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Robots de una planta de montaje.REUTERS/Archivo

Japón y Alemania fían a la robótica el sostén de sus sistemas de pensiones

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Las dos potencias lideran la robotización, la cuarta revolución industrial. Hasta tal punto, que sus robots han empezado a minimizar su impacto sobre el empleo, espolean sus economías y ejercen de búnker sobre dos de las bombas demográficas más amenazadoras del mundo.

Economía

Japón y Alemania son la vanguardia de la robotización mundial. La eclosión de los procesos de automatización y digitalización en sus sistemas productivos no sólo les ha otorgado un ritmo de aceleración adicional a sus economías. La turboalimentación que los robots han logrado añadir a sus tareas de producción les ha granjeado nuevos puestos de trabajo, ha espoleado el sector exterior de ambos países, lo que les concede un estatus aún más hegemónico como potencias exportadoras y, por si fuera poco, les facilita ya recursos adicionales para combatir sus Talones de Aquiles: el abultado déficit financiero de unos estados de bienestar que destinan gran parte de sus ingresos al pago de las pensiones. Y que tiene todos los visos de repuntar sin remedio en las próximas décadas ante el irremediable envejecimiento de sus poblaciones.

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Varios estudios recientes pasan revista a los efectos beneficiosos de la robotización productiva. Uno de ellos lo firma la agencia de calificación Moody’s, que ve en el motor económico europeo y en la economía más industrializada de Asia como los alumnos más aventajados en la revolución de los robots. En ambos casos -dicen sus expertos- la automoción ha sido la pionera industrial, aunque el proceso se ha extendido de tal manera que ha logrado crear un sector propio, el de la tecnología robótica, que podría modificar las rentas familiares si, por ejemplo, como de hecho ya está sucediendo, la automatización digital llega a los hogares para producir energía individual. Al calor del impulso a las fuentes energéticas alternativas. En los últimos años -precisan- “para ampliar el uso de robots sobre la actividad [los directivos empresariales germanos y nipones] han compensado la disminución del ritmo del empleo, con mayor dinamismo productivo”, en general, lo que ha permitido a sus sectores manufactureros, “elevar todavía más los márgenes de sus sectores exteriores”. Hasta superar, en el caso alemán, la tercera parte de su PIB y, en Japón, alcanzar el 12%.

En su opinión, la ventaja adquirida por Alemania y Japón les permitirá abordar la financiación de sus sistemas de pensiones, en los que se observa con perplejidad cómo suben, año tras año, sus ratios de dependencia; es decir, el porcentaje de mayores de 65 años en relación a la población. Porque las demandas de empleo están volviendo a resurgir. “Las dos economías están jugando muy bien sus bazas”, escribe la agencia. “Están resolviendo el paradigma con soluciones globales y procedimientos de formación técnica constante” a sus trabajadores para adaptarse a los retos de la robotización. Campo en el que ambos, además, tienen una larga trayectoria de éxito. Dos ejemplos para contrarretar a los agoreros de que la globalización está matando el empleo local.

TOP 5 de países que usan robots

Ganadores y perdedores

Para Moody’s, China, Corea del Sur y EEUU acompañan a Alemania y Japón en la cabeza de esta carrera, que se focaliza, sobre todo, en la automoción y la industria electrónica. Las tres naciones asiáticas acaparan más de la mitad de la robotización mundial. Frente a los perdedores. Sobre todo, los grandes mercados emergentes, que adolecen de fuerzas laborales de alta cualificación técnico-profesional para abordar este desfío. El informe habla de Hungría, República Checa o Eslovaquia, en el espacio europeo, que exportan manufacturas de alta tecnología -sobre todo, de capital y know-how alemán, el 20% a empresas germanas-, por un valor que supera el 50% de su PIB, debido al bajo coste de su mercado de trabajo. Pero también menciona a Indonesia, India, Rusia o Brasil. Lo que está en juego, además, es la elección de centros de producción de alta tecnología, capaces de suministrar este tipo de servicios y de bienes a los nuevos modelos de producción, alertan. Con la pérdida o ganancia de puestos laborales, generalmente de nuevo perfil profesional.

