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Joe Strummer, líder de The Clash, en Granada. / JUAN JESÚS GARCÍA

Músicos guiris que se quedaron en España

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Desde que Joe Strummer vino a Granada a desenterrar la tumba de Lorca hasta la llegada de James Rhodes, una legión de artistas anglosajones se ha dejado querer por nuestro país: Mike Oldfield, Paul Collins, Gary Louris, Josh Rouse, Ronnie Wood...

Culturas


Alguien se ha llevado la placa de Joe. No era de acero ni de aluminio, sino de azulejo de Fajalauza. Y tampoco es plaza, más bien placeta. Un rincón en el Realejo que los granadinos le han dedicado al líder de los Clash, insigne vecino que llegó buscando la tumba de Lorca y terminó encontrando a los 091, a quienes produjo el disco Más de cien lobos. Años ochenta, Spanish bombs en Granada, ¡oh, mi corazón!

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Joe Strummer frecuentó Cabo de Gata y vivió en la capital nazarí, donde sigue residiendo Richard Dudanski, su anfitrión en las tierras del sur. Él, su mujer y su cuñada —Palmolive, a las baquetas en The Slits y The Raincoats, su pareja durante un par de años en aquel Londres okupado— le habían inoculado a Machado y a Lorca, vía Paco Ibáñez. La amistad venía de sus tiempos como batería de 101’ers, el mismo puesto que rechazó cuando Strummer —entonces todavía llamado John Graham Mellor— empezó a cincelar una banda a la que bautizaría The Clash.


Dudanski perdió la oportunidad de su vida, pero se ganaría otro galón punk al engrosar la nómina de P.I.L., el grupo del sex pistol Johnny Rotten. Tras pasar por varias formaciones, ahora acompaña a Tymon Dogg & The Dacoits, quien prestó su violín a los Clash y militó en The Mescaleros, la otra banda de Joe, con el que había compartido casa okupa y gorrilla, pues ambos solían tocar en clubes folk londinenses por la voluntad.

El bajista de Dogg es Antonio Arias, uno de los Cero antes de fundar Lagartija Nick. Su hermano, el líder de TNT y periodista Jesús Arias, cierra el círculo: fue íntimo amigo de Strummer, cuya huella granadina es indeleble, aunque quince años después de muerto le sigan robando su placa en la placeta anteriormente conocida como plaza del Pilar de Escoriaza. Jesús, ya fallecido, relataba en el diario Granada Hoy el intento de Joe de desenterrar el cadáver de Lorca en 1985.

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Durante una de sus visitas, a bordo de un Dodge Dart —comprado en Madrid con el dinero que le prestó Santiago Auserón y objeto del documental I need a Dodge! Joe Strummer on the run— y acompañado por Jesús, quien ejercía de guía e intérprete, dio un frenazo en la plaza mayor de Víznar y exclamó:

- Vamos a comprar palas y picos.

- ¿Palas y picos para qué?

- Vamos a desenterrar la tumba de García Lorca. Vamos a rescatar sus restos. No podemos dejar que Lorca siga enterrado de esa manera por más tiempo.

- Pero, Joe… El sitio es inmenso, es una colina gigantesca... Nadie ha podido encontrar nunca la tumba de Lorca. Ni siquiera Ian Gibson.

- Nosotros la encontraremos. Se lo debo a Lorca.

“Cuando Strummer detuvo el coche cerca de la Fuente Grande y aspiró el aire de la tarde, la paz del lugar, comprendió que era una tarea imposible encontrar la tumba de Lorca y rescatar sus restos”, recordaba Arias en el artículo. “El sol se estaba poniendo y el cantante caminó en solitario unos pasos mientras se encendía un porro. Se quedó en silencio”. Y susurró:

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- Puedo escucharlos.

- ¿Qué puedes escuchar?

- A ellos [respondió llorando]. Puedo escuchar el grito de los muertos, de todos los que murieron aquí. Es extraña la paz que existe en un lugar donde hubo tanta violencia. Por eso puedo escuchar el grito de los muertos.

"Hace muchos años me prometí que vendría a este lugar y me fumaría un porro en honor de Lorca. Va por ti, Federico", añadió Joe. Y empezó a caminar hacia los olivos amortajado en humo, envuelto por el recuerdo del poeta.

