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El presidente de la Comisión Europea, Juncker, junto a la canciller alemana, Angela Merkel. / REUTERS

Reformarse o morir, esa es el dilema al que se enfrenta el euro

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“El euro puede acabar con la UE”, alerta George Soros para enfatizar la trascendencia de la cumbre de este jueves y viernes en Bruselas. Pero las reformas económico-financieras no son la única amenaza. La ausencia de una auténtica política migratoria también ataca los cimientos de la Unión. Y las posturas de los socios siguen lejos de cualquier consenso ambicioso.

Economía

Prohibido contemporizar. Esa es la clara advertencia que los expertos lanzan, especialmente a los socios del euro, a una semana vista de la cita del Consejo Europeo. Porque el orden mundial está en plena ebullición, en una vorágine de transformaciones en todos sus resortes. Desde las relaciones geopolíticas, hasta las comerciales, las económico-financieras, con convulsiones en el mercado por la alta volatilidad de las inversiones, las bolsas y los tipos de cambio de las divisas y el final de la fiesta del dinero en EEUU o el encarecimiento del petróleo. Un movimiento sísmico que afecta, incluso, a las alianzas estratégicas en materia de seguridad y defensa

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Europa, la UE, el más importante proyecto supranacional jamás forjado, corre el serio riesgo de firmar su acta de defunción. De enterrar su integración política, económica y social, si no da pasos definitivos y decisivos hacia un espacio más homogéneo, hacia una mayor cooperación. Ni siquiera tendría demasiada validez una apuesta por la Europa de las dos velocidades, la herramienta ideada para que los socios más convencidos en avanzar hacia un armazón más armonizado bajo unas reglas de juego más ambiciosas, si en el horizonte próximo no se rema -todos los socios o un núcleo más o menos selecto de los actuales Veintisiete, si se mantiene abierta la opción de que países que, como Italia, puedan plantear un divorcio similar al del Reino Unido- en una única dirección: la unidad política, económica y social.

Es como si se hubieran dormido con la larga siesta geoestratégica

Voces como la del financiero y filántropo George Soros ven en la súbita entrada en un nuevo, complejo y más peligroso -por inestable- orden mundial, a instancias del viraje trumpiano tanto en política exterior, como en estrategia económica, en el terreno financiero y monetario y en la escalada militar que, además, viene acompañada de ínfulas nucleares nunca vistas desde el final de la Guerra Fría, una prueba de fuego para Europa. Toda una afrenta para sus dirigentes, que han sido acusados de falta de liderazgo desde el nacimiento del euro y la adhesión de los países del Este, en los primeros años del cambio de siglo, y que nunca, desde entonces, han tomado adecuadamente el pulso al tablero de ajedrez internacional. Ni siquiera tras el 11-S y la irrupción del terrorismo islamista. Es como si se hubieran dormido con la larga siesta geoestratégica que va desde la caída del Muro de Berlín, el 11 del 9 (de 1989) y los ataques yihadistas del 9 del 11 (2001). Soros acaba de dejar constancia de los riesgos de esta letanía europea. La “terminación” del tratado nuclear con Irán y la “destrucción” de la alianza transatlántica -debido, por un lado, a la guerra comercial sin cuartel entre los dos mercados más poderosos del planeta y, por otro, a la negativa de la Casa Blanca a seguir sufragando su actual factura de la OTAN-, ambos giros por decisión unilateral de Washington, sitúan a la UE ante “un dilema existencial inminente”.

A su juicio, en un contexto coyuntural difícil, con carreras especulativas de monedas por la fuerza inusitada del dólar, pérdida de vigor económico, distorsiones financieras aún sin resolver en los sistemas financieros del Viejo Continente y el fantasma de otro credit crunch pululando por los mercados. “Todo lo que podría ir mal, está yendo mal”, asegura. “El euro tiene todavía muchos problemas sin resolver que podrían acabar por destruir a la propia UE”. Porque su doble crisis, la de la deuda y la de los refugiados, ha catapultado al populismo al poder y ha hecho resurgir la “desintegración territorial” en varios países y en el seno de la Unión -en alusión al Brexit-, en gran medida, también, por los años de austeridad desmedida impuesta desde Berlín a los socios monetarios europeos. En especial, a los solicitantes de rescates.

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Migrantes en el buque Aquarius justo antes de desembarcar en València EFE/EPA/MSF

Los eurobonos siguen en el baúl de los recuerdos.

