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Opinión · Pensamiento crítico

¿Es posible el compromiso histórico berlingueriano en Catalunya y en España?

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Vicenç Navarro
Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

Ignacio Sánchez-Cuenca, uno de los politólogos más interesantes del país, escribió hace unos días un artículo “Berlinguer en Catalunya”  (7 de julio de 2018) en La Vanguardia en el que presentaba la posible relevancia para los partidos gobernantes independentistas en Catalunya (en su “procés” hacia la independencia) de la estrategia desarrollada por el Partido Comunista Italiano (PCI), conocida como el “compromiso histórico”. Tal estrategia consistía en una amplia alianza del PCI con grandes sectores de la democracia cristiana italiana, a fin de poder gobernar Italia y hacer cambios sustanciales en aquel país. La tesis del Secretario General de tal partido, Enrico Berlinguer, era que una fuerza minoritaria (aun cuando tuviera gran capacidad de movilización) no podía aplicar políticas públicas de gran calado a no ser que tuviera un apoyo amplio del electorado. De ahí que Sánchez-Cuenca concluya que, a no ser que las fuerzas independentistas (que son todavía minoritarias en Catalunya) consigan una base electoral más amplia, así como un mayor apoyo de otras fuerzas políticas que no sean independentistas, su proceso para conseguir tal objetivo será inviable.

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¿Es posible el compromiso histórico en Catalunya? 

Es conocido que Enrico Berlinguer había desarrollado su tesis como consecuencia de su lectura de lo que había ocurrido en Chile con el Gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador Allende. En las elecciones de 1970, una coalición de partidos de izquierdas había ganado las elecciones en aquel país, recibiendo un 36,6% de los votos, con el mandato de llevar a cabo un programa transformador de la sociedad chilena, que fue obstaculizado por los partidos de la oposición que habían perdido las elecciones por un margen muy reducido. El hecho de que la distancia entre los vencedores y los vencidos fuera muy reducida explicaba que hubiera una gran oposición al programa del gobierno de Unidad Popular, polarizándose la sociedad, lo que facilitó que se realizara exitosamente el golpe militar liderado por el General Pinochet. Esta lectura de esta realidad llevó a Enrico Berlinguer a la conclusión de que no podían hacerse reformas tan sustanciales en un país por la vía democrática sin tener un apoyo electoral mucho mayor que el que Salvador Allende había obtenido. En realidad, Berlinguer acentuó que, incluso aunque hubiera alcanzado un 51%, tal mayoría no habría sido suficiente para realizar los cambios profundos deseados por el PCI, pues la otra mitad se opondría, dividiéndose el país en dos mitades. La mayoría tenía que ser mucho más grande, ya que en caso contrario se crearía una polarización de las dos mitades del país que imposibilitaría el cambio. De ahí que Ignacio Sánchez-Cuenca concluya su artículo advirtiendo a los partidos independentistas gobernantes en Catalunya de que estén atentos a lo que dijo Berlinguer, pues su intento de llevar a cabo su programa electoral –la secesión respecto de España- en ausencia de una amplia y clara mayoría (que fuera mucho más extensa que el 51%) crearía (como lo está creando ya) una gran polarización en Catalunya que generaría una respuesta altamente represiva del Estado (como ocurrió con el 155), la cual podría gozar de amplio apoyo entre la población catalana opuesta a la secesión.

Puigdemont no es, sin embargo, Allende, y el contexto político de Chile e Italia es distinto al español y al catalán

Como he escrito en varios artículos recientes estoy bastante de acuerdo con la tesis expuesta en el artículo de Sánchez-Cuenca. El “procés” independentista está polarizando a la población que vive y trabaja en Catalunya de una manera muy marcada, habiendo alcanzado un nivel que dificulta la cohesión necesaria para poder resolver algunos de los mayores problemas que tiene esta población, tales como la enorme crisis social, que ha determinado que casi la mitad de los jóvenes en Catalunya hoy no vivan mejor que sus padres. Es lógico concluir, pues, que a no ser que se establezca una amplia alianza con otros partidos y se amplíe considerablemente su base electoral, sus objetivos serán inalcanzables, creando en su lugar un drama político y social. Ahora bien, habiendo dicho esto, siento la necesidad de aclarar que hay diferencias notables entre lo que estaba ocurriendo en Italia y lo que está ocurriendo en Catalunya y España, pues las condiciones para que pudiera aplicarse el compromiso histórico en la Catalunya y en la España actuales son muy distintas a las que había en el Chile de Pinochet o en Italia (en tiempos de Berlinguer).

