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Opinión · Rosas y Espinas

Ganar el relato

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Tertulianos, columnatas, politoxicólogos y otras fieras de tertulia andamos dándole mucho el coñazo al respetable con la palabra de moda: el relato. Al fin y al cabo, claro, malvivimos del relato, del cuento, de la ocurrencia en el peor de los casos, de la gracieta, del epigrama. Se habla de que hay que “ganarle el relato” a ETA, a los nacionalistas, a los populistas (sean quienes sean esos señores), y a todo elemento perturbador que nos haga cuestionarnos nuestra Historia (otro relato).

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Eso de “ganar el relato” me suena cutremente a aquellos juegos florales que se organizaban antañazo para alimentar el ego de los poetas provincianos. Y me dice muy poco de la salud de nuestra democracia. Una sociedad que necesita ganar un relato con más urgencia que asumir su presente está un tanto infatilizada. Y algo escasa de cultura.

Hace no muchos años, un grupo de historiadores e hispanistas europeos mostraba su preocupación por la proliferación en nuestro país de falsos historiadores copando tertulias radiofónicas, páginas de periódicos y estanterías de nuestras librerías. Era la época en que se puso de moda el revisionismo filofranquista, que venía a convencernos de que la Guerra Civil la inciaron en el 34 los republicanos, y por tanto el patriota Franco no tuvo más remedio que poner orden. Autores como César Vidal o Pío Moa vendían delirios desinformados envueltos en la pátina de investigaciones históricas. Querían “ganar el relato” a nuestra II República, ensuciar el imaginario edénico de nuestra izquierda y anfangar a sus mitos, a sus héroes y a sus poetas.

Por supuesto que no lo consiguieron, pero se hicieron millonarios vendiendo sus bazofias a esa masa de iletrados acríticos que somos los españoles. Nuestra derecha sociológica necesitaba ese alimento (falsamente) académico. Era la época de José María Aznar, el primer líder conservador de la democracia que se atrevió a vindicar “la derecha sin complejos”. Y, evidentemente, para eludir esos complejos, a nuestra derecha no le quedaba otra que “ganar el relato”, pues sus hechos eran atroces.

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El que sí ganaron muy bien fue el relato de la Transición. Según el relato ganador en este concurso floral, tal época fue un idílico momento de consenso en que se cauterizaron las heridas y todos votamos en loor de democracia y felicidad cantando Libertad sin ira. Nadie habla ya del ruido de sables que atemorizaba a los españoles, y que sin duda contribuyó a aprobar una Constitución inspirada y redactada por las oligarquías franquistas, que así garantizaban que no se revisara el origen de sus fortunas. Los que recordamos aquella época, aun siendo niños, somos conscientes de aquel miedo que se respiraba en la calle y en los kioskos. Y de todos es sabido que con miedo no existe libertad.

Un artículo publicado hace unos días por The New York Times hablaba de nuestro país como una “democracia en ruinas”. Señalaban los autores de este pérfido relato, dos profesores de ciencias políticas, que “más de dos tercios de los países [europeos] que han realizado su transición a la democracia desde la Segunda Guerra Mundial lo han hecho bajo constituciones escritas por el régimen autoritario saliente”. Y de ahí su fragilidad democrática, que hoy permite que un rapero pueda entrar en la cárcel por cantar una canción.

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Los relatos del presente ya solo se pueden ganar en la liga doméstica. Mientras en el extranjero nos miran con aprensión, aquí seguimos tan tranquilos, llenándonos la boca de la palabra democracia mientras nos aporrea un policía por poner urnas. Y buscando ganar un concurso de relatos, cuando lo que tendríamos que hacer es estudiar un poquito, solo un poquito, nuestra Historia.

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