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Por cada robot se perderán seis empleos en la nueva era industrial, especialmente los vulnerables trabajadores de mercados con bajos niveles de cualificación y escaso bagaje manufacturero

Otro estudio, más académico, titulado Homo Deus: Breve historia del mañana, de Yuval Noah Harari, catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sepulta la tesis de que por cada robot se perderán seis empleos en la nueva era industrial, especialmente los vulnerables trabajadores de mercados con bajos niveles de cualificación y escaso bagaje manufacturero. Harari arroja una serie de cuestiones que ayudan a vislumbrar la luz al final de este túnel. Si los robots fueran a acabar con las plantillas laborales, cómo es posible que, en Japón, adalid de la robotización, la tasa de desempleo sea del 2,8%. O por qué existe unos permanentes déficits de trabajadores de altas capacidades en Brasil, India, México o Turquía. Y cuál es la razón por la que en EEUU hay una demanda de más de 6 millones de puestos de trabajo de índole tecnológica que no se cubre, según datos de abril pasado, cota desconocida desde hace 16 años.

Emerging Market Jobs at Risk

El debate está servido. Voces como la del CEO de JP Morgan, Jamie Dimon, apunta también en la misma dirección. Con datos elocuentes. Como que la edad laboral media del trabajador varón en EEUU, la que determina su trayectoria de cotización por empleo, oscile entre los 25 y los 54 años. “Algo estamos haciendo mal”, se pregunta Dimon en conferencias recientes. Entre otras cuestiones, porque el tamaño del contingente profesional de temporales, de trabajadores en régimen de teletrabajo, freelancers, consultores independientes y autónomos, se ha duplicado en los últimos 20 años en la primera potencia del planeta.

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Expertos como Harari defiende a los robots: Japón tiene un paro del 2,8%, los emergentes tienen déficits de altas capacidades y en EEUU hay 6 millones de puestos de trabajo vacantes

Los robots podrían revertir esta situación. O, para ser más precisos, modificarla positivamente. Eso sí, como contraprestación, el cambio productivo será rotundo. Y ya está a la vuelta de la esquina. La Inteligencia Artificial (IA), tal y como alertan Elon Musk o Mark Zuckerberg, será el Santo Grial del futuro. El arma que otorgará el cetro de la hegemonía mundial a quien logre dominar su evolución y sus desafíos futuros. Su poder parece tan determinante que ambos gurús tecnológicos se declaran partidarios de su adecuada regulación mundial. Para evitar tentaciones de uso peligrosas. Y la digitalización, la IA y la robótica caminan de la mano.

El conocimiento es poder

La robotización transformará las demandas de empleo de las compañías. Un fenómeno que se apreciará en las próximas décadas de forma nítida. De hecho, ya está sucediendo. En industrias como las de construcción de drones, vehículos sin conductor o móviles que traducen a cualquier idioma del planeta todo tipo de mensajes de voz. La paulatina sustitución de trabajadores por máquinas programadas elevará, además, la productividad y, con ello, cambiará las pautas y los niveles de competitividad empresarial. Surgirán nuevas firmas. Es la época de las start-ups.

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Gobiernos y empresarios ya se han parado a explorar e impulsar esta vía alternativa. Porque la productividad se ha estancado en el primer mundo económico desde la crisis. En EEUU, apenas ha repuntado un 1,2% interanual entre 2007 y 2016, lejos del 2,6% registrado entre 2000 y 2007. Justo cuando los baby boomers están iniciando sus retiros laborales. Las empresas -coincide sus directivos- buscarán más que nunca el talento; no es posible adivinar la correlación entre las directrices de empleo y la fuerza laboral que requerirán, por ejemplo, en 2030. A medio plazo.

En EEUU, el impacto de los robots se empieza a concebir en términos positivos. Sólo su industria de automoción, ha instalado más de 60.000 robots entre 2010 y 2015. Con un alza de la creación de empleo superior a los 230.000 puestos laborales en ese periodo. En Alemania, el número de unidades en este sector aumentó en más de 93.000 en 2015, lejos de los 14.000 de 2010. En ese sexenio, la plantilla laboral pasó de registrar un incremento anual de 93.000 a 813.000 empleos adicionales, asegura la asociación mundial de robótica, RIA. En línea con un informe de McKinsey Global Institute en el que se augura que más del 90% de los trabajos futuros estarán plenamente automatizados, por lo que robots y trabajadores “estarán obligados a cooperan juntos”.

Vulnerabilidad de los trabajadores ante la robotización del empleo

El salto de calidad de China

Pero, quizás, el caso más espectacular sea el de China. En su tejido empresarial, son ya más de 800 el número de firmas de mediana o gran dimensión que se dedican a la robótica. Un censo engordado por amplios subsidios y medidas de baja tributación. Dentro de planes específicos sobre Inteligencia Artificial de China 2025, la estrategia oficial con la que el régimen de Pekín quiere desbancar a EEUU del liderazgo global. Las cámaras de comercio americana y europea anticipan que este proceso restará flujos de inversión extranjeros hacia el gigante asiático. Que ya ha dejado de ser la Gran Factoría Mundial para concertirse en una economía con, cada vez, más valor añadido y calidad tecnológica. China es ya el país del mundo donde más rápidamente crece la robotización. Al igual que el grado de competitividad empresarial. E-Deodar, Anhui Efort o Siasun son botones de muestra. Aunque también han acudido al calor de las ventajas fiscales, la mano de obra aún barata y de los subsidios no pocas multinacionales japonesas, europeas y americanas.

