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Opinión · Dietética digital

Censurado por sistema

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La semana pasada señalábamos la falsedad de las emisiones televisivas ‘en directo’. Y cómo, además, contribuye a olvidar la censura política y económica que se oculta tras este mito. Las redes, en particular, e Internet, en general, tambien ejercen la censura. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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Dicen que en Internet está y se encuentra todo. Ofrece una infinidad inabarcable de contenidos y perspectivas. Pero esa abundancia desemboca en saturación. Además, no ser visible equivale a no estar. Y la visibilidad depende de algoritmos: fórmulas matemáticas que desempeñan determinadas funciones. Pueden atribuir más o menos peso a diversos factores para hacer accesibles y viralizar determinados mensajes. O para censurarlos, si incurren en lo que la plataforma considera inadmisible. Los algoritmos expresan la política de la empresa y ejecutan una censura automática, que se aplica sistemáticamente. Hacen funcionar el sistema del capitalismo digital y difunden sus valores.

Los algoritmos de búsqueda consideran si una web ha pagado para presentarla entre los primeros resultados. No es algo baladí, porque casi nadie mira más que la primera página que ofrece Google. Los algoritmos, por tanto, favorecen a los grandes inversores en publicidad online. Pueden considerar también el número de usuarios que visitaron ciertas páginas haciendo la misma búsqueda.

Entonces, priman la cantidad sobre la calidad. Porque podrían valorar el tiempo que pasamos en una web. Y así fomentarían la profundidad de los contenidos sobre el interés pasajero. También premiarían la calidad si aplicaran la meritocracia (el reconocimiento y la reputación) considerando si una web está referenciada o linkada por otras semejantes. Pero en una red comercial lo cuantitativo pesa más que lo cualitativo. Esto afecta directamente a los medios de comunicación. Ok Diario, un medio digital reaccionario y cavernario, manipula las cifras de su tráfico web. Inserta un malware en las páginas de enlaces para descargar vídeos online. Al clickar en ellos te redirigen a su web: lo mismo que las páginas porno, casas de apuestas y estafas virtuales.

Bajo esta lógica se han reproducido las ‘fake news’. Las instituciones tradicionales culpan a este fenómeno de calamidades como el Brexit y la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016. Pero no reparan en que son las grandes plataformas digitales las que fomentan los contenidos falsos. Su necesidad de clicks a cualquier precio para mantener su nivel de ingresos por publicidad-el modelo de negocio de Google y Facebook- les lleva a favorecer contenidos de consumo rápido, más allá de su veracidad.

Ilustración por Raúl Arias.

La industria tecnológica se presenta como innovadora, aunque muestra un claro sesgo conservador. Por razones obvias, juega sobre seguro. No arriesga. Da más visitas a quien ya las tiene, reafirma rutinas y tendencias mayoritarias. Las búsquedas se completan según lo último que tecleamos o los términos de búsqueda más frecuentes para millones de usuarios. Los generadores de opinión ultraconservadores están aprendiendo cómo funciona. Posicionan sus contenidos en Google, para que cuando hagamos una búsqueda de ‘fact-cheking’ el buscador nos lleva al lado más polarizado y reaccionario. Así, se viralizan, salen de la marginalidad y ocupan el centro del debate.

Los algoritmos no actúan de forma imparcial e inocua. Toman partido y generan efectos. Favorecen a unos y perjudican a otros. Son concentrados ideológicos. Aún peor, son fórmulas opacas. Ni siquiera tenemos la posibilidad de comprobar por qué aparece lo que aparece en nuestras pantallas. Resumen una forma de entender la comunicación y las necesidades de los internautas. Pueden invisibilizar contenidos minoritarios, aunque revistan importancia vital para algunos colectivos. Aunque los avalen y reconozcan actores acreditados.