De la misma opinión es también Kenneth Rogoff, antiguo economista jefe del FMI y profesor en ejercicio de la Universidad de Harvard. “Varios de los líderes europeos se niegan a reconocerlo, pero su status quo actual no resulta sostenible. O crean una mayor y más efectiva integración fiscal, financiera, presupuestaria y monetaria del euro o el proyecto europeo se resquebrajará”. Sin remedio. Rogoff matiza su presagio. A corto plazo, el escenario, incluso, invita al optimismo. Con el PIB creciendo, hasta finales de 2017, al mayor ritmo en doce años, en medio de una sólida recuperación, y con el tándem Emmanuel Macron y Angela Merkel con mandatos despejados y relativamente estables en sus países, engrasando de nuevo el eje franco-alemán y reanimando la fiabilidad del euro. Pero su suerte -explica Rogoff- está echada. Su misión es “cómo maniobrar el euro para que sea sostenible”. Con mayor integración o permitiendo que estalle por los aires de forma caótica. “Porque es del todo punto improbable que la moneda europea no se enfrente a un nuevo examen de resistencia en los próximos cinco o, a lo sumo, diez años; si no antes”. Y bajo las directrices presentes, la complacencia que se ha instalado hasta el comienzo del actual ejercicio, se puede tornar en incertidumbre. En concreto, Rogoff menciona un hecho elocuente que justifica su teoría. Los eurobonos, que fueron enterrados con cal por la canciller durante los años más duros de la gestión de la crisis de la deuda, volvieron a situarse en lo alto de la agenda reformista tras la victoria de Macron. Pero, a día de hoy, “y después de los años de la estrategia de compra de activos por parte del BCE”, en la que debió discutirse, primero, y ponerse en liza, con carácter inmediato, siguen en el baúl de los recuerdos.

La dupla Merkel-Macron, pues, dirigirá los designios del euro. Sin embargo, el resto de socios van a ser igual de determinantes. De sus posiciones, y de sus capacidades de consenso, van a depender el futuro de la unión monetaria y, en consecuencia, la resistencia y músculo de la UE ante los retos de la globalización y la digitalización industrial. Pero, ¿qué se dirime en la cumbre de este 28 y 29 de junio? En el siguiente decálogo se incluyen varias claves para dilucidar si el acuerdo final responde a los niveles de ambición que precisa la sostenibilidad futura del euro.

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La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron. / REUTERS

1. ¿Qué reforma estará sobre la mesa de los líderes europeos?

Un clima hostil previo a la cumbre.

Francia y Alemania acuden a la cita con un documento pactado bajo el brazo. Con puntos relevantes, que dejan atrás dos meses de disputas entre el planteamiento de máximos de Macron, que incluía la creación de un Tesoro europeo y la mutualización de los bonos (el nacimiento del eurobono) para mitigar ataques a las deudas soberanas (primas de riesgo o diferencial de la rentabilidad de estos productos en los mercados respecto al bund alemán). Aun así, el grueso de la propuesta es alentadora. Tal y como asegura Nicolas Veron, analista de Bruegel, “no representa una reforma completa, pero avanza hacia el progreso”, teniendo en cuenta “las dificultades en la política interna alemana” con una tensión permanente entre el ala dura del bloque conservador, la CSU bávara, en aspectos como la inmigración, su inflexibilidad a cualquier modificación de los estatutos del BCE o su negativa a financiar desde Berlín nuevos desembolsos anti-crisis, “e Italia”, con su coalición entre la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas -que perseveran en sus mensajes contra el euro- y que “han generado un clima hostil” previo a la cumbre.

El plan del eje franco-alemán gira en torno al nacimiento de un euro-presupuesto que, a juicio del motor integrador de Europa, iniciará su andadura en 2021, promoverá la competitividad y la convergencia y, en consecuencia, la estabilidad al euro. Con recursos que procederán tanto de las contribuciones nacionales, como de fuentes europeas e ingresos impositivos varios, entre los que se incluyen un tributo a las transacciones financieras (inspirada en la llamada Tasa Tobin) y gravámenes a las firmas digitales. El propósito del presupuesto será la inversión en innovación, en capital humano y reservará un fondo de desempleo. Cualquier socio bajo escenarios de crisis podrá suspender sus aportaciones presupuestarias.

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2. ¿Qué hay en la trastienda de París y Berlín con este acuerdo?

El road map franco-alemán se asienta sobre un trípode esencial. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM, según sus siglas en inglés). París y Berlín se cuidan de denominarlo el Fondo Monetario Europeo (FME). A la espera de la rúbrica del resto de socios de la zona del euro. Pero, de facto, lo será. Su misión será socorrer a bancos en situación de quiebra. Queda por decidir la cantidad y la fórmula de liberación de sus líneas financieras, pese a que la intención que se plasma en el documento es que actúe como prestamista de última instancia. En casos de crisis. Francia y Alemania serán determinantes en el proceso de toma de decisiones. Victoria para Berlín. Al igual que el tope financiero de la institución: 55.000 millones de euros. París ha logrado que esté plenamente operativo antes de 2024.