China es ya el país donde más rápidamente crece la robotización, con más de 800 firmas que han surgido al calor de subsidios y ventajas fiscales para abordar un mercado de 11.000 millones de dólares

Todas ellas han generado ya un mercado asiático de 11.000 millones de dólares. La RIA también pone cifras en EEUU. Datos que anticipan un boom. La economía estadounidense adquirió el pasado ejercicio 7.406 robots por valor de 402 millones de dólares, año récord, con un alza interanual del 32%. Pero sólo entre enero y marzo de 2017 las compañías han comprado casi 10.000 robots por un montante de 500 millones. Un repunte que, según las estimaciones de la patronal mundial, sitúa a EEUU, con unos 250.000 robots industriales en uso, en la tercera posición global, detrás de Japón y China. La firma ABI Research, de prospección de mercados, se desmarca con una predicción más que notable. Prevé aumentos de facturación del 16%, cada año, hasta 2025, ejercicio en el que el valor de los robots alcanzará los 45.000 millones. Y ventas que triplican las actuales.

Fiscalidad y la afrenta a los directivos

Ante estos desfíos futuros, think tanks como el World Economic Forum (WEF) se han parado a reflexionar sobre la robotización. En opinión del club de Davos, el dato de la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, institución que dictamina los ciclos de negocios en EEUU) de que por cada robot industrial se perderán seis puestos de trabajo locales y se reducirá a la mitad el salario de los empleados, se refiere a “empresas manufactureras poco productivas” ya que, en realidad, la robotización abarata costes e incentiva a las firmas a mantener su producción en las localidades donde están instaladas. En vez de buscar mano de obra más barata en el exterior. El WEF también se hace eco del diagnóstico de McKinsey de que la pérdida neta de empleo no acontecerá ni esta década ni la siguiente. Al menos. Sino que, más bien, provocará cambios en las habilidades profesionales.

En su reflexión pasa revista a otro de los puntos candentes de este fenómeno: la posibilidad de establecer un gravamen fiscal sobre los robots. Una solución que defienden empresarios como Bill Gates, a quien le parece “lógico” que las compañías paguen cuando reemplacen trabajadores por maquinaria robotizada. Aunque otros, como Elon Musk se decantan por la renta universal o Jeff Immelt, CEO de General Electric, por acuerdos entre el sector público y privado para perfilar los cursos de formación constante que requerirán las firmas digitalizadas en el futuro.

La Eurocámara pide que las compañías que “respondan a requerimientos” regulatorios que “revelen la contribución de los robots” en su cuenta de resultados, para ver si se fijan impuestos y cotizaciones sociales

El debate de la tributación, con tantos partidarios como detractores -entre los que cala la crítica de la ambigüedad del término robot, que dificulta la definición de la base imponible, así como la indefinición de los beneficios y de la productividad adicional que generan- llegó el pasado mes de mayo a la Eurocámara. Un informe oficial de la parlamentaria luxemburguesa, Mady Delvaux, de la Alianza Progresista, inserto en el Comité de Asuntos Legales, enfatiza la necesidad de que las compañías “respondan a requerimientos” regulatorios en los que “revelen la contribución de los robots y otras herramientas de Inteligencia Artifical al resultado económico de la firma”, en aras de “establecer posibles contribuciones fiscales y de cotizaciones sociales”.

Pero la robotización también puede pasar factura al entremado directivo. Tal y como se concibe en la actualidad. Porque, si fueran cierto que la computerización pondrá en riesgo al 47% de los empleos de EEUU, como advierten economistas como Benedkit Frey y Michael Osborne, la labor de los cuadros de dirección también se resentirá. Al fin y al cabo, los robots se programan para cumplir con las dirctrices. El WEF cree que también en este ámbito la conciliación laboral será la solución final. Los robots -aseguran sus expertos- ayudarán a la toma de decisiones, al generar ventajas competitivas que facilitarán cambios puntuales y estructurales de modernización de los procesos de producción. Además, permitirán agilizar la gestión diaria. Por eso de que trabajan todos los días, 24 horas. Por lo que queda lejana la opción de que los robots acaben dando golpes de estado contra los directivos en las plantas nobles de las empresas.

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