un escollo en el camino para convertirse en una pareja unida en santo matrimonio. Y, como no podía ser otra de otra forma, lo solucionaron.

Porque, para quien no lo sepa, estos dos especímenes tenían un carácter y un carisma que hacía que pocos fueran los guapos que se atrevían a toserles. Y lo mismo lo hacían por las buenas, por las malas o a lo católico, es decir, por las malas pero más rápido (spoiler nº2: lo último).

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El problema que encontraron fue que, en aquel momento, (finales del siglo XV, para los más despistados) una heredera no podía emparentar con nadie si no contaba con el beneplácito del rey. En este caso, el rey era Enrique IV, hermano de Isabel y algo tocado del perol.

Y eso para Isabel era un marrón importante. “Bueno, pues que le diera permiso”, dirás. Pero la cuestión es que no se llevaban muy bien, sobre todo después de que su hermano el rey se echase atrás y decidiera nombrar heredera a su supuesta hija, Juana la Beltraneja. En todas las casas se cuecen habas.

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La Concordia de Segovia, el documento con el que los Reyes Católicos hicieron la separación de bienes al casarse.

Sin embargo, la nobleza castellana y la Corona de Aragón querían que sí se produjese ese matrimonio por conveniencia de ambos, así que presionaron a espaldas del rey de tal manera que Isabel accedió no solo a casarse con Fernando (que al principio no se fiaba mucho) sino también a cometer ciertas irregularidades.

Obviamente, se las tuvieron que ingeniar para hacer el bodorrio en secreto, sin lujo ni delegaciones o grandes invitados (ni siquiera la propia familia). De hecho, algunos autores señalan que Fernando tuvo que cruzar Castilla disfrazado de mozo, sirviendo incluso a sus propios siervos para hacerlo creíble. Pero la boda tenía un pequeño problema más: Fernando e Isabel eran primos (vaya por Dios, una boda de reyes emparentados. Qué raro, ¿eh?).

Por lo tanto, necesitaban una dispensa papal para poder celebrar su matrimonio, inconveniente del cual que se encargarían los nobles, o más bien su dinero. Llegó el día de la boda y con él una dispensa firmada por el papa Pío II a favor de Fernando, con la que se le permitía contraer matrimonio con cualquier princesa con la que le uniera un lazo de consanguinidad de hasta tercer grado (¡viva el vino y la endogamia!) lo que habría estado bien si Pío II no llevase muerto cinco años. Ese pequeño detalle…

El papa Pío II en vida ya parecía llevar 5 años en una caja de pino.

De todas formas, y para amarrar el resultado, como haría el Cholo Simeone, al tiempo que Rodrigo Borgia y los hombres de Fernando se encargaban de ese documento, el obispo de Segovia había falsificado por su parte otra bula presuntamente firmada por el papa Calixto III. Y eso sin contar más documentos auxiliares que también fueron víctimas del chanchullo. Es decir, había documentos falsificados de reserva para parar un tren.

Y todo esto porque el papa en aquel momento, Paulo II, aun estando a favor de este matrimonio por la posibilidad de que Isabel le pudiera ayudar en la defensa militar de sus Estados Pontificios contra los musulmanes, se cagó en el último momento y no se atrevió a firmar el documento de autorización para la boda por temor de atraerse las antipatías de los reinos de Castilla, Portugal y Francia. Cuánto daño ha hecho el “qué dirán”, madre mía.

La boda de Isabel y Fernando representada en la Plaza de España de Sevilla, en el banco de la provincia de Valladolid, donde tuvo lugar el bodorrio (en la provincia, no en el banco).


Pero no temas, los reyes serían después Católicos (con mayúscula), y eso te otorga como una especie de superpoderes, así que finalmente el documento (el de verdad) fue firmado dos años después por otro papa, Sixto IV. Por supuesto, el matrimonio supuso la falsificación de muchos más documentos, lo que no impidió que fue efectivo el mismo día de su celebración: el 19 de octubre de 1469.

Si los Reyes Católicos no pidieron perdón ni abdicaron por una simple firma… ¿quién es Cristina Cifuentes para tener que dimitir por unos “No Presentado” convertidos en “7,5”? A ver si ahora vamos a ser más papistas que el papa…

Bibliografía:

AD ABSURDUM (2017): Historia absurda de España, ed. La Esfera de los Libros.
PÉREZ, J. (2002): La España de los Reyes Católicos.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España o Historia absurda de Cataluña.

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