Fondo de Depósitos. Garantías monetarias frente a futuras quiebras bancarias. Reivindicación del BCE, que siempre ha visto este instrumento clave para consolidar la unión de los sistemas financieros del euro.

Reestructuración de deudas. Creación de un mecanismo para la revisión de los vencimientos de pagos más acuciantes. Indispensable para parar efectos contagio entre socios. La crisis griega y la admisión de su incapacidad para hacer frente a sus compromisos de deuda inmediata. Aunque este paso tiene un claro requerimiento de contribuyente netos de la Unión, como Alemania u Holanda: debe suscribirse, previamente, todas las garantías a los inversores privados, con objeto de que se les preserven los derechos a los acreedores. Es la fórmula, en cualquier caso, que se siguen en los dos grandes foros globales de este tipo de negociaciones: el Club de París, surgido para dirimir nuevos escenarios de pago entre países soberanos, y el Club de Londres, que acoge las discusiones con las empresas.

Los analistas convienen en señalar que la propuesta franco-alemana, con estas aportaciones, ha elevado el rango de calidad de la reforma del euro, deteriorado en los últimos dos meses.

3. ¿De dónde proceden las fuerzas que se oponen a un pacto de máximos?

Esencialmente, de latitudes del norte. El nein de Merkel a la agenda reformista de la Comisión Europea -el informe Juncker-, secundada en casi su totalidad por Macron, tiene el apoyo detrás de los países nórdicos y Holanda. El presidente del Ejecutivo europeo apostó por un presupuesto anticrisis, completar la unión bancaria con medidas de mutualización de riesgos, nombrar un ministro de Finanzas del euro y convertir el mecanismo de rescate Mede en un FME. Cualquier paso hacia la asunción conjunta de coberturas dinerarias por episodios de crisis se ha topado con el rechazo fulgurante del primer ministro holandés, Mark Rotte, que también ha declarado su oposición a hipotéticas transferencias de soberanía a instancias europeas. Es una nueva reedición del enfrentamiento norte-sur. Es decir, entre contribuyentes, países centrales, y periféricos, tildados de displicentes en materia presupuestaria. Rotte encabeza una alianza nórdica (Dinamarca, Finlandia y Suecia), pero también báltica (Estonia, Letonia y Lituania) e, incluso, Irlanda, que ha salido fortalecida del rescate. Por cierto, el recurso mutualizador más importante surgido tras la crisis en territorio europeo. Su planteamiento, en esencia, se centra en constituir salvavidas fiscales nacionales que sirvan para confeccionar estabilizadores automáticos, recursos que se destinarán a reducir los efectos colaterales de las épocas de vacas flacas. En especial, seguros de desempleo.

“La UE debería evitar nuevas transferencias y competencias a instituciones europeas si desea restablecer su credibilidad”, han afirmado, en un comunicado conjunto, los titulares de Finanzas de estos países. Una clara declaración de intenciones que concuerda con los planes de la CSU. Y que perfilan otro obstáculo, parece que insalvable, para que el BCE incorpore a sus análisis de la política monetaria, la creación de empleo, el dinamismo económico y un objetivo de inflación menos riguroso e inflexible del actual, situado en el 2%. A imagen y semejanza de la Reserva Federal.

4. Los académicos quieren una reforma radical del euro

Un estudio suscrito por Jean Pisani-Ferry o Phillippe Martin, antiguos asesores de Macron, Jeromin Zettelmeyer, del ex secretario del SPD y ex ministro de Economía, Sigmar Gabriel o Isabel Schnabel, integrante del Consejo de Sabios que aconseja a la canciller Merkel, critica la escasa corresponsabilidad europea -un guiño al Sur- los parches financieros puntuales y el exceso de disciplina de mercado en el que la unión monetaria ha incurrido, como norma de funcionamiento habitual, para afrontar sus dificultades. “El progreso debe ir acompañado de mecanismos que compartan los riesgos” sistémicos. Algo que debe alejar al euro de la concepción genuinamente alemana en torno a la divisa europea.

Grosso modo, plantean seis grandes áreas reformistas. En primer lugar, respaldan el fondo de garantía de depósito, pero recomiendan limitar la deuda pública en manos de los bancos y exigir más capital (liquidez) cuando se fragüen fusiones con especial riesgo sistémico. A continuación, apoyan el mecanismo de reestructuración de deuda. Y, como contrapeso a la anterior, la puesta en marcha del eurobono. Son partidarios de un presupuesto europeo que coordine y dé soporte comunitario a los estabilizadores automáticos nacionales, demasiado vulnerables a las embestidas financieras de los mercados en época de crisis. Otra visión sureña. También sugieren modificar las reglas, rígidas y complejas, del Pacto de Estabilidad, demasiado procíclicas, por lo que “no resultan creíbles” en episodios de dificultad en los ingresos. Por último, esgrimen, ante el conflicto que provoca el superministro del euro que, al menos la presidencia del Eurogrupo no sólo sea permanente, sino que recaiga en un comisario.

