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Escena de 'Perdidos en el espacio'. NETFLIX

Netflix ‘Perdidos en el espacio’, un remake sin más aspiración que la de entretener

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Netflix estrena este viernes los diez episodios de la primera temporada de ‘Perdidos en el espacio’, remake de la serie homónima de los sesenta. En su nueva versión apuesta por combinar la aventura y el drama familiar con personajes sin mucha profundidad pero con un gran despliegue visual.

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Esta Perdidos en el espacio conserva el espíritu ligero de la original creada en los sesenta por Irwin Allen pero modernizada y adaptada a los nuevos medios de los que se dispone sin demasiadas pretensiones más allá del entretenimiento ligero y el espectáculo visual a tenor de los cinco primeros episodios facilitados a los medios antes del estreno. En el remake de Matt Sazama y Burk Sharpless para Netflix que se estrena este viernes hay mucho dinero invertido y la serie lo recuerda capítulo tras capítulo con un derroche de efectos en el que lo más atrayente es ese mundo de contrastes y extremos que dibuja. Los personajes simplemente pululan por ahí, previsibles, sin profundidad y con una historia clara que contar: la de una familia con heridas que sanar que tendrá que dejarlo para otro momento porque lo primero es sobrevivir en un ambiente increíblemente bello pero hostil.

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Quienes en su día viesen la original sabrán reconocer los guiños que la nueva versión de la familia Robinson conserva en su honor. Quienes no, que no se preocupen, tampoco importa. El peso de la historia recae en los Robinson (sí, como los de la novela de 1812 de Johann David Wyss, La familia Robinson suiza), padre, madre y tres hijos. El primero, John (Toby Stephens), es un soldado que hizo algo que cabreó a su mujer, Maureen (Molly Parker), una ingeniera aeroespacial con carácter, dotes de mando y mucho rencor hacia su marido macerando en su interior. De la tropa de los Robinson Judy (Taylor Russell) es la mayor y aspira a ser doctora. Después viene Penny (Mina Sundwall), la bromista del grupo. Por último, Will (Maxwell Jenkins), el niño mono que encarna la bondad en estado puro y que se bloquea bajo presión. Juntos forman un buen equipo con las herramientas necesarias para sobrevivir a todo lo que les venga encima, sea una avería en la nave o unos monstruos alienígenas con pinta de anguilas mutadas.

Juntos se embarcan al comienzo de la serie en la aventura de enrolarse en una Jupiter, como se llaman las naves, con dirección a Alfa Centauri, donde se encuentra la colonia en la que la raza humana se ha instalado dejando atrás una Tierra agotada. Pero algo pasa de camino al paraíso espacial y acaban varados en un planeta desconocido -de ahí lo de ‘perdidos’- y plagado de peligros, muchos de los cuales se buscan ellos mismos por su inconsciencia y sus malas decisiones. Con los Robinson hay tres personajes más que comparten protagonismo y que beben de los originales pero con matices más o menos sutiles. Para empezar, no viajan en la misma nave, si no que se los van encontrado a lo largo de los tres primeros episodios en la que es una presentación excesivamente larga. Sobre todo teniendo en cuenta que esta primera temporada consta de 10 capítulos.

El primero en hacer acto de presencia es el robot, que si bien en la de Allen era creado por humanos y programado para boicotear el viaje, en esta no están claras ni su procedencia ni sus intenciones. De hecho, resulta el personaje menos transparente y que despierta más interés. Después se encuentran con la doctora Smith (Parker Posey), que en los sesenta era doctor y no hacía más que intentar sabotear a todos. Lo segundo no ha cambiado mucho. El tercero en discordia es Don West (Ignacio Serricchio), que pasa de capitán a mecánico contrabandista con una gallina como mascota.

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Apuesta por entretener y lo consigue si las exigencia de quien la ve son mínimas

Tras el fallido intento de recuperar la historia de los Robinson de finales del los noventa con William Hurt y Gary Oldman en el cine, la de Netflix es una versión mucho más certera en cuanto a forma. Apuesta por entretener y lo consigue si las exigencia de quien la ve son mínimas. Aquí no tienen cabida los personajes con varias capas que ir pelando con el paso los capítulos o un arco que desarrollar a lo largo de la temporada. Desde el primer minuto se ve por dónde van a ir, aunque los guionistas, para darle cierto toque de misterio, se guarden las respuestas a las pocas preguntas que se plantean y tarden en exceso en ofrecerlas. Por ejemplo, qué fue lo que hizo John para que su mujer esté tan dolida con él no se sabe hasta el cuarto episodio, aunque se viese venir. El cuarto de diez. Y, mediada la serie, aún está por aclarar cómo llegó Judy a la familia.

Da igual, los personajes no parecen ser algo que preocupe a los encargados del guion. Su meta es otra, la de plantear peligros y retos que alimenten la aventura y les permitan dan rienda suelta a su imaginación a la hora de crear ese misterioso planeta que es el mejor personaje de la serie, el que más tiene por mostrar. Es como si la isla de Perdidos, con sus monstruos, sus incongruencias y sus ruidos extraños se hubiese convertido en un planeta entero. Allí colocan a los Robinson y el resto de tripulantes de las distintas Jupiter para que superen tormentas, explosiones, incendios, caídas en el hielo, monstruos salidos del bosque…

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Escena de 'Perdidos en el espacio'. NETFLIX

Al final, la ficción de Matt Sazama y Burk Sharpless se queda en la cáscara navegando del drama familiar al uso a la ciencia ficción sin terminar de decantarse por uno u otro. En ningún momento da la impresión de aspirar a ser otra cosa. Perdidos en el espacio no pasa de ser una serie familiar de aventuras con una familia como protagonista para ver en familia. Su ingenuidad la hace apta para todos los públicos. Tiene algunas escenas de acción apabullantes y otras muy bonitas con el espacio como protagonista o la virginidad del planeta. Aunque por lo general los 50 minutos que dura cada capítulo parecen excesivos.

Con Neil Marshall como director de los primeros episodios, lo que no tiene este Perdidos en el espacio es esa vocación de comedia alocada que impregnaba los guiones de su versión de los sesenta. Aquí la comicidad viene dada por dos personajes, el de la mediana de los Robinson y West, que intentan rebajar con su despreocupación y sus comentarios los grados de intensidad del resto del reparto. Algunas veces funciona. Otras, no tanto.

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