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Opinión · Notas sobre lo que pasa

“Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”

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Marià de Delàs

Periodista

No deben tener mucho interés en dialogar sobre nada. Afirmaban estar  preocupados en la búsqueda de soluciones al conflicto entre Catalunya y el Estado, pero era una pura representación.

Durante un tiempo parecía que Catalunya representaba la crisis política más grave nunca vivida en el Estado español desde que el rey Juan Carlos y Adolfo Suárez decidieron conceder a la ciudadanía el derecho a votar, previo acuerdo con Santiago Carrillo, de acuerdo con el relato de los predicadores de las virtudes de la Transición. El PP y Cs querían y quieren resolver el tema por la única vía que pueden concebir sus dirigentes: represión contra quien reivindica derechos políticos hasta conseguir su capitulación.

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Pero Pedro Sánchez y algunas de las personas que le acompañan en la tarea de gobernar gesticularon un poco en favor del diálogo y quien más quien menos quiso ver resquicios para la esperanza.

Parece, sin embargo, que en Madrid tienen la agenda llena de asuntos de Estado pendientes de despachar. Asuntos muy prioritarios, entre los cuales no se encuentra la primera entrevista del president de la Generalitat, Quim Torra, con el jefe de Gobierno español, Pedro Sánchez. Lo han dejado por el día 9 de julio. No han podido encontrar un hueco para que Torra vaya a la Moncloa hasta dentro de 19 días, a pesar de que ya llevan tiempo buscando fecha. Consideraciones aparte sobre el contenido que pueda tener la conversación y sobre si se podrá o no hablar sobre Catalunya como sujeto político soberano, se encuentra la mezquindad de muchos gobernantes. Los hombres y mujeres de Estado son así. Tocan institución, se vuelven importantes y no encuentran manera de atender a personas y pueblos, de los que hablan, eso sí, cada vez que abren la boca.

Y el actual jefe del Estado?

También tiene mucho trabajo y además han dicho desde Moncloa que al rey no le corresponde hablar de cuestiones políticas. Sigue la consigna impartida por Francisco Franco a sus ministros: “haga como yo, no se meta en política”.

El actual presidente de la Generalitat le ha pedido una reunión, en la posdata de una carta firmada por él mismo y por sus dos predecesores, Carles Puigdemont y Artur Mas. Un rato de reunión, puesto que tenía que ir a Tarragona a inaugurar un acontecimiento deportivo, para poder transmitirle un resumen de lo que está pasando en Catalunya.

“La situación actual no puede durar más tiempo”, dijo de nuevo el republicano Torra para pedir el arbitraje del rey, a pesar de que desde Moncloa ya le habían advertido que con el monarca no tenía nada que hablar. Le hicieron llegar este mensaje en el mismo momento en que le citaban en Moncloa casi tres semanas más tarde.

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Felipe de Borbón, que no se mete en política, si tiene que hablar de algo lo hace en una sola dirección. Él habla a la ciudadanía, como por Navidad y como hizo el pasado 3 de octubre.

Torra, como Puigdemont, piden y vuelven a pedirle públicamente que se  disculpe por aquel discurso, dirigido a todos los españoles, pero para referirse estrictamente a Catalunya, con palabras duras contra la población que había sufrido en sus costillas los efectos de “la responsabilidad de los legítimos poderes del Estado”, encargadas de ”asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las Instituciones”.

Un discurso que pronunció para dejar claro su “compromiso como rey con la unidad y la permanencia de España”.

La monarquía, sin embargo, no tiene mucho predicamento entre los ciudadanos de Catalunya. Lo dicen las encuestas, pero no sólo. Además del pronunciamiento explícito de más de dos millones de catalanes a favor de la República catalana, de acuerdo con los resultados de los cuatro últimos llamamientos a las urnas, los estudios de opinión indican que cuatro de cada cinco catalanes suspenden a la corona. En cómputo global, los catalanes puntúan la institución monárquica con un 1,82 sobre 10. Esto al rey no le puede gustar, está claro, pero el problema se encuentra en que él y los políticos monárquicos han querido corregir esta tendencia por la vía de la imposición y la justificación de los porrazos, cacheos, registros, prohibiciones, multas, denuncias, encarcelamientos y amenazas. Por la vía del miedo. Alguien le tiene que decir que esto no funciona, puesto que no permiten que se lo explique directamente el principal representante del Gobierno de Catalunya.

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Decíamos, no obstante, que el rey habla en una sola dirección y no es cierto. Lo enmendamos. A veces, aunque no se mete en política, habla con estadistas, como Donald Trump, responsable del maltrato a familias enteras de personas migrantes. En las últimas horas, quien más quien menos ha quedado horrorizado al ver como agentes de la autoridad estadounidense arrebataban a los hijos de sus padres y les encerraban en jaulas. Ni durante su estancia en los Estados Unidos ni a su regreso, el monarca, que no se mete en política, ha tenido un momento para condenar estas espantosas prácticas y exigir respeto por los Derechos Humanos más elementales. Viajaba acompañado del ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, que tampoco dijo “ni mú” sobre esta barbaridad.

Al final resultará que el monarca “campechano” resultará para los no monárquicos un personaje menos odioso que el “preparao”, incapacitado, parece, para decir algo cómo: “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”.

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