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Opinión · Contraparte

Madrid, la alegre disputa entre populismo y municipalismo

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Pablo Carmona Pascual (@pblcarmona)
Concejal en el Ayuntamiento de Madrid

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En lo que se refiere al denominado bloque del cambio, las tesis errejonistas han salido victoriosas tras la llegada a la Presidencia de Pedro Sánchez. Los nuevos vientos de acuerdo han hecho volar la cal viva que tanto distanció a los dos sectores oficiales de Podemos, quedándose cierta calma chicha entre sus dos principales líderes.

Se puede decir que la partida, meses después de la derrota en Vistalegre II, se empieza a decantar por Íñigo Errejón; que ya ha llamado a apoyar y sustentar al gobierno del PSOE a pesar de que el cheque en blanco que dio Podemos a los socialistas les pueda desplazar electoralmente. Como siempre defendió Errejón, los acuerdos con el PSOE se empiezan a naturalizar y por primera vez el número dos de Podemos tiene la oportunidad de construir un aparato y una posición propia a partir de su aterrizaje en la principal plaza de Podemos, la Comunidad de Madrid.

En buena lógica, la llegada de Errejón a Madrid poco ha tenido que ver con la política regional o local. El modelo urbano, la desigualdad o las políticas de bienestar como programa concreto para la Comunidad de Madrid han sido un simple telón de fondo frente a sus principales objetivos. El primero, “marcar línea” y posicionar de nuevo su proyecto político para el conjunto de Podemos. En segundo lugar, pelear con uñas y dientes -como hemos visto en los útimos días-, por construir un aparato propio en la Comunidad de Madrid. Se puede decir que Íñigo ha empezado con buen pie en la Comunidad de Madrid. Un importante avance que se suma a la ya buena posición que el sector errejonista ha tomado dentro del proyecto que Manuela Carmena y que se concretará en las elecciones al Ayuntamiento de Madrid de cara a 2019.

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En las últimas semanas Íñigo ha resurgido de sus cenizas. Aprovechando su nombramiento como candidato oficial, lanzó en prensa una serie de artículos y entrevistas en los que explicó de manera muy directa su proyecto. Como era de esperar, Madrid se situaba como débil telón de fondo. Mientras, en primera línea exponía las tres grandes tesis que debían configurar -según su opinión- su programa y que podían resumirse en la máxima “populismo, orden y progreso”. Un llamamiento a la tranquilidad y a la confianza de “los de abajo” sustentado en un discurso de progreso que aprovechase los nuevos “vientos económicos”. Según él se debía escapar ya del catastrofismo y del discurso resistencialista de la crisis.

Sin embargo, este discurso casa mal con la realidad. En los últimos meses se han publicado diversos informes de pobreza infantil y desigualdad en la Comunidad de Madrid que sitúan a nuestra región en una posición similar a la de los peores años de la crisis. Datos que se unen a los emitidos por el Consejo General del Poder Judicial y que describen una realidad social de enorme desigualdad, precariedad y desahucios. Hechos que obligan a que cualquier proceso de cambio, lejos de prometer un futuro estable, deba interpelar y llamar a luchar a aquellos sectores más desfavorecidos.

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Precisamente ahora, cuando una nueva tormenta financiera se avecina y el gobierno de las finanzas recrudecerá sus ataques contra los territorios y las poblaciones, las mayorías dañadas por la crisis y su capacidad de lucha, movilización y construcción de movimientos debe ser el motor de cualquier cambio político. Ni siquiera Podemos podrá sobrevivir de espaldas a esta realidad. Encerrar cualquier transformación en el destino de las apuestas institucionales o articularse en torno a una idea de “orden” traído desde arriba es arrancar de las manos de quienes pueden ser el epicentro de cualquier cambio las herramientas políticas básicas para el futuro.

Tomar el poder, partido y movimiento.

En un contexto en el que los capitales financieros gobiernan las cuentas públicas, en los previos a una nueva tormenta de la crisis de deuda, es difícil seguir pensando en los términos que nos proponen las tesis populistas. En su lógica se debería armar un frente que tomase el poder como promesa de recuperación del orden y de restitución de la legalidad, todo se concentra de nuevo en el volátil juego de la limpieza y la corrupción. Mientras el juego de la alta política se construye, por debajo se deberían ir construyendo dinámicas de comunidad y tejido social que -siempre según su criterio-, tienen características más resistencialistas. Se trataría del manido movimiento popular que acompaña al verdadero asalto al poder y cuya forma es siempre imprecisa. En realidad esta idea de movimiento en Podemos no es un hecho político, social u organizativo, sino una mera función teórica necesaria para el partido, pero que nadie sabe ni quiere materializar.

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Esta hipótesis movimentista en Podemos es una pura contradicción imposible de resolver. En primer término, porque dentro de cualquier engranaje populista, la idea de movimiento incluso la de sociedad civil, siempre se ha concebido dentro de un imaginario corporativista. Esto es, subordinando al gobierno y sus lógicas.

