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Opinión · El repartidor de periódicos

Consecuencias mediáticas del ‘pedrazo’

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Uno vagabundea por las páginas de los periódicos de estos días y observa que, sutilmente, los marianólogos han sido despedidos y ahora ocupan sus teclados los pedrólogos. Aunque son analistas y tertulianos de muy distinto sesgo, tienen un rasgo común: son la misma gente. Los prestigiosos marianólogos de ayer son los mismos prestigiosos pedrólogos de hogaño. Hay que ver lo rápido que avanza la ciencia.

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Otros sutiles cambios se han atisbado en la prensa quiosquera en estos días tan vivaces como procelosos, y no me refiero solo a la sustitución, en El País, de un director furrielero y pedrófobo como Antonio Caño por Soledad Gallego-Díaz, otro estilo y más libro de estilo, deontología mejor aromada, más afecto profesional (fue ratificada por el 97,2% de la plantilla de El País, mientras su predecesor, hace cuatro años, recibía poco más del 50% de los votos).

Pero ya digo que se han percibido otros incluso más sutiles cambios en el curso de las tintas de nuestros queridos diarios de papel. Algunos consecuencia directa del pedrazo.

Con sabiduría y sin estruendo, como acostumbra, Lucía Méndez se larga una gloriosa autocrítica en su columna de hoy en El Mundo, titulada Bilderberg ya no es lo que era. “Las élites mundiales en general, y las españolas en particular, no pasan por su mejor momento. Andan despistadas. Si fuera por la élite político-mediática, Pedro Sánchez no estaría en La Moncloa, sino en su casa”, escribe. “Si sus ministras y ministros se hubieran dejado llevar por lo que decían de él los principales diarios hace solo una semana, jamás habrían aceptado ponerse a las órdenes de semejante jefe de Gobierno”.

Esta reflexión pasaría mucho más desapercibida si no fuera porque ha salido, precisamente, de uno de los rostros más reconocibles de esa élite político-mediática que se denosta. Lucía Méndez es, ni más ni menos, redactora-jefe de opinión de El Mundo.

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No puedo evitar reproduciros el final, pues es necesario proteger los brotes de esa especie en extinción llamada autocrítica: “Los medios de comunicación españoles más relevantes -en teoría- saludaron el triunfo de la moción de censura de Sánchez como una desgracia para España. Una semana después, tienen dos tazas y un Gobierno que no tiene pinta de monstruo deforme, sino de moderno Camelot donde mandan las mujeres. Es hora de revisar -cada uno de nosotros y nosotras- por qué de repente pasan cosas que se salen del marco. Igual es que le hacemos demasiado caso a las élites”.

Una página más adelante, el editorial de El Mundo no refrenda el Camelot que dibuja su redactora jefa: Sánchez ya empieza a pagar sus hipotecas, se titula la pieza, referida al levantamiento de los controles financieros a la Generalitat. “Una incomprensible e irresponsable cesión a los separatistas”, con los que “el Ejecutivo no debería sentarse a una mesa a negociar absolutamente nada”.

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Tampoco encuentra el camino de Camelot el jefe directo de Méndez, el joven y brioso columnista Jorge Bustos, quien una vez en televisión nos resumió en un solo epigrama todo el esplendor y grandeza de su pensamiento: “Prefiero a un gobernante corrupto que a un comunista”.

Bustos cae en el topicazo recién acuñado de denigrar al gobierno de PS considerándolo un ejecutivo de verbena y show. Decenas de artículos y parrafadas tertulianas inciden en esta idea. Pero, eso sí, Bustos lo escribe mejor: “Pedro Sánchez es un significante vacío, un político cuántico cuyo exterior admite las posiciones sucesivas de la socialdemocracia tradicional, el populismo anticasta o el liberalismo patriótico mientras en su interior permanece fija la energía de la voluntad de poder. Es la fantasía de cualquier spin doctor, la boca hecha agua de Pigmalión“. Pobre Lucía: te estás quedando tan sola.

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Pero la sorpresa de la jornada se dio en la cancha del ABC, donde el inefable Salvador Sostres, que habitualmente intenta elevar el bocachanclismo al rango de poesía, escribe un artículo sereno y esperanzado con lo que pueda hacer PS con Catalunya. “El clima de cordialidad propiciado por el presidente Sánchez veremos con qué grado de lealtad institucional –y política– es correspondido desde Cataluña, pero es de entrada un buen primer paso en la correcta dirección. El acercamiento de los políticos presos a cárceles catalanas no solo sería un gesto humanitario sino que sería lo justo”. Qué sofoco, leer esto en ABC y firmado por Sostres. La calavera de Don Torcuato tiene que estar con un muy desagradable castañeo de dientes, a su edad. Está todo tan raro, que a uno casi le entran las ganas de ser ministro de Sánchez. No sé. Algo sucede.

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