Joe Strummer y Jesús Arias, en Granada. / JUAN JESÚS GARCÍA

Británicos en la piel de toro

Desde que el líder de los Clash puso un pie en Granada hasta hoy, la nómina de músicos británicos que se han quedado a vivir en nuestro país es ingente. AmyJo Doherty se vino a Madrid con un contrato de seis meses para dar clases en el British Council, conoció a su paisano Ross Stewart —antes, embarcado en The Mardous— y decidió montar el grupo antifolk The Ezra Beats, al que se sumó el batería argentino Martin Dalla Ghirarda, quien había tocado la guitarra en Aline & The Splendids. Cuando Ross se volvió a Margate, ella —hermana de Pete Doherty, el cantante de Babyshambles y The Libertines— decidió seguir al frente de AmyJo Doh & The Spangles, cuyas letras anteponen el Museo del Jamón al Prado y al Reina Sofía.


Tras el brexit, Alex Roddom —quien ha dado el salto del rock metal al country folk— participó en el concierto Música sin fronteras, que tuvo lugar en la sala El Sol para exigir la libertad de movimientos en la Unión Europea. Lo acompañaron en el escenario el nigeriano John Grvy, abanderado del soul electrónico, y Rob Picazo, cantante madrileño de blues y soul residente en el sudeste de Inglaterra. “Organizamos el concierto porque lo que para algunos es un simple viaje de trabajo, para otros se convierte en una auténtica odisea”, denuncia la programadora del local, Marcela San Martín.

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Hay ingleses que vinieron por amor y otros, por la luz, como le sucedió a Ronnie Wood, con casa en Barcelona. El corazón, sin embargo, arrastró a Kevin Weatherill hasta Guitiriz, donde pasó largas temporadas con una novia gallega. Aquello se terminó y el cantante de Immaculate Fools regresó a Londres, pero tiempo después se reencontró en un concierto con una vieja amiga de Aranda de Duero a la que había conocido en Madrid, se gustaron y volvió a establecerse en Galicia. Desde la aldea de Couto de Abaixo, en Cambados, ha emprendido un nuevo proyecto, Dirty Ray, acompañado por los músicos Paco Charlín y Niama Acuña. Está encantado: Weatherill es un enamorado de la gastronomía, la cultura y el folclore locales.

Mike Oldfield, en el olimpo celta

La flecha que impactó en Mike Oldfield procedía de Cambre, en A Coruña. El guitarrista Rick Fenn, que giró y grabó cuatro discos de estudio con el autor de Tubular Bells, le presentó en Londres —a través de la que luego sería su mujer— a Rosa Suárez, con quien entablaría una relación sentimental en los noventa, señala Chris Dewey en su libro Mike Oldfield. A Life Dedicated To Music. Oldfield se dejó caer en varias ocasiones por Galicia, donde buscó y encontró inspiración para sus discos.

En 1991, el incombustible periodista Nonito Pereira ejerció como su anfitrión durante una estancia en A Coruña. El compositor de Reading, acompañado de su pareja y del productor Tom Newman, se quedó prendado del Monte Pindo, el Olimpo sagrado de los celtas. Plasmó aquella impresión en la hoja promocional de Voyager, editado en 1986, que alude a “las frondosidades de un bosque de Galicia donde el sonido del viento cuenta historias y evoca leyendas”.


El sencillo que abre el álbum, con el que pretendía “capturar el espíritu del mundo mitológico e intentar evocar las leyendas de los antiguos celtas", se titula The Song of the Sun. Una versión de O son do ar, de Luar na Lubre, a quienes había escuchado años antes en un concierto privado organizado por Pereira en el Playa Club. Huelga decir que su autor, Bieito Romero, todavía hoy se frota las manos con los royalties de la canción; y que la banda gallega, telonera durante la gira de Voyager, se vio tan catapultada al exterior como la sonda espacial homónima.


Mike Oldfield
también vivió en Ibiza, aunque terminó vendiendo su chalé —construido sobre un acantilado de Es Cubells— a Noel Gallagher cuando descubrió que en las Baleares existía el invierno. Lo intentó en Mallorca, y seguía haciendo frío, por lo que terminó yéndose a las Bahamas. Podría parecer extraño, pero que se lo pregunten a Chopin, quien sufrió el invierno de 1838 en la cartuja de Valldemossa, donde compuso los Preludios. El compositor polaco había llegado a Mallorca, acompañado de George Sand, por recomendación médica. En vez de encontrarse con un clima saludable que lo librase de la tuberculosis, la lluvia y la humedad se cebaron con sus pulmones. Meses después, regresó a Francia.