Creo haber conocido bien lo que ocurrió en el Chile de Allende y en la Italia de Berlinguer. Uno de los mayores privilegios que he tenido en mi vida es el haber sido asesor del gobierno de la Unidad Popular, presidido por el presidente Allende, en el desarrollo de su programa electoral, sobre todo en su reforma sanitaria. Y, por otra parte, uno de los mayores goces en mi vida personal y profesional fue conocer y ser muy amigo de Giovanni Berlinguer, con el que desarrollé además de una amistad sólida una actividad conjunta profesional muy intensa. Lo visité con gran frecuencia en Italia y él me visitó en Hopkins, escribiendo un libro sobre su visita (Un comunista visita a USA). A través de él tuve la oportunidad de conocer a su hermano Enrico, el Secretario General del Partido. Lo que los hermanos Berlinguer habían concluido de la experiencia chilena era que el PCI no podría gobernar y llevar a cabo sus reformas a no ser que tuvieran un apoyo claramente mayoritario de la población. Pero para conseguir tal apoyo se requería de unas amplias alianzas, incluyendo alianzas de la clase trabajadora (que era la base electoral del PCI) con las clases medias, e incluso sectores de la pequeña burguesía. Era una alianza de “los de abajo” con sectores de “los de arriba”. A nivel político, tal alianza política incluía en lugar prominente sectores de la democracia cristiana italiana que había gobernado Italia durante la mayor parte del periodo democrático desde el final de la II Guerra Mundial. Tal alianza, sin embargo, no iba a ser fácil.

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El compromiso histórico: la Internacional cantada con música gregoriana

Esta estrategia fue recibida por algunos con sorpresa e, incluso, escepticismo. Recordaré siempre una anécdota que creo que es significativa. Giovanni me invitaba frecuentemente a participar en las campañas electorales del PCI, y asistí junto con él a un mitin de la campaña en Roma, organizada por los sindicatos del sector ferroviario de la CGIL. En la cena que siguió, varios de los dirigentes vinieron a la mesa donde estábamos nosotros y me dijeron “Vicente, vamos a cantarte el Compromiso Histórico”. Y comenzaron a cantar La Internacional como si fuera un canto gregoriano. Fue una experiencia que nunca olvidaré. Oír a casi dos mil obreros y obreras ferroviarios cantar la Internacional con tono de música gregoriana es algo que te marca para mucho tiempo. La clase trabajadora mostraba su aceptación de la estrategia propuesta por su dirección con cierto escepticismo e ironía. Como detalle de la lealtad hacia su dirección, resultado de la gran credibilidad que esta tenía entre las bases del partido y de su electorado, los primeros pasos fueron aceptados y llevados a cabo, y dieron buen resultado. Ahora bien, hay dos elementos claves para entender las diferencias y los riesgos de esta estrategia necesaria. Uno era que en Italia la impulsaba un partido en la oposición, no en el gobierno. Y esto limitaba enormemente lo que podía o no proponerse o hacerse. Y otro riesgo es que en cualquier estrategia transversal hay que cuidar la base central del partido, no sustituyéndola por otras bases. Y esto es lo que más tarde ocurrió con el PCI. Ocurrió cuando Berlinguer y otros dirigentes que habían participado y/o eran herederos de la resistencia antifascista fueron sustituidos por las nuevas generaciones, pertenecientes en su mayoría a las clases medias ilustradas (clases medias de educación superior), que interpretaron la transversalidad como un cambio en las bases electorales en lugar de una expansión. El movimiento hacia el centro y centroderecha se hizo abandonando a la clase trabajadora (la cual erróneamente se creía que estaba disminuyendo o desapareciendo), por lo que el PCI pasó a definirse como el partido de las clases medias (en un proceso que puede describirse como la americanización de las izquierdas), de tal manera que dicho partido llegó a desaparecer, siendo sustituido por el Partido Demócrata Italiano, cuyo hasta hace poco líder, Matteo Renzi, apoya hoy a Macron en Francia. Y mientras la clase trabajadora ha ido canalizando su enfado a través de la ultraderecha. Es lo mismo que ha ocurrido con las izquierdas gobernantes en Europa.

