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El director Álex de la Iglesia durante el rodaje de 'Perfectos desconocidos'

Álex de la Iglesia “Si fuéramos con la verdad por delante, nos daríamos de hostias por la calle”

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El cineasta Álex de la Iglesia pone al descubierto en la comedia coral ‘Perfectos desconocidos’ la precaria seguridad en la que mantenemos hoy nuestra intimidad y cómo las redes sociales y los móviles dominan toda nuestra vida.

Culturas

Foto de cocido. Foto de los que comen contigo el cocido. Foto del restaurante donde estás comiendo el cocido. Foto de los chupitos de la sobremesa. Y una hora después, avalancha de mensajes iracundos por WhastApp del ‘amigo’ que no está comiendo el cocido con vosotros, de tu pareja que creía que estabas trabajando y por eso no ibas a recoger a los niños, de tu jefe que pensaba que estabas viendo a un cliente. Cuidado con lo que compartes en las redes sociales y con los mensaje que envías por WhastApp, pueden arruinarte la vida. Álex de la Iglesia advierte: “Igual no es bueno compartirlo todo”.

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Su nueva película, Perfectos desconocidos, un remake de la comedia italiana Perfetti sconosciuti de Paolo Genovese, es una historia que pone el descubierto la precaria seguridad en la que sobrevive hoy nuestra intimidad y con ella “nuestra identidad”. “Hay que parar eso, tenemos que proteger nuestra intimidad”.

Comedia coral con Eduard Fernández, Belén Rueda, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández y Pepón Nieto, la película cuenta una cena de amigos en la que, para huir del aburrimiento, deciden poner sus móviles sobre la mesa y compartir las llamadas y mensajes que reciban esa noche. Noche de eclipse lunar en la que salen a relucir mentiras, infidelidades, traiciones… Mucha miseria agazapada en un teléfono —también hay en la película lo contrario— de la que se puede aprender mucho o perderlo todo.

Queremos saber todo de los demás, pero también, queremos tener nuestros secretos.

Claro, pero tenemos que mantener cosas en secreto para nosotros mismos, cosas que no debemos compartir con los demás. Vivimos en una época en que todos comparten todo, las vacaciones, lo que nos gusta, la comida… perdemos nuestra intimidad. Y con WhatsApp, todo el mundo se cree con derecho a mantener una relación contigo constante.

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Los personajes esconden traiciones, infidelidades, mentiras… ¿eso es lo que nos guardamos para nosotros mismos?

Es que somos bastante peores de lo que nos pensamos y eso no me parece tan malo. Lo que sí me parece malo es intentar convencerte de que eres mucho mejor. Yo no quiero ser maravilloso, quiero tener problemas y solucionarlos. En la película también hay un personaje que es muy honesto. Y al final, algunos, al ponerse en la situación de los otros, aprenden cosas.

¿Está la sociedad preparada para toda la verdad?

Si fuéramos con la verdad por delante, nos daríamos de hostias por la calle.

Entonces, ¿la sinceridad está sobrevalorada?

El afán por considerar que lo bueno es lo verdadero pone en entredicho el concepto de verdad, porque la verdad se consigue enfrentando distintas verdades.

Un personaje dice que ‘todo’ está en su móvil…

Sí y que antes de los móviles, estaba en su cabeza. Ahora, con las redes sociales estamos más unidos que nunca, todos nos conocemos, puedes saber todo de todos. Al mismo tiempo vivimos una especie de angustia, ¡que no nos quiten el móvil! Es nuestro pasaporte. Es algo que ya no controlamos. La situación es muy divertida para una película, pero es muy angustiosa en la vida real.

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Un instante en 'Perfectos desconocidos'

¿Qué perdemos al perder nuestra intimidad?

Perdemos la identidad, desaparece. Todos somos lo que no contamos, porque lo que cuentas es apariencia, la imagen que quieres dar de ti mismo.

Los personajes son amigos y, sin embargo, uno de ellos no se atreve a decir que es homosexual, ¿cree que todavía estamos así?

A lo mejor no es fácil de creer, pero pasa. No tenemos las cosas tan claras como creemos. Todos los días nos asombramos, porque con las redes sociales estamos en un lugar en el que no habíamos estado antes y nos encontramos con algunas cosas de sopetón. Además, da miedo ver la vehemencia con que la gente opina, a mí me da miedo. Es como si diéramos una pistola de rayos a todos.

¿Algo más le da miedo de todo esto?

Me asusta todo, es que ahora se comparte hasta lo que comemos, todo, se comparte lo que pensamos, los que leemos, lo que soñamos…

¿Qué tipo de relaciones estamos construyendo ahora como consecuencia de esto?

Pues, ahora, por ejemplo, la gente piensa que uno no puede ser amigo de otro porque no opina como él. ¡Pero si lo bueno es encontrar gente que piense diferente a ti!

Los personajes son de la generación que ha vivido grandes cambios tecnológicos, ¿eso tiene que ver con el descontrol de información que hay?

Claro, porque no somos conscientes de lo que supone participar de una conciencia colectiva. Ahora, desde cualquier lugar del mundo, tenemos acceso a todos los libros, a todas las películas, a toda la información… Estos personajes están sobrepasados por esa presión. Y en las relaciones, por ejemplo, hay un personaje al que le da una rabieta, “¿por qué tengo que estar pendiente de todo el mundo?”

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Y ¿por qué lo hacemos?

Porque todos queremos seguir quedando bien y no nos atrevemos a reconocer los problemas. Hay que parar eso, tenemos que proteger nuestra intimidad. Igual no es bueno compartir el móvil.

Las películas corales son tradición en España, pero tienen sus complicaciones…

Es otro ritmo, otra forma de rodar. Nosotros estuvimos siete semanas, dos con el primer plato, dos con el segundo y dos con el postre. Y la comida ha dado muchos problemas de rácord. Los actores se lo comían todo, se pasaron una semana comiendo tiramisú. En el rodaje tenía que estar todo hilvanado al máximo, y nos dimos cuenta de que los diálogos se mejoraban con la reacción del otro. Ha sido muy importante el contraplano.

Debe ser el primero que estrena dos películas en España con ocho meses de diferencia. ¿No es excesivo?

No, eso permite que desaparezcan los tiempos muertos de los directores, en los que estamos comiéndonos la cabeza en casa.

La próxima ¿va a volver a meter a los personajes en un espacio cerrado?

La próxima película en la que ya he empezado a pensar va a ser todo el rato en exteriores.

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