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Opinión · Punto de Fisión

El VAR y el bar

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Salvo para los cazurros irredentos, los apocalípticos a tiempo completo y los guionistas de Black Mirror, parece claro que la tecnología significa un avance en todos los órdenes. Yo me cuento entre los primeros, así que dejaré para otro día la conversación que mantuve ayer por la mañana con la máquina expendedora de billetes de metro en la estación de Palos de la Frontera (nombre ciertamente explícito), no muy distinta a las de esos borrachos pertinaces que acaban dialogando con la máquina de tabaco después de calentarle los lomos si faltan diez céntimos del cambio. Mi tabaco, de nada. Siempre preferiré ver una cara al otro lado de la ventanilla y a un operario al cabo del tubo de la gasolinera.

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Obviando estas y otras excepciones laborales, no cabe duda de que es más sencillo vivir bajo la custodia del progreso materializado en frigoríficos, lavaplatos, ventiladores y aparatos de aire acondicionado, y sobrevivir gracias a la cirugía láser, los microscopios, los análisis de sangre y las tomografías por resonancia magnética. Un microscopio atisba al primer golpe de vista el origen de alteraciones celulares que podrían llevarnos al otro barrio en cuestión de meses. Como advirtiera Borges, todos los inventos son extensiones del cuerpo humano excepto el libro, que es una extensión de la memoria y la imaginación.

Por eso causa asombro que la jurisprudencia no haya hecho gala aun, a estas alturas del tercer milenio, de las ventajas de la tecnología, cuando bastaría usar el simple sentido común para anular decisiones judiciales de lo más extravagantes. Por ejemplo, un tribunal alemán inició ayer los trámites para extraditar a Puigdemont únicamente por el delito de malversación de fondos, dejando en bragas la decisión del juez Llarena sobre los delitos de rebelión, sedición y desórdenes públicos. Teniendo en cuenta que la sentencia todavía se puede recurrir y que el Tribunal Supremo rechazó en su día -allá por abril de este mismo año- la entrega de Puigdemont por cualquier otro delito que no fuese sedición, el ridículo internacional de la justicia española en Europa ha sido, una vez más, clamoroso. Después de encarcelar raperos por cantar obviedades y tuiteros por soltar necedades, el último espectáculo de la anquilosada maquinaria legal hispánica ha consistido en demostrar no sólo que hay un montón de presos políticos en España sino que España, como rezaba aquel eslogan turístico franquista, es diferente.

El fútbol ha sido la última disciplina deportiva en adaptarse a la marcha de los tiempos con la adopción de un chisme llamado VAR, que en realidad es la moviola de toda la vida. Daba mucha pena estar en casa disfrutando de un partido y viendo junto a millones de personas que el árbitro, pobrecito, era el único memo que no se había enterado de la mano, la patada o la nada acaecidas a tres metros de sus ojos. Si a la FIFA le ha costado décadas aceptar que unas cuantas cámaras de video ven mucho más que unas pupilas, puede que pasen siglos antes de que la justicia española admita que pueda equivocarse y que a menudo se equivoca. Estos con un bar tienen de sobra.

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