La situación en Catalunya es diferente a la italiana (y a la chilena)

En Catalunya, los partidos independentistas gobernantes tienen predominantemente el apoyo electoral de la población con niveles de renta superiores a la media, la cual habla predominantemente el catalán. Su área posible de expansión es la clase trabajadora, que en su mayoría es de habla castellana y de nivel de renta inferior a la media. Esto es esencial para entender Catalunya. En realidad, siempre ha habido dos Catalunyas (según la Encuesta de usos lingüísticos de la población 2013, desarrollada conjuntamente por la Dirección General de Política Lingüística de la Generalitat de Catalunya y por el Instituto de Estadística de Catalunya, las clases medias de renta media superior tienen como lengua mayoritaria habitual el catalán, mientras que la clase trabajadora tiene como lengua mayoritaria habitual el castellano).

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En Catalunya, el partido hegemónico en el bloque independentista es la “derecha de siempre”, el pujolismo, que ha sido responsable de las políticas neoliberales (votadas en las Cortes Españolas con el PP) que han dañado extensamente a las clases populares y trabajadoras catalanas. Es difícil que se establezca una alianza entre el bloque independentista actual, dirigido por la derecha, y las fuerzas políticas enraizadas históricamente en la clase trabajadora como el PSC, o con aquellas fuerzas que la clase trabajadora considera erróneamente que defienden sus intereses, como Ciudadanos. Los barrios obreros consideran que su mayor adversario en España es el PP, y han votado a En Comú Podem, pues lo perciben como el mayor y más creíble contrincante frente a la derecha de siempre en España. Pero en las autonómicas el adversario de siempre es la derecha catalana, el pujolismo, y votan a Ciudadanos, que es visto como el más hostil y antagónico con tal establishment. Es difícil que el compromiso histórico pueda ocurrir, a no ser que fuera la izquierda independentista (realizando políticas distintas de las neoliberales) la que dirigiera el proceso. Los obreros de Glasgow votaron al Partido Nacional Escocés, no por su secesionismo, sino porque sus propuestas estaban más a la izquierda que las del Partido Laborista. Con Corbyn a la cabeza de este partido, el apoyo bajó. Y ahí está la gran diferencia también con Catalunya y con España.  Es muy difícil que se expanda este apoyo al independentismo entre la clase obrera que Sánchez-Cuenca considera necesario para que el independentismo pueda vencer. Los dirigentes del gobierno son de la derecha neoliberal dura. La consejera de Presidencia y portavoz del gobierno catalán, Elsa Artadi, una de las personas más influyentes en este gabinete, es una fiel seguidora (y traductora) de los trabajados del principal ultra liberal que existe en Catalunya y en España, Sala i Martí. Y la mayoría de economistas del equipo gobernante pertenecen a la tradición neoliberal. Este es uno de los mayores obstáculos para el establecimiento de tales alianzas. El bloque independentista gobernante es visto como el establishment político-mediático catalán responsable en gran parte del enorme deterioro social de las clases populares. El tema nacional ha ocultado la importancia del tema social, pero este todavía existe y condiciona cómo el tema nacional se reproduce y persiste. Aquellas nuevas fuerzas políticas que, donde gobiernan, como en Barcelona, son conocidas por su defensa de los intereses de las clases populares, como En Comú Podem, son las mayores proponentes de una amplia alianza de las fuerzas progresistas que quiere incluir tanto a las izquierdas independentistas como a las no independentistas, pero el dominio del tema nacional, hegemonizado en España hasta hace unos días por el Partido Popular (los herederos de las fuerzas que controlaron el Estado dictatorial) y en Catalunya por el pujolismo (que ha controlado las instituciones de Catalunya durante la mayor parte del periodo democrático), ha dificultado la resolución del enorme problema social. Esta es la realidad poco comentada en los mayores medios de información y persuasión del país.

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