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Eduardo Maura, portavoz de Cultura de Podemos en el Congreso.- JAIRO VARGAS

Eduardo Maura: "Un desahucio no garantiza un votante de izquierdas"

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El portavoz de Cultura de Podemos en el Congreso analiza en 'Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española', el inconsciente social de una década clave para entender los retos políticos de la actualidad.

Culturas

Cuenta Eduardo Maura (Valladolid, 1981) que el germen de Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española (Akal) surge de la constatación de un vacío. Un desierto historiográfico que le hizo querer auscultar una década injustamente olvidada. "En ese país que está a medio camino entre la euforia de ser alguien y el miedo a que pase algo que lo arruine todo, me pareció encontrar algo", explica el portavoz de Cultura de Podemos en el Congreso. La ruta del bakalao, el crimen de las niñas de Alcàsser o el asesinato de Miguel Ángel Blanco son solo algunos de los hitos que hilvanan una "educación sentimental" que explica por qué hemos llegado hasta donde estamos.

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Utiliza 'modernidad democrática española' como alternativa a 'régimen del 78', ¿por qué ese trueque? 

El término 'régimen del 78', pese a que me resulta razonable y practicable, me impide entender y empatizar como yo necesito con la construcción social y cultural que se hace en la España del 78. Nos guste o no, el término 'régimen' está muy cargado de significado para una parte importante de la gente que yo aspiro comprender, de modo que por honestidad intelectual he preferido utilizar una terminología que le resulte más afín, sin que por ello se pierda precisión.

Sorprende que también prescinda del término 'hegemonía', tan en boga en su formación...

Sí, dos motivos me han llevado a esto. Por un lado, me da la impresión de que el término 'hegemonía' está manifiestamente sobresaturado. Esto no tiene por qué ser malo, pero en este caso en concreto creo que no aporta mucho a los debates contemporáneos, es un término que marca mucho de antemano las posiciones. Por otro lado, pienso que ya no es productivo, lo cual no le quita peso a la tradición de la que viene el término, a saber; la dupla Gramsci-Lenin. Yo no vengo de ese paradigma, por supuesto que los he leído y me han acompañado de un modo circunstancial, pero no han marcado mi biografía política ni intelectual.

¿Por qué los 90?

Porque para poder entender el paradigma social y cultural en el que se mueven los proyectos políticos en los que estoy trabajando necesito herramientas que provienen de los años 70, 80 y 90. Y lo cierto es que me he topado con un desierto intelectual e historiográfico que ahonde en ese periodo comprendido entre la llamada época heroica de la Transición (73-86) y el inicio de la década negra de la crisis (2006-2016). 

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Da la impresión de que los 90 son una década de perfil bajo...

Sí, mi hipótesis es que tanto la izquierda como la derecha compran el relato estándar de la Transición española. De tal forma que todo lo que sucede tras la segunda victoria de González en el 86 —victoria que estabiliza el hito del 82 y normaliza la alternancia democrática en España—, es homologable a un cierto fin de la historia, como si la especificidad española se diera por terminada con la firma de Maastricht. Sigue habiendo corrupción y debate político, pero al mismo tiempo es como si alguien dijera: circulen, aquí no hay nada que ver, este es un país normal...

¿Fue la homologación de nuestro país a nivel europeo lo que generó euforia?

Sí, y también miedo. Conforme analizo el relato de la modernidad democrática española me doy cuenta de que se rige por una aleación de euforia y miedo. Por un lado la euforia lógica de quitarnos por fin la vitola de país cenizo en el que las cosas siempre acaban mal —con el golpismo del XIX y la Guerra Civil como antecedentes— y por otro un miedo a sentirnos vulnerables y frágiles. En ese sentido, el crimen de las niñas de Alcàsser evidenció ese miedo que nos atenazaba. También lo hizo, de un modo muy diferente, la llamada ruta del bakalao; hipótesis de la evasión que testimoniaba el miedo a que la vida no mereciese la pena, a que el día a día e incluso el éxito social no fueran suficiente. El documental de Francino sobre la llamada ruta destroy [Hasta que el cuerpo aguante] nos muestra un puñado de jóvenes que se refieren de manera obsesiva a la idea de que su rutina les resulta insoportable...

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El profesor y político Eduardo Maura.- JAIRO VARGAS

¿No cree que primó la evasión en los 90?

Creo que hay dos relatos contrapuestos a la hora de analizar las escenas musicales de la época. Por un lado está quienes defienden que fue una época despolitización en la que se abrazó lo anglosajón como manera de ser relevante, pero también hay quienes defienden que fue una época profundamente política con el rock radikal vasco en pleno auge y con una contracultura de izquierdas bastante sólida que aún conservaba buena parte del empuje que traía de los 80. En todo caso, la música nunca fue el vehículo principal de construcción de mi identidad política...

Muchos compañeros de lucha y militancia no dirán lo mismo...

Sin duda, soy consciente. Mucha gente se politizó a través del ska italiano, otros echaron mano de ciertas esencias reivindicativas de épocas anteriores, y los hay también que entraron a través del reggae de finales de los 70. Había en ese relato de izquierdas de los 90 otros aspectos clave como la insurrección zapatista, el antibelicismo o los movimientos antiglobalización. Pero lo cierto es que nunca fueron particularmente relevantes en mi educación sentimental, yo ya era de izquierdas en aquella época; para mí fue el conflicto vasco lo que marcó mi trayectoria personal y política.

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Trayectoria cuyo origen no oculta al lector...

Si quería hacer autocrítica necesitaba imperiosamente reconocer de dónde venía, no sólo en lo geográfico sino también a nivel cultural. En ese sentido tengo una procedencia anglófila indudable, y entendí que si me sociosituaba iba a poder aportar mucho más. Me interesaba también mucho desmadrileñizar el debate, para mí es terrible ver hasta qué punto la izquierda ha sido tan madrileña en la construcción de la historia reciente de España. Creo que esto explica el motivo por el que ha sido incapaz de construir un relato coherente y sólido que plantara cara a algunos aspectos de la modernidad política española.

"Se hace política con las personas tal como hemos llegado a ser, no con las personas tal como nos gustaría que fueran", escribe en el ensayo. ¿Es la izquierda su principal enemigo?

Hay una parte de la izquierda que con vocación materialista solo ve intereses de clase, tasas de desigualdad o de desempleo. Creo que protagonizar una misma situación material no garantiza en ningún caso la misma respuesta, no hay una relación de causa efecto o lo que es lo mismo; un desahucio no garantiza un votante de izquierdas, una experiencia de desigualdad no garantiza en ningún caso un voto progresista. Esa izquierda tiene la tendencia de hacer política sin considerar las características individuales de las personas. De tal forma que las personas solo tenemos como fuente de construcción de nuestra subjetividad una única fuente, cuando en realidad las fuentes son cada vez más diversas.

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