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Opinión · Otras miradas

Odio a Zoido

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Daniel es funcionario de prisiones de la cárcel de Morón y está ingresado en el hospital; va a perder casi con certeza la visión de un ojo y es probable que tengan que extirparle el globo. A Daniel le golpeó con la punta de su porra un Policía Nacional cuando defendía sus derechos laborales cortando los accesos a su centro de trabajo, hace tan solo unos días. Daniel estaba allí dando la cara de madrugada, porque, entre otras razones, a partir de la aprobación de estos Presupuestos Generales del Estado, no quiere cobrar 500 euros menos al mes que el policía que le golpeó. Daniel sabe que ha estudiado más para sacar una oposición pública que el Policía Nacional que casi le saca el ojo, y piensa, con justicia, (como lo harán profesores, médicos y tantos otros funcionarios), que no se puede pagar tanto a un guardia y tan poco a quien se ha roto los codos para sacar una plaza pública.

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Pero estas son las cosas del ultra Zoido, el ministro del Piolín, el que está dispuesto a empapelar a media Cataluña mientras va soltando alegremente la pasta a aquellos que le son imprescindibles para alcanzar un objetivo tan cargado de grandeza histórica.

Yo me pregunto, antes de que se desboque mi odio (político) a Zoido, que si antes de arrimar tan mal gomazo no tuvo ese agente policial en cuenta criterio alguno como la prudencia con la que hay que tratar a un compañero de Ministerio que no quiere ser machacado laboralmente, humillado y discriminado, y que por no tener compensaciones a su duro empleo en prisiones, no disfruta ni del cariño social ni el reconocimiento que él, como agente del CNP, sí que tiene. ¿Acaso no basta con mirar la diferencia de calidad y diseño de los uniformes para ver en qué estima o merecimiento se tiene a los trabajadores penitenciarios?

Pero lo cierto es que quisiera disculpar en parte al compañero policía, porque ¿acaso no cumplía órdenes? Sí, pienso que alguien de Interior cogió esa mañana el teléfono y aulló: esa carretera de Morón me la limpian, como sea. Y la limpiaron a fondo, desde luego, pero a costa del ojo de Daniel.

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Sí, así es como funciona el teléfono de Interior, el de Zoido, digo, porque el del secretario general de Instituciones Penitenciarias, Angel Yuste, parece puenteado. No descartaría incluso que lleve descolgado desde hace años: son las cosas de haber nacido con ansia de anonimato, prácticamente exento de adherencia espiritual a las cosas de este mundo. Esto, que parece una gracia, es en realidad una desgracia para todos aquellos que somos gestionados por su inefable mano.

Tengo que aclarar que esto del teléfono no lo pongo a humo de pajas, sino que lo sé por experiencia: el día mismo de la publicación de mi artículo Los gatos de Estremera, pienso yo que alguien descolgó el mismo auricular de Interior: a este me lo empapelan, aullaron; y presto tuve que ir a deponer… acompañado de abogado: casi tres horas me tiré cascando junto a dos compañeros inspectores sobre felinos y otras metáforas en la Secretaría General de Instituciones Literarias.. perdón, Penitenciarias. Yo creo que Yuste ni se enteró de la peripecia. Pero puedo estar equivocado y lo mismo escuchaba atento detrás de un biombo, que por allí hay muchos y muy bien colocados.

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Mirad, estos días las cárceles están que arden: cunde entre las plantillas de trabajadores un sentimiento oscuro de profunda indignación, porque las reivindicaciones del colectivo de funcionarios nunca han sido tan perentorias, justas y vitales.

El ojo de Daniel debe suponer un punto de inflexión. Se impone romper prejuicios basados en el desconocimiento de nuestra labor y ganarnos un merecido cariño social: nuestra función es clave en una España que se dice democrática. Desde el progresismo histórico (Victoria Kent, Concha Arenal) siempre se ha entendido que la dignificación del empleado de Prisiones es inexcusable para que las cárceles no se conviertan en pozos negros rebosantes hasta el brocal de tristezas, incuria y desesperación.

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Y es que en la cárcel no hay que dar nunca pasos hacia atrás: así, con esa lucidez histórica, se entendió al estrenarse nuestra Democracia cuando la primera ley orgánica que aprobaron las Cortes recién constituidas fue la penitenciaria (LOGP). Una hermosa ley que cada día que pasa se cumple menos y con menor perfección por la desidia y la falta de sensibilidad de los que nos gobiernan. Salud y gracias por tu arrojo, Daniel.

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