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Una colección de fichas de Bitcoin. REUTERS / Benoit Tessier

Bitcoin ¿Por qué los bancos adoran de repente las 'blockchains' que mueven las criptomonedas?

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Hace meses las demonizaban. Al bitcoin y al resto de las divisas virtuales. Las tildaban de fraudes masivos, a sus usuarios de “estúpidos” y a sus mercados de burbujas especulativas. Ahora, añoran sus salas de máquinas, las cadenas de bloques, a las que ven como el futuro maná de sus negocios … y el de las fintech, sus catapultas hacia la digitalización.

Economía

“Los bitcoins son el peor fraude de la historia financiera” y sus acólitos, inversores "estúpidos" que son incapaces de ver "burbujas" tan peligrosas como las que generan las criptomonedas. Quien así se manifestó el pasado otoño es el todopoderoso Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan. Entonces, el valor de la más importante de las criptodivisas, el bitcoin, llegó a coquetear con los 20.000 dólares por unidad, con saltos de cotización de más de 1.000 billetes verdes semanales durante varios meses. Y no era el único. Voces como la de Tidjane Thiam, su homólogo en Credit Suisse, iban en la misma dirección: La volatilidad del bitcoin, el emblema de este mercado, “es una definición de libro de valores sobrecalentados” y este tipo de "comportamientos" -dijo en alusión el seguidismo inversor o el llamado efecto rebaño-, “raras veces acaban en un final feliz”.

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Sin embargo, apenas unos meses después de estas declaraciones, Dimon y no pocos CEO's de los principales bancos de inversión del planeta, han cambiado de opinión. De forma tajante. Porque JP Morgan se ha sacado de la chistera un informe con el sello corporativo de una de las más insignes manos que mecen la cuna de los mercados; es decir, esa utópica idea del neoliberalismo de que el devenir de los acontecimientos bursátiles equilibra la sacrosanta ley de la oferta y la demanda. El documento en cuestión ya se conoce como la biblia del bitcoin. En el mismo, se llama la atención sobre el "crecimiento extraordinariamente fulgurante" tanto del número como del valor de las criptomonedas; se reconoce la necesidad de “seguirlas de cerca” y de “prestar atención a estos mercados” y se justifica su sorprendente cambio de actitud en “la incuestionable capacidad de innovación” tecnológica que gira en torno a los blockchain o cadenas de bloques. Y todo con la cotización del bitcoin por debajo de los 8.000 dólares; entre otras cuestiones, por decisiones como la prohibición de Google de aceptar en sus plataformas anuncios de sus mercados, lo que supone una pérdida de valor de más de 130.000 millones de dólares sólo en el mes de marzo. Apuesta por las blockchain en plena caída libre de sus máximos exponentes y defensores: las criptomonedas.

Entonces, ¿qué hechos relevantes han ocurrido para que los bancos de inversión —y también los comerciales— hayan hecho de su capa un sayo y apuesten ahora por las criptomonedas? Sin duda, como no podría ser de otra manera al analizar cualquier fenómeno del sector financiero, porque existe un pingüe beneficio detrás; un negocio aún por descubrir en toda su dimensión, que está íntimamente ligado a la digitalización y a los nuevos modelos de negocio. Pero también porque estos monederos virtuales no tienen visos de desaparecer. Más bien, al contrario. Y los lobbies bancarios prefieren interceder en la inminente regulación de estas transacciones, de la mano de gobiernos y bancos centrales, antes de renunciar a una práctica, el uso e integración en sus áreas de negocio de los algoritmos encriptados de las blockchains que, para más inri, les puede reportar notables ahorros en no pocas áreas de sus departamentos laborales.

