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La periodista valenciana Lara Siscar

Lara Siscar: "Las redes sociales nos hacen caer en una vorágine de postureo"

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La periodista valenciana presenta 'Flores negras', un thriller que parte de un caso real de prostitución de menores en una pequeña zona rural para reflexionar sobre feminismo, redes y las eternas contradicciones del ser humano.

Culturas

La formación del nuevo Gobierno le tiene exhausta y emocionada. "Ha sido una mañana intensa", confiesa la periodista Lara Siscar (Gandía, 1977). Y tanto. El goteo de nombramientos le ha mantenido en vilo durante toda la mañana. "Poder contar todo lo que está ocurriendo en una suerte", añade. Atiende gustosa a la promoción de su última novela Flores negras (Plaza & Janés), pero ni hablar de autobombo, la valenciana no contempla esta posibilidad: "No puedo evitarlo, me incomoda mucho, no va conmigo". Con la excusa de su último thriller —que germina a partir de la historia real de una menor prostituida— hablamos con ella de feminismo y la literatura como motor de cambio. También de redes sociales y sus miserias, no en vano Siscar sufrió una dramática experiencia de acoso que le hace tomar distancia: "Es una arma para ciertas personas"

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¿Qué falla en una sociedad por reducida que sea para que se normalice de esa forma la violencia sexual contra una menor?

No sólo su normalización, sino esa sensación tan cruel que pasa a veces consistente en la doble victimización de la víctima. En este caso, además de haber sido prostituida, tiene que cargar con la culpa de lo que le ha ocurrido porque la sociedad juzga su forma de vida y si actuó conforme a lo que se espera de una chavala de 14 años. Cuando se trata de una mujer, si no se atiene a las reglas del buen comportamiento, del recogimiento y la discreción, parece que se le responsabiliza de lo que le pueda ocurrir.

Una ficción que podría no serlo...

Sí, de hecho parte de una historia real que ocurrió en un pequeño pueblo de Badajoz. Las  personas que hicieron uso —por decirlo de algún modo— de los servicios de esta menor, confesaron que efectivamente pagaron por tener relaciones sexuales, sin embargo el Supremo les absolvió porque consideró que el testimonio de la víctima no era suficiente para saber si estas personas, cuando se acostaron con ella, eran conscientes de que lo hacían con una menor. Pero lo cierto es que da un poco igual si tenía 14 o 16, lo dramático es que sucedió, más allá del grado de culpabilidad que los jueces estimasen. 

Difícil disyuntiva la que tiene demasiadas veces la mujer. Si se adueña de su sexualidad y toma parte activa es una puta, si decide no hacerlo corre el riesgo de ser tildada de mojigata...

Las etiquetas, algo muy habitual en sociedades pequeñas como pueden ser las rurales, tienen mucho peso y resulta muy complicado revertirlas porque es una especie de fama que te acompaña. Afortunadamente algo está cambiando, al menos en las grandes ciudades. Esta especie de renacimiento del movimiento feminista creo que está consiguiendo que nadie entre a valorar el grado de libertad con el que una mujer gestiona su sexualidad. Pero tristemente en muchos pueblos esto todavía no se ha conseguido.

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Y qué hay de las generaciones que vienen, ¿no cree que cuanto más jóvenes más empoderadas?

Me gustaría que fuese así pero no lo creo. No sé si fue la semana pasada o la anterior, pero leí que el Instituto Nacional de Estadística publicaba la última encuesta sobre violencia de género y hubo un dato que me alarmó. Concernía a la llamada violencia machista de control, un tipo de violencia que no consiste en la agresión, pero sí en estar controlando constantemente a tu pareja. Pues bien, el porcentaje de jóvenes menores de 18 años que controlan a sus pareja había crecido con respecto al año pasado un 10%. Este tipo de cifras dan que pensar... 

¿Qué cree que falla?

Pues no lo tengo claro. Sé hacia donde van nuestros mensajes públicos, sé también qué es lo queremos las mujeres, pero no termino de vislumbrar hacia dónde va la sociedad.

¿Cree que las redes fomentan este tipo de violencia?

Sin duda. Creo que es la cara b de algo muy positivo como es la posibilidad de dar a conocer mensajes positivos y solidarios. No impugno las redes per se, pero es obvio que potencian el saber dónde está cada uno y cuándo se conectó por última vez. Creo que es un arma para aquellas personas que no tienen buenas intenciones.

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Y aquí habla con conocimiento de causa...

Sí, no cabe duda de que yo he tenido mala suerte en ese sentido, pero más allá de mi experiencia personal, pienso sinceramente que no son imprescindibles y que estamos sometidos a cierta tiranía. Parece que te pierdes el mundo si no estás en las redes, pero yo que soy periodista y confío mucho en nuestro oficio confío en nuestra profesión y en nuestro criterio. Por otro lado, una cosa es renunciar a las redes y otra muy diferente renunciar a Internet. Yo no necesito que nadie me diga qué es lo que está pitando más fuerte, prefiero asomarme al periódico y ver cuáles son los asuntos más destacados o ver cómo me jerarquizan la información.

Prescindir de las redes supone también renunciar a una parte importante de la promoción; el conocido autobombo...

Sí, soy consciente. Pero es que las redes sociales nos hacen caer en una vorágine de postureo que no comparto. Aquí incluso de mí misma, a veces se puede llegar a perder el pudor y expresarte en las redes de un modo que luego en frío te ruboriza. Todo ese encadenamiento de retuits te dan una importancia que no es tal. Me pregunto hasta qué punto es real ese eco que se genera, hasta qué punto toda esa gente está interesada de verdad en tu obra. Me incomoda el autobombo, me encontré incómoda cuando me vi haciendo eso, no tiene que ver conmigo.

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Es una práctica muy extendida en el mundillo periodístico...

Puede ser, pero a mí no me interesa. Yo tengo la suerte de tener mi trabajo y afortunadamente puedo tomar distancia, no quiero tener que ir acarreando con eso. Cuando me veo en redes no sé muy bien si esa Lara que aparece es la Lara real, no sé realmente si quiero que se me conozca a través de esa Lara. 

La literatura ha perpetuado un modo de mirar eminentemente masculino. ¿Cómo valora su importancia emancipadora?

Durante muchos años la voz pública de la mujer ha estado mucho más amortiguada, como en sordina. Un buen recurso para la mujer era sentarse tranquila en un rincón y plasmar sus impresiones sobre lo que le rodeaba; aquello que decía Virginia Woolf de una habitación propia para poder expresarse sin pensar en publicar, tan sólo por el placer de contar...

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