Se trata de una ecuación política imposible de encajar más allá de un plano teórico. La realidad es que no existe hueco alguno para los denominados movimientos populares cuando la idea de partido ocupa el centro de todo y ostenta en sus planes el monopolio de lo político. La imposibilidad o la falta de voluntad de casar en la práctica los movimientos populares -la que fuera palabra fetiche de Vistalegre II- con el aparato de partido, ha tenido consecuencias terminales en el proceso de agotamiento de Podemos. La separación y autonomización de los cargos y aparatos de representación política de los movimientos, pero también de las estructuras colectivas del propio Podemos, es el resultado directo de este proceso. A todo ello se suma que en la carrera hacia el poder los obstáculos han ido creciendo y las encuestas cada vez han arrojado peores resultados. Las más recientes empiezan a conceder mayor ventaja en el arco izquierdo al PSOE, aunque para dar por buenos estos datos aún habrá que esperar.

Lo lógico en este proceso de esclerotización propio de las luchas partidistas hubiese sido buscar alianzas más allá del ámbito institucional, apostar por formas organizativas complejas y abrirse a nuevos campos de alianzas. Por decirlo así, escalar procesos de multiplicación similares a los que se lanzaron en la primera apuesta municipalista de 2015, saber federarse y encontrarse con los métodos, las múltiples fuerzas sociales y los movimientos de aquel momento.

Muy al contrario, el proceso de los últimos años se ha definido por un proceso de homogeneización en torno a la forma del partido y sus propias luchas de poder internas. La diversidad, la necesaria organización política de base y los movimientos, han sido desplazados por un nuevo campo de fuerzas compuesto en exclusiva por este ecosistema de aparatos. En Madrid ha sido evidente, Podemos avanza cada vez más rápido, con menos diálogo y más solo que nunca.

Las apuestas municipalistas y el reto de la Comunidad de Madrid.

Entonces ¿qué papel juega el municipalismo en Madrid? En 2015 desde muchos sectores municipalistas se imaginó el asalto a la Comunidad de Madrid a través de una federación de los municipalismos rebeldes construidos desde 2014 en cientos de pueblos y ciudades. En esa idea se plateaba que fueran las diversas alianzas territoriales agrupadas en torno a las Candidaturas Municipalistas quienes protagonizaran esta carrera. El paraguas común sería un programa político elaborado y controlado por estos movimientos y procesos de primarias proporcionales, ampliamente inclusivos y democráticos que evitasen perder fuerzas por el camino.

Con ello se expresaba la necesidad de poner por delante un modelo de participación institucional que priorizase la construcción de tejidos políticos activos en nuestros pueblos y ciudades. La hipótesis municipalista situaba como condición previa la organización de un movimiento de base y la generación de instituciones políticas autónomas. Se entendía con ello que el movimiento municipalista, como espacio de organización y como espacio de contrapoder, era la única garantía de que las candidaturas municipalistas expresasen y multiplicasen las demandas y los programas de radicalización democrática que se presentaban a las elecciones. Se trataba de conjurar así el tradicional peligro de que la política institucional fagocitara a los movimientos y -como sucede en los partidos tradicionales-, se armase como un cuerpo especializado, convirtiéndose en un fin en sí mismo.

La llegada de Errejón a la Comunidad de Madrid es la expresión de este proceso. Si el municipalismo madrileño en 2015 contaba con la presencia de multitud de actores independientes, de movimientos y de sectores representativos de distintas luchas territoriales, las candidaturas de 2019 apuntan hacia un pacto fuerte entre partidos y un desplazamiento de las personas y colectivos que dieron mayor singularidad al proyecto municipalista en 2015.

Entonces, ¿qué hacer? Sabemos que la lucha por reconstruir las organizaciones municipalistas, luchar por métodos de primarias proporcionales y el compromiso con los programas políticos está abriendo multitud de batallas y brechas de cara a 2019. Como se puede comprobar, la tendencia está siendo en todos los niveles -más aún cuando las expectativas electorales flaquean-, a cerrar el proceso en pactos de aparatos y en el fomento de un puñado de liderazgos.

Toca por tanto imaginar cómo se podrían construir procesos municipalistas que apostasen por propuestas de mayor mordiente política, que rompieran con los imaginarios de partido y que se articularan en torno a métodos inclusivos y democráticos. Debemos reconocer que a día de hoy este camino se está cerrando en muchos lugares, planteándose con ello dos opciones.

La primera opción es la de regresar al territorio exclusivo de los movimientos, perdiendo la oportunidad de trabajar un ámbito tan importante como es el institucional. La segunda opción sería rearticular las fuerzas independientes y autónomas que dieron el paso hacia los movimientos municipalistas en 2014 y elaborar nuevas propuestas. Para ello, no debemos descartar de cara a los próximos meses la formación de nuevos procesos municipalistas en toda la Comunidad de Madrid que se planteen construir candidaturas propias más allá de los marcos partidistas.

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