La seguridad y confidencialidad de la tecnología blockchain propiciaría a la banca un ahorro anual de 20.000 millones de dólares

En un momento propicio. En tiempos de transformación en las normas financieras internacionales y con las, a su juicio, duras y costosas exigencias y recomendaciones impuestas, tras la crisis, por el BIS en sus normas Basilea III para fijar niveles mínimos de liquidez a las entidades bancarias. Sobre todo, a las consideradas, por su tamaño y activos, de alto riesgo sistémico. Sólo la implantación de la MiFid II, las nuevas reglas financieras europeas, en vigor desde el 3 de enero, les va a ocasionar un incremento adicional de desembolsos de 100.000 millones de euros, según calcula el mercado. Sin contar con los 321.000 millones que han tenido que pagar, hasta 2018, como responsabilidad por el credit crunch de 2008, asegura Boston Consulting Group (BCG).

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Las causas de esta súbita adoración son varias. Al menos, cinco. Todas ellas ponen en tela de juicio argumentos como los de la firma Themis Trading que, siguiendo el pensamiento inicial de Dimon o Thiam, aseguraba en el fragor alcista del bitcoin, a mediados de noviembre, que el mercado de futuros de esta criptomoneda “se cerrará en un futuro inminente ante el elevado factor de riesgo de sus operaciones” que, hasta ahora, “se ha beneficiado de una desregulación que ha consentido que se escriba una historia de fraude y manipulación”; en alusión a la supuesta permisividad de sus transacciones encriptadas con el fraude fiscal, el blanqueo de capitales y el crimen organizado.

1. -El poder tecnológico e innovador de las blockchain.

Las cadenas de bloques albergan registros contables, digitalizados y descentralizados de todas las transacciones que se realizan a través de criptomonedas. Hay más de 1.200 monedas virtuales, cuya capitalización ha llegado a superar los 250.000 millones de dólares y, a tenor de ciertas predicciones, será el vehículo de pago utilizado por el 5% de la población mundial en un lustro. Pero su uso se está expandiendo a otros sectores comerciales. Y la banca desea seguir siendo el pegamento con el que se fragua, financieramente, la globalización, como convinieron en definir este negocio los bancos de inversión en los años que precedieron a la crisis. El quid de la cuestión es el uso del Distributed Ledger Technology (DLT), el método digital con el que las blockchains codifican y verifican sus operaciones y permiten, a través de algoritmos y métodos criptográficos, realizarlas con seguridad, sin opacidad y, sobre todo, sin necesidad de terceras partes; es decir, que sólo necesitan intervenir el pagador y el receptor de la operación comercial o mercantil. De ahí que toque una de las fibras más sensibles de la operativa bancaria: el cobro por servicios de intermediación. Motivo por el que, súbitamente, la comunidad financiera internacional ha empezado a mover ficha y a asumir que la tecnología blockchain es la palanca que necesitan para abordar sus procesos de transformación digital.

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Entre otras razones, porque el gran atractivo que traslada a los bancos es su capacidad para dictar y validar transacciones en un mundo desregulado como el del bitcoin a una velocidad inaudita: un nuevo bloque se incorpora a la cadena cada cinco minutos. Con resultados eficientes.

Pero no es la única. Porque la banca también valora sobremanera que sus protocolos de bases de datos compartan todos los nodos que participan en su sistema, lo que permite que, una vez en su red digital, cada terminal personal involucrado reciba un acuse de recibo de que la transacción se ha ejecutado. O, dicho de otro modo, que cada bloque opera como un banco individual de pagos. Una fórmula de éxito y de simplicidad. Con el consiguiente ahorro de costes asociados a este tipo de prácticas.