Mike Oldfield, Nonito Pereira y Tom Newman, en el Playa Club de A Coruña. / ARCHIVO NONITO PEREIRA


Como puede apreciarse, las islas no siempre son un oasis: las malas lenguas dicen que el hermano de Liam Gallagher dejó Ibiza porque tenía a James Blunt de vecino, coincidía con él en las discotecas y no podía soportarlo. Mejor le fue a los náufragos que arribaron a las Canarias, caso de Andi Deris. El vocalista de Helloween reside junto al guitarrista Michael Weikath en Tenerife, donde montó el estudio Mi Sueño. Y mucho ojo, porque a veces no todos son tan guiris como parecen: detrás de Paul Zinnard, que acaba de editar Songs for a Better Past con Two Mad Records, se esconde el mallorquín Carlos Oliver.


En Lamas de Campos vivió David Holland, exbatería de Judas Priest, quien llegó a la parroquia de A Fonsagrada tras cumplir una condena por agredir sexualmente a un chico de diecisiete años. Como tenía problemas de aprendizaje, sus padres lo habían enviado a clases de batería con el objetivo de aumentar su autoestima. Algunas noches, se vio obligado a dormir en la casa de campo de su profesor, en el condado de Northamptonshire, donde tuvieron lugar los abusos. Holland, quien no buscó en la montaña lucense más que el anonimato, falleció el pasado 16 de enero y no merece más que la mención.


Martin Glover, fundador y bajista de la banda post-punk británica Killing Joke, se fue a vivir a Granada, donde montó un estudio en el que grabarían sus viejos colegas. Allí, bajo la supervisión de la mitad de The Fireman, el proyecto paralelo de Paul McCartney, prepararon la gira mundial del 2008. La formación original volvía a juntarse veintiséis años después y las grabaciones de los ensayos darían lugar al disco Duende. The Spanish Sessions.

De Australia a Estados Unidos

El último en llegar a Madrid ha sido el pianista londinense James Rhodes, pero la lista de músicos anglosajones también nos lleva hasta Australia y Estados Unidos o, lo que es lo mismo, hasta Madrid y Barcelona. El cantautor aussie Aaron Thomas vino al rebufo de su mujer, bailaora de flamenco, y durante su estancia en la capital alternó los conciertos con los trabajos esporádicos en bares o como profesor de inglés. Track Dogs, por su parte, parece la Commonwealth: Garrett Wall y Dave Mooney son irlandeses, Howard Brown es inglés y Robbie K. Jones, estadounidense; todos ellos, residentes en Madrid.


El angelino Jeff Espinoza llegó en 1980 a la capital con el grupo californiano No Justice y, posteriormente, pasó por la Vargas Blues Band y fundó Red House, en la que ha tocado el saxofonista Lou Marini, quien ha frecuentado estos pagos embarcado en The Blues Brothers. Su amistad con Espinoza viene de lejos: la primera vez que la banda fundada por John Belushi y Dan Aykroyd tocó en Madrid, se enamoró de una chica que le pidió un autógrafo. Ambos se fueron a vivir a Estados Unidos y terminaron casándose, pero desde comienzos de los noventa visitan a menudo nuestro país, donde entró en contacto con Red House.

David Gwynn, miembro de Vilma y Los Señores, así como guitarrista de Marlango —donde canta Leonor Watling, pareja del uruguayo Jorge Drexler—, procede de San Francisco. La promiscuidad salta a la vista: también toca la guitarra en The New Panamá Limited, la banda paralela del bluesman Smiling Jack Smith —neoyorquino, vivió veinte años en Canadá y lleva toda otra vida en España—, en la que el inglés David Herrington toca la tuba. Sí, el mismo que toca la trompeta en Mastretta y en el sexteto de jazz Racalmuto, fundado por el saxofonista Miguel Malla —hermano de Coque Malla, de Los Ronaldos—.


Curiosamente, Gwyn, como Espinoza, aterrizó aquí a bordo de No Justice. Con los años, montaría Saturn Alley y Hostal Vagabundos, amén de ejercer como productor (Los DelTonos, Surfin' Bichos, Los Flechazos) y de girar con grandes de ayer (Miguel Ríos) y hoy (Quique González).