El número de visitas importa más que si ayudan a entender y cambiar la realidad. Infinidad de contenidos están al alcance de nuestro teclado. Pero nunca aparecen en la pantalla. No sabemos que existen. Nadie nos los sugiere ni nos los ofrece de primer resultado en una búsqueda. Pero como están en la Red, celebramos con regocijo nuestra libertad digital.

Las redes cambian sus normas de censura constantemente. Dependen de los términos y condiciones de uso, que también se modifican sin cesar. Recuerdan las políticas de inmigración. Su parecido resulta espeluznante. En cualquier momento te pueden vetar la entrada o expulsar de la aplicacion-país. Y quienes mandan, como en las fronteras, son las grandes corporaciones y su necesidad de mano de obra barata. Ilegal en la aduana y no remunerada en la Red.

El planeta Facebook prohibe “la alabanza o el apoyo a grupos terroristas, a sus actos o a sus dirigentes”. Pero permite la exhibición de decapitaciones yihadistas, después de haberlas vetado. La censura digital está expuesta a cambios, excepciones y particularidades sin fin. Pero el objetivo es favorecer la expansión de la industria de datos. Sus auténticos clientes, las empresas publicitarias y los estados, establecen los criterios de exclusión o visibilidad.

Todas las redes bloquean cuentas que incumplen las leyes de los países en los que operan, aunque respeten las condiciones de uso de la plataforma. No renuncian al mercado publicitario que representan las dictaduras y los regímenes despóticos. A veces las redes juegan un papel democratizador, como en el estallido de la Primavera Árabe. Sin embargo, fueron igual de eficaces a la hora de reprimirla. Primero aumentaron los usuarios y luego les sujetaron al yugo estatal. “El negocio es el negocio. No es nada personal”, como sostienen los empresarios sin alma. Luego, encima, se arrogan el adjetivo social para sus redes.

Una red, si no es especializada, resulta rentable en función de los usuarios que reúne. Por tanto, hace cumplir la “corrección política”. Es decir, aplica un correctivo a quien se pasa de la raya. Al consultar las normas y Facebook advierte que no debo exhibir “nalgas totalmente expuestas”. Es decir, ni un culo entero. La raya, si acaso, incompleta. Podría ser el primer plano de un codo doblado, me explica un amigo. Cierto, caigo en la cuenta. Bien viralizado, proporciona datos de millones de zoquetes que aún siguen en la etapa anal.

Facebook advierte que los “pechos femeninos que exponen el pezón” son incorrectos. Paso libre, pues, a fotos sensuales con senos censurados: sin función maternal. La polémica que provocaron las asociaciones que promueven la lactancia materna, sugiere que la corrección política debiera llamarse publicitaria. El ingenio, como en muchas otras ocasiones, permitió eludirla.

Hombres obesos simularon que amamantaban bebés de la única forma instructiva, enseñando el pezón. Sin ver cómo hay que acercarlo a la boca del lactante resulta imposible aprender a dar de mamar. Es la vía de alimentación infantil más beneficiosa y, por supuesto, la más económica. Lo cual, si se hace público y notorio, desautoriza la publicidad sobre nutrición artificial.

Facebook no quiere que las madres amamanten a sus hijos. Los pezones femeninos escandalizan a los usuarios mojigatos. Y, al final, limitan la cartera de anunciantes. Las redes promocionan una imagen femenina con los pechos amputados de su faceta maternal. Y, por tanto, favorecen una mirada masculina que se desentiende de ella. O la del empresario que no contrata mujeres por si se embarazan. En cualquier caso, Facebook apuesta por parejas y familias de vínculos débiles, que gasten en biberones y papillas.

La censura y la corrección política engrasan la maquinaria publicitaria. Promueven los contenidos y valores dominantes; es decir, de los actores que pagan más anuncios y dominan el sistema económico. Las redes se presentan como territorios de una libertad de expresión expandida, que dicen los pedantes en plan moderno. Pero la que se expande es la industria tecnológica, su mercado y los valores de los usuarios y corporaciones más conservadoras.

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