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'Nuestra vida en la Borgoña'

Ebrios de vino y de cine

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Las relaciones entre el vino y el cine han proporcionado algunas memorables secuencias en grandes películas, desde Buñuel, pasando por Hitchcock, hasta Coppola o Scorsese. Ahora, Cédric Klapisch se aprovecha de este vínculo en 'Nuestra vida en la Borgoña'.

Culturas

“¿Bebe usted vino?” Fue lo primero que Luis Buñuel preguntó a Jean Claude Carrière cuando le conoció. Fue en un almuerzo en Cannes en 1963. El escritor le explicó que no solo le gustaba, sino que procedía de una familia de viticultores del sur. Años después, el cineasta le confesó que en aquel momento supo que siempre tendrían algo de lo que hablar si las cosas no funcionaban demasiado bien. Funcionaron maravillosamente bien. Diario de una camarera, Bella de día, La Vía Láctea, El discreto encanto de la burguesía, Ese oscuro objeto del deseo… Vino y cine o cine y vino. Gran pareja que vuelve a reunirse ahora en Nuestra vida en la Borgoña.

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El cineasta francés Cédric Klapisch, uno de los que primero retrató a la generación Erasmus en la gran pantalla, aprovecha sus conocimientos sobre el vino, heredados de su padre –“cuando empecé a beber, a los 17 o 18 años, me hacía catar sus vinos”-, en esta película, crónica de un reencuentro familiar, en la que la relación entre tres hermanos va madurando en paralelo a la elaboración de un vino durante un año y a los ciclos de la naturaleza. “Mi padre prácticamente solo bebe Borgoña”.

"Ahora me gusta el vino más que nunca"

Bodega familiar y buena cosecha, como en casi todas las películas que han hecho del vino su protagonista: el codiciado caldo de Santa Vittoria tras el que andan los nazis (El secreto de Santa Vittoria, de Stanley Kramer), la excepcional botella de 150 años envasada justo cuando pasó por la Tierra el cometa Halley (El año del cometa, de Peter Yates), el vino de la Provenza que enamora a Russell Crowe en Un buen año, de Ridley Scott… Esas botellas carísimas que vende Jack Nicholson a millonarios en Sangre y vino (Bob Rafelson), las bodegas que visita Jonathan Nossiter en su admirable película documental Mondovino¸ o las que recorren Miles y Jack (Paul Giamatti y Thomas Haden Chruch) en Entre copas (Alexander Payne).

Hay muchas otras y en todas ellas la estrella es el vino, sin embargo y paradójicamente, hay otros momentos del cine, secuencias a veces de unos segundos, donde éste luce mucho más. “Ahora me gusta el vino más que nunca y estoy bebiendo demasiado”, le dice Vito Corleone a su hijo en una conversación en la que le avisa de lo que van a hacer sus enemigos. “Te sienta bien papá”, contesta Michael, que en otro momento memorable de la saga escucha al caporegime Peter Clemenza cómo se hace la salsa para espaguetis. “Dejas que hierva, añades tus salchichas y tus albóndigas, ¿eh? Y un poco de vino. Y un poco de azúcar, ése es mi truco”.

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'El secreto de Santa Vittoria'

"Alegría, no apurarse"

Con la piel de naranja en la boca para jugar con su nieto y una botella de vino en la mesa, Vito Corleone se desploma. Ninguna duda de que ese tinto es especial, nada que ver con el morapio barato que se pimplan los entrañables personajes de Le Havre, de Kaurismaki, en el bar del barrio. Ni Coppola, productor vinícola, ni el cineasta finlandés –“salvo el vino blanco, no hay ninguna razón para vivir”- se han resistido a la tentación del vino en su cine. Y hablando de los grandes, vuelta a Buñuel y a la legendaria cena de los mendigos de Viridiana con la botella de López de Heredia sobre la mesa. “Pasa la bota”. Y el vino viaja de unas manos a otras hasta que Don Zequiel tira la copa y al lado, la mujer se moja los dedos en el líquido derramado y se toca la frente: “Alegría, no apurarse”.

"Los placeres del vino"

Fiesta y júbilo, como el que siente el Baco ebrio y danzante de Fantasía de Disney, mientras a su alrededor corren ríos de vino. Inmenso placer, como el de los comensales de El festín de Babette, con “sopa de tortuga con vino amontillado, codornices rellenas de trufa negra y foie, reposadas dentro de un volován, con salsa de vino Clos de Vougeot cosecha de 1845 o ensalada de endivias, nueces y lechuga con vinagreta francesa, escoltada por el mismo vino”. O la pura felicidad de la comilona que se preparan en la cárcel los personajes de Uno de los nuestros, con botellas de vino acompañando al bistec con salsa de tomate con ajos laminados con una conveniente cuchilla de afeitar.

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Son secuencias irresistibles que te hacen ansiar una buena copa de vino o arrepentirte de no tenerla delante, tanto como el gigante John Huston confesó en un momento de su vida: “Si pudiera vivir de nuevo, aprendería los placeres del vino en vez de los de los licores fuertes”.

'Viridiana'

"Yo nunca bebo vino"

Seña de calidad, de exquisitez, es el vino que menciona Hanníbal Lecter en su espeluznante confesión: “Me comí su hígado con frijoles y un buen Chianti”, aunque desde luego no parece nada saludable. Como no lo es el vino que el vagabundo Andreas –inolvidable Rutger Hauer- bebe en un bar de París y que el espectador ve reflejado en un espejo en La leyenda del santo bebedor, adaptación del libro de Joseph Roth que le valió a Ermanno Olmi el León de Oro en Venecia.

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Aunque ninguno tan nocivo como las copas de vino envenenadas de películas como La princesa prometida y su brindis mortal, Arsénico por compasión–vino de bayas mezclado con arsénico, estricnina y una pizca de cianuro- o las botellas de la bodega francesa Pommard rellenas del uranio extraído de las montañas de Brasil de Encadenados, de Hitchccok. El vino es famoso hasta en las películas en las que se reniega de él. Ni los inolvidables y tristísimos personajes –soberbio Jack Lemmon- de Días de vino y rosas (Blake Edwards) beben vino ni Gary Oldam en el Drácula de Bram Stoker que hizo Coppola. La lengua lamiendo la sangre de la navaja de afeitar: “I never drink wine” (“Yo nunca bebo vino”).

'El Padrino'

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