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La primera transacción internacional con cadena de bloques se completó en octubre de 2016. Fue un acuerdo gestionado por Commonwealth Bank of Australia y Wells Fargo por valor de 35.000 dólares, el precio de venta de 88 balas de algodón de la australiana Brighann Cotton, a través de su división en Texas (EEUU), a la ciudad china de Qingdao. Fuentes del sector financiero admiten que esta operación fue el acontecimiento más innovador en materia de transacciones en el ámbito internacional desde que, en 1817, Western Union, la compañía de telégrafos americana, introdujo su exitoso sistema de propiedad para transferir dinero. El mismo que sigue utilizando Pay Pal y que requiere un modelo de escala masivo y caro, pero que ha funcionado a la perfección durante más de un siglo. La alternativa de las blockchain, con su protocolo bancario universal, es la idónea en la era de la celeridad, de Internet. Todo lo que requiere, desde móviles hasta sensores integrados, desde la instantaneidad de la informática hasta el cálculo algorítmico, es ya una realidad. El gran logro del ideólogo de bitcoin, Satoshi Nakamoto, sea real o ficticio, ha generado el entusiasmo de la banca. Y no es para menos. Al fin y al cabo, la supresión de los procesos manuales, del protocolo de confirmación de operaciones entre clientes -no siempre rápidos ni del todo efectivos- o de los mecanismos de seguridad y confidencialidad ocasionarían un ahorro de casi 20.000 millones de dólares anuales a la banca. Si cumplen con los requisitos de Basilea III y de las normas financieras en vigor, más duras con sus niveles de cumplimiento legal desde la crisis.

2.- Modernización de su modelo productivo.

Los bancos andan en plena transformación digital y, por consiguiente, necesitan ganar en claridad de gestión, en fiabilidad en los pagos, en descubrir fórmulas que aumenten sus cuotas de financiación comercial y en adaptar sus informes crediticios a las nuevas demandas y modelos de negocio. Es decir, tienen ante sí un claro reto modernizador. Y la oferta de operar mediante blockchains es demasiado atractiva. No por casualidad, las firmas de cadenas de bloques aumentaron en más de 240 millones de dólares sus necesidades de capital riesgo en los primeros seis meses de 2017. Gran parte de ellos (107 millones) suscritos por la gran banca. En concreto, por R3, el consorcio neoyorquino propietario de los 40 mayores prestamistas del mundo. Y, según las predicciones de KPMG, en la segunda mitad del pasado año, los acuerdos de capital riesgo se elevaron hasta 367 millones de dólares.

Accenture cree que la gran banca ahorraría 10.000 millones al año sólo por el uso de cadenas de bloque. Un modelo que contemplan bolsas como la alemana o la australiana para administrar sus transacciones diarias. De la mano de empresas como Digital Asset Holdings, dirigida por Blythe Masters, un antiguo ejecutivo de JP Morgan Chase, pero también de IBM, Axoni o R3.

Los bancos comerciales también manifiestan su interés en explorar unos sistemas de pago con los que reducirían la gran complejidad de su gestión de pagos. A la espera de que los bancos emisores cumplan con su inusitado deseo de regular las prácticas de las criptomonedas. En este intervalo de tiempo, que la industria valora en unos cinco años, el sector financiero pretende posicionarse lo antes posible. Porque las operaciones transnacionales crecen sin control. Y porque personalidades como Ben Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal, ya participa en coloquios abiertos bajo el patrocinio de Ripple, junto a Swift, dos de las tecnológicas de blockchain más poderosas. Además, la comercialización de las finanzas en los mercados globales colisiona frontalmente con el negocio físico, con el papel, las facturas, las letras de pago o los créditos por escrito. La identificación de los partícipes mediante las cadenas de bloques no sólo facilita los movimientos, sino que también es capaz de estrechar más el cerco contra la criminalidad, contra el fraude tributario y el blanqueo de capitales. Demandas que están facilitando la creación de consorcios bancarios para la concesión de créditos sindicados con sistemas blockchain.

3.- Las fintech son las nuevas estrellas del mercado. Hay tecnológicas financieras genuinas.

También está en juego el floreciente negocio de las fintech, que ya movieron cantidades de capital riesgo de más de 400 millones de dólares en 2017

Cien por cien propias. Nacidas de start-ups de éxito fulgurante. Pero no es menos cierto que gran parte de ellas también o se han asociado o han crecido bajo la tutela de la gran banca. Y estarán en boga en 2018. Estudios americanos, donde han arraigado especialmente, hablan de que los bancos van a elevar sus inversiones en fintech en un 82% este año y que, de estos planes, el 86% será capital de liberación inmediata. La consultora Statista cifra este flujo de inversiones en 4.700 millones en el mercado de EEUU. La mayor parte de esta cantidad se destinará a la creación de ecosistemas operativos con cadenas de bloques. “Es la tecnología que necesita la industria financiera”, enfatiza Reetika Grewal, de Silicon Valley Bank, “facilitadora de inversiones y crédito, segura, inmediata y facilitadora de nuevas fintechs”.

