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Opinión · El desconcierto

Rajoy entre Torra y Rivera

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El régimen del 78, hoy cercado por la involución democrática, vuelve a revivir el dilema con el que nació tras la dictadura de Franco. Rajoy y el PP se enfrentan a la misma experiencia que vivieron entonces Suárez y Unión de Centro Democrático. Y  Albert Rivera y Ciudadanos reeditan la que protagonizaron  Fraga y Alianza Popular. En definitiva, la  posible reforma de la Constitución, implícita en el acuerdo de la Moncloa con Urkullu , o la probable ruptura de la Constitución, con la recentralización que reconvertiría en coros y danzas del franquismo el Estado de las Autonomías. No es nada casual, por lo tanto, que ahora como entonces la alianza de Rajoy con el nacionalismo, tanto vasco como catalán, sea objeto de soflamas por la Brunete Mediática y la Brigada Azanzadi de la Fiel Infantería que  lidera Rivera.

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La batalla por Cataluña es la batalla por la Moncloa. La mera posibilidad de un diálogo del presidente Rajoy con Quim Torra, nuevo president de la Generalitat, enciende todas las alarmas de los partidarios del choque de trenes nacionalistas en el Estado español. Pese a sus cuantiosas dificultades y escasas posibilidades, el hecho de que la Moncloa y la Generalitat puedan sentarse a hablar les parece harto peligroso. El fantasma de la alianza de Tarradellas con Suárez sobrevuela  el tenso escenario político español. Tras nueve meses de agitación sobre el proces y el cupo vasco, cualquier conversación, siempre dentro del Estado de Derecho, es toda una derrota para quienes ven la paja nacionalista en Cataluña y Euskadi sin ver la viga españolista en su propio ojo.

Una vez derogado el 155 ¿qué sentido tiene continuar con la prisión preventiva de los presos políticos catalanes ? Que duda cabe que su puesta en libertad, tras más de un semestre encarcelados, engrasaría el diálogo de la Moncloa con la Generalitat sin atentar para nada su procesamiento y su próximo juicio ante el Tribunal Supremo. No se trata de indultarles o amnistiarles, como se hizo en la época de Suárez, sino simplemente de liberarles, en espera de que mañana mismo sean sentenciados. Si no existe ya la excepcionalidad política, dado que  hemos regresado a la normalidad institucional, ¿por qué  y para qué seguir con  la excepcionalidad jurídica ? Precisamente para evitar la lógica que se desprende de estas preguntas, los enemigos de Rajoy, que lo son del Régimen del 78,  insisten en que continue con el 155.

Como sostiene Rivera, un 155 reforzado que incluya el control de TV–3  y de la Enseñanza como primer paso hacia la suspensión de las restantes competencias autonómicas. En esa dirección, Cataluña no sería más que un  ensayo general de lo que preconizan para todo el Estado de las Autonomías, o Autonosuyas como dicen su apologistas. No en vano, tanto en Euskadi como en Navarra, en lo que se refiere a los fueros y a la lengua , se vive ya bajo la espada de Damocles de Ciudadanos. Este claro proyecto recentralizador, que tan claramente expresa Rivera, fracasaría, si no logra impedir la aproximación política entre Rajoy y Quim Torras. De ahí que las señas ideológicas del presidente de la Generalitat, tan católico y conservador como el que habita la Moncloa, sean ninguneadas por los propagandistas de la ruptura.

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En esta  creciente pugna entre la derecha constitucional y la derecha preconstitucional, protagonizada por Rajoy y Rivera, la izquierda no está ni se la espera. Al contrario de Suárez, presionado pero también alentado por González y Carrillo, Rajoy está solo, no tiene más apoyo que la lucidez política del PNV.  Sánchez le ayuda, pero no le presiona; Iglesias está ausente.  En la medida en que PSOE y Podemos no denuncian la identidad ideológica de Ciudadanos, ni el grave peligro de enfrentamiento territorial y social que encierra su proyecto, facilitan el proyecto de recentralización del Estado de las Autonomías. Si Rajoy no cuenta con el apoyo de todo su partido, el del PSOE es irrelevante y el de Podemos inexistente, su futuro será tan negro como togado.

Aproximadamente en cinco meses, veremos si el gobierno de Rajoy es sustituido de facto por el gobierno de los jueces, al igual que en Italia el gobierno Andreotti fue reemplazado por el gobierno “mani pulite” togado. Así cayó  la I República italiana en 1992, así podría también caer, probablemente, el  régimen del 78. Si bien en Roma se fue hacia adelante, en Madrid se iría hacia atrás.  Paradójicamente, lo que el catedrático Mario Rodríguez Aragón,  entonces en el Tribunal Constitucional,   inició en 2010, votando la inconstitucionalidad del Estatut de Cataluña, lo remataría ahora, desde el Tribunal Supremo, Pablo Llarena. Sería entonces la hora de Rivera, salvo que en un ataque de sensatez  los españoles corrigiesen desde las urnas a una clase política incapaz de ver cómo se intenta reconfigurar los Pirineos como si fuesen los Balcanes.

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