Jackson Browne, nacido en Heidelberg (Alemania) y criado en Los Ángeles, llegó a comprarse una casa en Barcelona, atraído por el supuesto dolce far niente, aunque el disco en directo Love is strange: en vivo con Tino —premiado en los Independent Music Awards y en el que colaboran sus amigos Carlos Núñez, Kiko Veneno y Luz Casal— ponga a prueba su ociosidad por estos lares.


El saxofonista Bob Sands se vino a los veintiséis años de Manhattan a Madrid, donde se hizo un habitual del circuito de jazz: Clamores, Café Central, El Junco, Populart… Ha tocado con gigantes patrios como Jorge Pardo, Chano Domínguez, Pedro Iturralde o Javier Colina, al tiempo que grabó y giró con Miguel Ríos, Sabina, Martirio o Serrat.

Tori Sparks nació en Chicago, la mudaron a Florida —allí estudió chelo, piano y guitarra—, vendió su casa de Nashville y dejó atrás la carrera musical que se había labrado en la capital del estado de Tennessee —donde grabó cuatro discos— para plantarse en la Barcelona del 15-M. Ahí sigue viviendo y ya ha registrado otros dos álbumes, con cierto regusto flamenco, tras quedarse prendada del Albaicín y el Sacromonte granadinos, donde ha pasado algún tiempo.

Paul Collins y los apóstoles del Americana


Kurt Baker nació en Portland. Currículo: del punk de The Leftovers al power pop de su banda homónima, pasando por The New Trocaderos. Vive en Madrid, pero flirtea con San Sebastián, pues ha prestado su voz al punk rock de Bullet Proof Lovers, cuyos miembros proceden de Nuevo Catecismo Católico y de Discípulos de Dionisos. Aterrizó aquí en 2013 tras una exitosa gira por Francia y España, se pateó la piel de toro en solitario y, cuando quiso electrificar su directo, se dio cuenta de que sus músicos estaban a miles de kilómetros. Tiró de escuderos locales y le otorgó el bajo al leonés Juancho López, quien además ha prestado sus servicios a Paul Collins.

El cantante neoyorquino es el ejemplo de artista estadounidense más apreciado en el extranjero que en su propio país. Pisó por primera vez España en 1980 para participar con el grupo The Beat en el programa Aplauso, se instaló en Madrid tras los atentados de las Torres Gemelas, tuvo dos parejas españolas y sigue paseando su power pop por España, Europa y Japón, aunque su dirección postal vuelve a estar al otro lado del Atlántico. A veces, toca solo con su guitarra. Cuando el cartel anuncia a The Paul Collins Beat, se hace acompañar por instrumentistas españoles.

James Rhodes. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


Cuando conoció la capital en los ochenta, se quedó fascinado con su ambiente. "La vida era más interesante y romántica. Todo el mundo era fotógrafo, pintor, músico, se dedicaba al teatro, al cine. Era un miniparaíso", declaraba a Efe hace una década. Luego, sería vecino del barrio de las Letras, apreciaría las carnes del mercado de Antón Martín y llegaría a regentar el Manhattan Martini Bar, ubicado en la cercana calle Moratín, donde se dejaba ver tras la barra.

“Para los músicos americanos, es más fácil montar giras aquí y en Europa que en Estados Unidos”, explica Juan Santaner, responsable de la agencia de management y contratación Industrias Bala. “Texas es mas grande que España, por lo que, si no eres un artista enorme, resulta muy complicado organizar conciertos. Por ese motivo, muchos artistas deciden quedarse”, añade el también fundador de bandas como Vancouvers y Jet Lag, quien al frente de anteriores empresas fue el encargado de las giras de los estadounidenses Mark Olson, Steve Earle o Lucinda Williams.


Varios músicos americanos de alt-country pasaron tiempo en España y llegaron a grabar con Paco Loco en El Puerto de Santa María, caso de Steve Wynn —líder de The Dream Syndicate— o Gary Louris —al frente de The Jayhawks—, con quien usted llegó a compartir casa.

Venía mucho de gira y le gustaban mucho nuestras tradiciones. En el Puerto nos juntamos una colonia musical muy chula: el productor Paco Loco, Bunbury —también con casa— y el propio Gary. Además, invitó a mucha gente del mundillo a pasarse por allí, como Stephen McCarthy, el guitarrista de The Long Riders, por citar a alguno.

¿Qué les atraía de España?

