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Opinión · kⒶosTICa

Por qué para el Estado nunca eres pobre, ganes lo que ganes

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En varios de los artículos que he escrito me he referido al modo en que las estadísticas, convenientemente torturadas, terminarán diciéndonos lo que queramos. A pesar de encuadrarse dentro de la ciencia de las matemáticas, con demasiada frecuencia los números se ponen al servicio de intereses particulares. Apoyando en cierto modo esta firmación, basta seguir -lo recomiendo encarecidamente- los trabajos que desde hace años realiza el Centre d’Estudis Demogràfics de la UAB (Universitat Autònoma de Barcelona, UAB), con el investigador Iñaki Permanyer al frente.

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Hace algo más de un año, este centro ya le sacó los colores a la clase política, no sólo española, sino de toda Europa. Entonces, realizaron un trabajo abordando la pobreza en España, demostrando como los métodos que se consideran estándar, esto es, la tasa AROPE (At Risk of Poverty and/or Exclusión), que se basa en la distribución de la renta, si hay empleo en el hogar y las carencias materiales en los hogares, no dibuja con exactitud la realidad. AROPE no tiene en cuenta los niveles absolutos de ingresos, simplificando la fórmula matemática de manera que sólo se es pobre si tus ingresos son inferiores al 60% de la mediana de ingresos del país.

Si con este método, que no sólo utiliza el INE sino también Eurostat, las cifras oficiales hablaban de un ligero aumento de la pobreza entre 2004 y 2014, pasando del 20 al 22%, con la fórmula del equipo de Permanyer, la realidad es bien distinta. Las cifras hablan por sí solas: según el INE, en 2014 (luego se dejaron de realizar estos estudios) la cifra de personas que viven en pobreza se situaba en 10,3 millones, frente a los 9,6 de una década atrás. Según el Centre d’Estudis Demogràfics, la realidad era más próxima a los 14,7 millones… nada menos que un 45% (4,5 millones más).

¿Qué diferencias hay entre un método y otro? Sencillo, que el equipo de Permanyer contempla las fluctuaciones económicas que se producen, más aún considerando la devastadora crisis que sufrimos. Las cifras oficiales, en cambio, las obvian. Para hacer más sencilla la compresión, imaginemos que a todas las personas se les arrabata un 50% de todos sus ahorros. Parece lógico pensar que el número de pobres aumentará, porque quienes vivían ya en el umbral ahora verían cómo no pueden hacer frente al día a día. Pues bien, con la fórmula oficial, la media se desplazaría del mismo modo independientemente de los ahorros, sitúandose el indicador referencia de pobreza en el mismo punto y, por tanto, manteniéndose estable el porcentaje de pobres.

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De otro modo no se puede explicar que según las cifras oficiales nos estemos moviendo en unos índices de pobreza similares al periodo pre-crisis, mientras que con en el estudio de la UAB se haya pasado de 10,2 millones de pobres en 2010 a 14,7 en 2014. La hipocresía de la estadística oficial es tal, que no aplica el mismo rasero a los países en vías de desarrollo de África o Asia: allí, la tendencia es a fijar un mínimo de ingresos bajo el cual consideran que es imposible vivir dignamente, de manera que todo lo que esté por debajo de ahí, es pobreza.

No hace falta ser muy inteligente para averiguar qué se esconde detrás de métricas como AROPE: seguir explotando a la clase obrera, aplicando cada vez más precariedad, aunque las cifras oficiales nunca terminen de considerarte pobre. Eso es, básicamente, lo que se oculta bajo el fenónemo del mileurista, cuyas condiciones antes de la crisis se consideraban a nivel popular como precarias y ahora, en cambio, parecen incluso una buena noticia. Afortunadamente, las estadísticas alternativas, como las de Oxfam Intermon, se encargan de poner los puntos sobre las íes, advirtiendo de la pobreza real más allá de la oficialidad interesada.

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Adiós al café para tod@s

Otro de los puntos interesantes que siempre acompañan a la profundidad de los trabajos del Centre d’Estudis Demogràfics es la exhaustividad de sus conclusiones. Lejos de la generalización, su estudio de la pobreza no se limita a aportar una cifra global, sino que analiza diferentes variables, concluyendo que dentro de las personas que viven bajo el umbral de la pobreza, las más afectadas son l@s inmigrantes, l@s niñ@s y las que no han cursado estudios universitarios.

Lo mismo sucede con el Índice de Desarrollo Humano (IDH), recientemente presentado, precisamente, por Permanyer. El IDH es el indicador más famoso del mundo para medir el nivel de desarrollo de las sociedades y lo publica cada año el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Históricamente, se ha basado en tres aspectos, a saber, educación, salud y nivel de vida, proporcionando los resultados a nivel nacional.

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¿Cuál era el problema de este índice? Que obviaba que dentro de los países se produce una gran disparidad de pobreza entre regiones. Por este motivo, el Centre d’Estudis Demogràfics (CED), en colaboración con la la Universidad de Radboud (Países Bajos), han creado el Índice de Desarrollo Humano Subnacional (IDHS), muestra la evolución del desarrollo humano para más de 1.600 regiones de 160 países entre 1995 y 2015, basándose para ello en las oficinas nacionales de estadística y el Global Data Lab (una de las mayores fuentes de información sociodemográfica para los países en vías de desarrollo).

En el caso concreto de España, las regiones con un desarrollo humano más alto son Madrid, País Vasco y Navarra, mientras que las que se encuentran a la cola son las ciudades autónomas de Melilla y Ceuta y Extremadura. Aplicando la nueva lupa es más sencillo detectar las regiones en las que las carencias educativas, económicas o sanitarias son más acusadas. 

La gran pregunta aquí es: ¿haran uso de estos nuevos datos quienes definen las políticas a aplicar? Uno quisiera ser optimista, pero ya hace un año, cuando el CED sacó los colores sobre la pobreza a nivel nacional, Permanyer señaló que nadie de la clase política había mostrado el mínimo interés por sus revelaciones, tan sólo algunos medios de comunicación. Ojalá eso cambie.

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