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La palabra "Estu" formada por los niños y niñas de la cantera del club de baloncesto Estudiantes.

Todos seguimos siendo Estudiantes

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La idea de un profesor de latín en el Ramiro de Maeztu es hoy el territorio de 1.500 chavales de todas las partes del mundo, donde la democracia no tiene rival: “Si un niño quiere jugar al baloncesto, el dinero nunca será problema”.

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Para empezar a explicar esta vida hay que retroceder a su fundador Antonio Magariños, aquel jefe de estudios que daba clases de latín en el Instituto Ramiro de Maeztu y que quizá hoy no lo hubiese hecho mejor que Pablo Borras, el actual director de la cantera. Un hombre joven de 39 años al que nada más iniciarse el curso llamó el entrenador del infantil para explicarle que uno de los chavales, desde el día que le pasó las cuotas para la temporada, no había vuelto a venir. Pablo se puso entonces en contacto con la familia de ese niño de doce años para preguntar el motivo. En cuanto le explicaron que no tenían dinero, abrió puertas: “¿El chico es educado? ¿el chico es respetuoso? ¿el chico quiere jugar al baloncesto?” Ante las respuestas, afirmativas, el responsable de la cantera pidió el justificante de los ingresos a la familia y seguramente recordó lo mismo que hubiese contestado Antonio Magariños en 1948: “Si un niño desea jugar al baloncesto, el dinero no será el problema”.

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Hoy, ese chaval es uno más de los casi 1.500 niños y niñas, procedentes de casi todas las partes del mundo que integran la cantera de Estudiantes. Un fenómeno, en el número 127 de la calle Serrano, que no será fácil de explicar. De esa idea de un profesor de latín han salido campeones del mundo, medallistas olímpicos, jugadores de NBA, ciudadanos enteros. La memoria también recuerda a esa severa jefa de estudios del instituto, Rosa Muro, que en los días de partido se integraba con la Demencia y hasta es posible que se disfrazase de ‘Juana La Loca’ y se bañase en la fuente de los Delfines para celebrar los magníficos años ochenta y noventa de Estudiantes. Pero entonces tampoco es fácil de explicar que entre sus presidentes haya habido profesores del colegio si no es porque aquí el romanticismo es una de las señales de tráfico que tal vez Pablo Borras, a los 39 años, representa con fidelidad. “He tenido oportunidad de marchar a otros proyectos, con más estabilidad y dinero, pero he decidido quedarme”, explica después de 17 años en el club, de trato diario con niños y con padres que respetan la misma idea que se puso en marcha en 1948. “Hay muchas formas de educar y el baloncesto es una de ellas”.

Polideportivo Antonio Magariños en el año 1971.

Por eso entre esos gruesos muros de hormigón del polideportivo, cuyo nombre rinde homenaje a Antonio Magariños, su fundador, tampoco extraña que por las tardes de los martes, miércoles y jueves se inviertan los términos. Los jugadores del primer equipo no empiezan a entrenar hasta que los chavales de 8 a 12 años dejan libre la pista. “Algo que en otro lugar sería difícil entender aquí es lo normal, ver a los profesionales sentados en sillas viendo a los chavales hasta que llega su turno en la pista”, explica Borras. “Por eso siempre decimos que no vale cualquier entrenador para Estudiantes. Es más, cuando vamos a buscar un entrenador siempre se le explica cual es la realidad de este club”.

Quizá por eso es importante estar aquí. Para trabajar vida y valores, en el polideportivo Magariños, ubicado en uno de los barrios aristocráticos de Madrid, lo que no quiere decir que todos sus alumnos pertenezcan a clases adineradas. “No”, replica Borras, “porque esto es un colegio público y aquí también hay familias de realojo”. Y la prueba está en el patio, donde es casi imposible sacar una fotografía sin que no salga una canasta. “Nuestro primer objetivo es la formación”, vuelve a explicar Borras, la voz que nos conduce hasta uno de los entrenadores, Javier Zamora, que lleva al equipo filial, donde concede tanta importancia a lo que pasa dentro como fuera de la cancha. “Cada entrenador realiza un seguimiento académico de sus jugadores. En realidad, acabas convirtiéndote en un hermano mayor. Máxime con los chicos que vienen de fuera, no tienen aquí a los padres y se alojan en un colegio mayor. Haces de tutor, vas a llevarles y a recogerles en tu coche, les preguntas, les aconsejas…” La voluntad del club es la de dar ejemplo y una de las máximas que se establece desde el Gabinete de Comunicación es la de no conceder entrevistas con chavales hasta que no hayan cumplido la mayoría de edad.

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'Todos somos Estudiantes' en las gradas del polideportivo Antonio Magariños.

Porque todo eso es Estudiantes. Todos somos Estudiantes, como explica la publicidad del club. Todo eso es el espíritu de aquel profesor de latín, Antonio Magariños. Primero, aprender, y después vencer. “Luego, cada año reserva alguna sorpresa”, admite Borras. “Pero nunca hay prisa”. Por eso la pasión compite en importancia con el talento. Legados como el de Pepu Hernández, el entrenador que salió de Estudiantes y llegó a hacer a España campeona del mundo en 2006, se respetan siempre. Todas esas palabras que él enumeraba de memoria, “paciencia, constancia, justicia, esfuerzo, ser consecuente, ser congruente…”, están presentes en esta escuela, donde también hay niños en silla de ruedas o con síndrome de down que juegan al baloncesto. Niños que aparecen en los descansos de los partidos o en los tiempos muertos, “porque todo el mundo tiene derecho a su protagonismo, parte de nuestra idiosincracia. Somos algo más que un club de baloncesto. Somos una escuela de valores. Por eso aquí vienen entrenadores de todas las partes del mundo a ver como lo hacemos y a ver como entrenamos”.

En realidad, el peso de la historia es imprescindible para relatar todo esto. Para explicar que de aquí salió gente como Fernando Martín, Felipe Reyes o Sergio Rodríguez que llegó casi hasta el fin del mundo. O para comprender que la imaginación tiene poderes como intuía aquel profesor de latín cuando hablaba de construir eso que él llamaba “una especie de Bernabéu”, el polideportivo Antonio Magariños. Hoy, tantos años después, sus silencios hablan y no pasa nada. Todos seguimos siendo Estudiantes. Todos entendimos a Pepu Hernández cuando escribió, “la meta no es la victoria, el camino es intentarlo”, porque entonces volvimos a ser niños, a regresar con la misma inocencia al patio del colegio y a escuchar a Pablo Borras decir ahora lo que Magariños soñaba en el 48: “Estudiantes es el primer equipo de muchos y el segundo equipo de todos”.

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