El Puerto y, en general, Cádiz son muy especiales. Les gusta el ambiente musical y, por supuesto, la comida. Los americanos aprecian mucho nuestra gastronomía y, sobre todo, su precio. Para ellos, eso no es ninguna tontería, porque alucinan cuando les cuesta tan poco. Piensa que aquí pueden pagar lo mismo por una comida para seis personas que allí, por una botella de vino. Por no hablar del clima, porque en Minneapolis, situada en el estado de Minnesota, hace un frío tremendo.


Pese al robo que sufrió su casa, sigue adorando estas tierras.

Sí, aunque el destrozo fue bastante grande, porque se llevaron hasta la fontanería y la instalación eléctrica. Al final, terminamos vendiéndola, porque la habíamos comprado a medias.

También ha trabajado con Josh Rouse, que parece haberse quedado aquí para siempre.

Una vez se vino de gira, conoció a su mujer en Valencia y, tras regresar a Estados Unidos, decidió volverse. Fue un enamoramiento inmediato y, a día de hoy, sigue viviendo en Valencia. Es curioso, porque cuando toca en su país, se lleva a sus músicos españoles, un caso bastante extraño.


[Aterrizó en 2006, coincidiendo con la salida de Subtítulo, un disco en el que ya colabora su pareja, Paz Suay, con quien un año después publicaría el álbum a dos voces She's Spanish, I'm American. Su apego a Valencia, adonde se fue a vivir tras una temporada en Altea, está presente en un epé bautizado con el nombre de la ciudad del Turia, un título en español al que habría que sumar El turista. Por cierto, Rouse ganó un Goya a la mejor canción original por Do you really want to be in love?, incluida en la banda sonora de La gran familia española].

Antes citaba a algunos de ellos, pero la lista de músicos estadounidenses es extensa.

Sí, a través de la desaparecida agencia Love To Art trajimos a varios grupos que se juntaban para tocar aquí y en Europa. Antes ya había tratado con otros americanos, como el productor Mike Mariconda, responsable de Quintessential, el segundo de disco de Vancouvers, donde tocó la guitarra. Mariconda, quien actualmente vive en Gijón y tiene una hija española, fue pinchadiscos en bares de Malasaña durante la época gloriosa del barrio.


Actualmente, trabaja con los argentinos Cápsula: Martin Guevara y Coni Duchess.

Vivían en Buenos Aires y buscaban un lugar en el que asentarse con su proyecto. Eligieron Bilbao, donde cayeron muy bien y están encantados. Han iniciado una carrera desde aquí y, al margen de haber obtenido nuestra nacionalidad, podríamos catalogarlos como artistas españoles o incluso europeos, porque tocan en Francia, Alemania y Estados Unidos, donde han llegado a editar discos. Yo los llevo en España, pero también tienen un mánager y un sello discográfico franceses. De hecho, tocan poco en Argentina.

Sin embargo, el cuento no siempre acaba bien...

Ahí tienes a Aaron Thomas, a quien le fue bien en el amor, aunque no en lo musical. Su mujer, bailaora de flamenco, se había venido a España para mejorar su nivel y él decidió acompañarla, pero al final tuvieron que volverse a Australia.

Fee Reega. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


"Aquí no me siento muy comprendido como artista”, confesó Thomas en una entrevista a Miguel Martorell antes de despedirse en 2013 con un concierto en la sala El Sol. “Culturalmente, soy muy diferente a los españoles y hay obstáculos que no pude superar. No he tenido la capacidad de conectar con la gente”, añadía el australiano, quien se quejaba de que quizás no había hecho contactos con las personas adecuadas. Thomas se iba después de probar durante diez años, no sin antes criticar lo ruidosos que eran los españoles: “Hay una cultura de pasárselo bien y eso hace que muchos vayan a los conciertos a ver a sus amigos o a beber, y no a escuchar música”. Quizás en nuestras antípodas siga echando de menos “lo sociable que es la gente, los pimientos de Padrón y la tortilla”.


Mientras, su compatriota Bernard Fanning mata la morriña hablando de anguilas, conejos y otras vainas con los camareros españoles de un restaurante de su ciudad, Brisbane, adonde regresó después de una temporada en Madrid. Había disuelto su exitosa banda, Powderfinger, y decidido irse de vacaciones a España con su mujer, Andrea Moreno, para desconectar. La escapada terminó durando dos años y un hijo. Desde entonces, ha publicado tres discos en solitario, que se suman a su larga lista de éxitos con su extinto grupo de rock alternativo. 