4.- Wall Street ha dictado sentencia, obsesionado con su modelo.

Ya en el último bienio se ha visto su estrategia. Impresionados por que las transferencias se certificaran en tiempo real a través de i-message. Un grupo de siete bancos -entre ellos, UBS, Unicredit o Santander-, fueron pioneros en mover sus transacciones mediante blockchains, ideado por Ripple. Igual que Goldman Sachs o Barclays, en estos casos, con inversiones propias. JP Morgan, algo más escéptico al principio, se ha unido a Citigroup, Bank of America o Credit Suisse en la idea de mutualizar entre ellos aplicaciones de cadena de bloques para facilitar créditos en los mercados de derivados.

Wall Street alienta el uso de cadenas de bloques para consolidar su digitalización, pese a que todavía no hay un consenso regulatorio sobre las criptomonedas

A finales de 2016, había una cincuentena larga de bancos en condiciones de aplicar métodos de cadenas de bloques, pero ninguno se atrevió entonces a dar el primer paso. Todo este movimiento se une a la proliferación de start-up (bitFury, BitGo, Bitnet, Bitstamp o itBit) cuyo negocio reside en establecer cauces de entendimiento y cooperación con el Departamento de Justicia, el FBI, o la comisión supervisora de materias primas, la CFTC, para perseguir posibles focos de fraude. Pero su paulatina implantación no ha sido obra de Silicon Valley. Ni de la Administración americana en su exigible misión de evitar la criminalidad organizada o la financiación de grupos terroristas o cárteles de narcotraficantes. Sino que su impulso ha partido, inequívocamente, de Wall Street. Son las grandes firmas de inversión, pues, las que han tomado la iniciativa. Y van ganando. Porque, en paralelo, están consiguiendo, como acaba de constatar la semana pasada el Senado americano, que se desmantele la Dodd-Frank, la ley de Obama contra el riesgo financiero de los bancos, que data de 2010. Más negocio, más fulminante … y con menos control.

5.- Los bancos centrales entran en escena.

Era la pieza que todavía quedaba suelta. Por fin, se han decidido a actuar. O, para ser más precisos, a admitir que tendrán que regular las criptomonedas y, por ende, su modelo tecnológico y operativo. Alemania, Francia e Italia lo han incorporado a la agenda futura del G-20. Aunque desde 2015, varios bancos centrales, como la Fed, el Banco de Canadá o el Banco de Inglaterra hayan lanzado investigaciones específicas sobre divisas digitales. Ahora precisamente. Cuando los bancos han decidido explorar y acceder a estas nuevas fuentes de recursos e ingresos. Cuando Accenture avanza que el modelo de blockchain se expandirá por todo el sistema productivo, con aplicaciones industriales específicas para negocios y sectores, para lo cual, se requieren cauces financieros similares. Cuando países como Suiza o Malta, fuera de la lista negra de paraísos fiscales de la UE, pero cercanos al patrón de centro off-shore; Israel o Rusia, que han sido señalados en las últimas décadas como territorios propensos al lavado de capitales, o los emiratos del Golfo Pérsico, han decidido fomentar sus criptomonedas o regular, de forma laxa y antes que las grandes potencias industrializadas, la regulación de estas divisas. O cuando a EEUU le preocupa, desde el punto de vista de la seguridad nacional, más Petro, la moneda virtual ideada por el Gobierno de Nicolás Maduro, al que amenazó de inmediato con sanciones financieras, que los movimientos especulativos (o la alta volatilidad) del bitcoin. Una demora que les aleja, una vez más, de un capitalismo ordenado, con reglas previas y rigurosas, que evitan tsunamis por exceso de activos tóxicos o de mala praxis inversora o empresarial, en busca de beneficios desorbitados.

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