En Viveiro sigue, por amor, el australiano Chris Masuak, cuyo currículo apabulla: Radio Birdman, The Hitmen, The Screaming Tribesmen y, actualmente, junto a The Viveiro Wave Riders. Y en Dénia, Johnny Casino, quien también ejerce como tatuador. De Asteroid B-612 pasó a Egos, en el que militó Lindsay McLennan, voz y guitarra en The Meanies. De ahí que sea conocido como Linky Meanie, habitual del circuito español, en su día voz de Bakelite Age y, actualmente, en Sun God Replica.


¿Más músicos que hablen inglés y hayan vivido en estos lares? Son multitud, pero por citar solo a algunos: Lyndon Parish (Swansea), guitarra y teclados de The Sunday Drivers; Sebastian Maharg (Chicago) y Mervyn McManus (Manchester), voces, bajo y guitarra de Mechanismo; Louise Sansom (Lambeth, Inglaterra) cantante de Anímic; Alvin Lee (Nottingham), frontman de Ten Years After... En cuanto a Lisa Kekaula y Bob Vennum, originarios de Riverside, dejaron temporalmente su California y a los souleros The Bellrays para embarcarse, por sugerencia de los madrileños The Right Ons, en Lisa & The Lips.

Tampoco debemos olvidarnos del póquer de Sin City Six, cuatro extranjeros de cinco miembros: el británico Lee Robinson, excantante de A-10, al micrófono; su paisano Barnaby Bowles, al bajo; y los estadounidenses Norah Findlay y Mike Sobieski, a las guitarras. Menos el vocalista, todos proceden de los punk roqueros The Pleasure Fuckers, la legendaria banda de Kike Turmix, guipuzcoano de Deba con eterno pasaporte malasañero. 

Los pioneros de los sesenta


Si buceamos en el calendario, nos encontramos con el pionero Phil Trim (Trinidad y Tobago), cantante de los Pop-Tops, quienes a finales de los sesenta se atrevían a tocar casi en pelotas y pintarrajeados, como dios y la portada de Pepa los había traído al mundo y a las estanterías de las tiendas de discos.


En 1968, los carlistas casi los linchan en el club Larraina de Pamplona, donde algún testigo, como el escultor Ángel Garraza, asegura que el solista acabó en la piscina. Phil Trim sigue viviendo en Madrid, donde trabaja como vigilante en un centro comercial, y quizás guarde la multa de 25.000 pesetas que le impuso el gobernador civil por herir la sensibilidad de los espectadores. Quizás lo recuerden por la canción Mamy Blue, que da título al disco homónimo, número uno en media Europa.

“Hubo varios músicos que en esa década vivieron en España, como Mike Kennedy, de Los Bravos, y otros que se tiraron una temporada para grabar sus discos, como The End, unos ingleses colegas de los Stones”, recuerda el periodista Xavier Valiño, una enciclopedia sonora que despliega las páginas de su memoria para empezar a enumerar a los guiris enamorados de aquella España juvenil.


Como Kevin Ayers (Herne Bay, condado de Kent), de la psicodélica Soft Machine, quien dejó la escena de Canterbury por las playas de Ibiza, donde intentó quitarse de la heroína y compuso su primer disco en solitario, Joy of a Toy. El guitarrista de la banda, Daevid Allen, recaló en Deià, previa escala en Londres —de donde lo echaron— y  en el mayo parisino, del que llegó a Baleares huyendo de la policía. Una vez aquí, dejó Soft Machine y publicó el primer disco de Gong.


Mike Kennedy era alemán, como la cantautora neoasturiana Fee Reega, Thomen Stauch —exbatería de los heavies Blind Guardian, quien vivió en Torrejón de Velasco emparejado con una fan vallecana— o Andreas Prittwitz —flautista, productor y escudero de Javier Krahe hasta su muerte—. El cantante de Los Bravos y vivía en Oliva con su pareja, aunque cambió la localidad valenciana por Vitoria cuando conoció a su actual mujer en una panadería.


El éxito de Black is Black le reportó tanto la fama como el pasaporte español, concedido por Franco por la internacionalización de la música española… cantada en inglés. Los Bravos llegaron a ser unas estrellas del celuloide, pero Mike se lo gastó todo y, como no cobra una pensión, tiene que seguir subiéndose al escenario para pagar las facturas.

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