5. ¿Dónde difieren los planteamientos de la Francia de Macron y de la Alemania de Merkel?

La urgencia de poner al euro en acción cobra más sentido bajo la batalla comercial impuesta por Trump y dirigida hacia la UE

El mensaje de Macron está más en sintonía con los principios doctrinales de los padres de la UE. De hecho, sus planes de refundar el euro y resituar a Europa en el centro de la multilateralidad, en pleno desafío al orden mundial de Trump, ha traspasado varias de las líneas rojas alemanas. Si bien es cierto que, desde su discurso en la Sorbona, el pasado septiembre, ha revestido de un tupido velo conservador su ideario inicial. A cambio de un relativo apoyo de Merkel a alguna de sus consideraciones. Como a la de crear una fuerza de intervención militar europea. Con mucha probabilidad, a cambio del visto Bueno de París a un sistema de asilo centralizado con autoridad europea en la concesión de asilos. Respecto al euro, la urgencia de poner al euro en acción -o de desencadenar una guerra civil reformista en torno a la moneda única, que también explicó Macron- cobra más sentido bajo la batalla comercial impuesta por Trump y dirigida hacia la UE. En este contexto, Merkel navega entre dos aguas. Contentar a su socio francés sobre el euro le va a acarrear fuertes réplicas internas. Desde su formación hermana, la CSU, de anular cualquier transferencia de poder a las instituciones europeas y, desde el SPD, con el que forma coalición de gobierno, por su negativa a instaurar una estrategia de seguridad con un alza significativa de recursos federales. Pero, además, el tridente gubernamental alemán sigue con sumo interés los planes de gasto que se dispone a poner en marcha el Ejecutivo italiano, euroescéptico, de Conte.

Macron ve en esta cumbre una oportunidad de oro para cambiar la eurozona

Fuentes académicas calculan en más de 50.000 millones de euros el coste de que la Liga implante su compromiso electoral de instaurar un tipo impositivo único sobre la renta, además de cifrar en otros 8.000 millones la reforma de las pensiones que plantea el Movimiento Cinco Estrellas. En total, la entrada en vigor del recetario del bipartidismo que dirigirá los designios italianos necesitaría, en su opinión, unos desembolsos de entre 109.000 y 126.000 millones de euros, entre el 6% y el 7% del PIB nacional.

Macron ve en esta cumbre una oportunidad de oro para cambiar la eurozona. El PIB europeo crece y no hay contiendas electorales, enfatizan sus asesores. Terreno abonado para el cambio. Para recuperar el road-map de Jacques Delors, en 1989, de consolidar la integración del euro, la base de la propuesta gala. De ahí que incluyera la mutualización de los bonos y la revisión de los estatutos del BCE. La capacidad visionaria de Delors, el año de la Caída del Muro de Berlín, se vio truncada en Maastricht por deseo expreso del Reino Unido de Thatcher, que se opuso a la creación de un Tesoro del euro, el sustrato de los eurobonos, saldrá a relucir cada vez que, en el futuro, de no aprobarse en esta ocasión, la divisa de tambalee. O la crisis de la deuda reaparezca de nuevo. En este aspecto, Berlín considera como alternativa el mecanismo de reestructuración de deudas y los esfuerzos adicionales que se preparan para que los bancos suelten parte de sus lastres de deuda de los Estados. Indispensable para abordar fusiones paneuropeas, como quiere Berlín.

El populismo nacionalista ha emergido en Alemania

Es la visión comunitarizada de París, frente a la más intergubernamental de Berlín. “El contraste entre el entusiasmo francés y los temores germanos”, explica Charles Grant, director del Center for European Reform (CER). Entre la utopía de forjar el escudo monetario que precisa el euro y que demanda El Elíseo, y el pragmatismo de la Cancillería de no explorar proyectos de gran calado sin antes comprobar la fidelidad de los socios al sacrosanto principio de la austeridad y el rigor presupuestario. Ahora que el populismo nacionalista ha emergido en Alemania y, con él, la negativa social a que Berlín sufrague más deudas ajenas. De ahí que su reforma contenida guarde las consignas de Wolfgang Schaüble, custodio de la disciplina fiscal, líder de la CSU y ex ministro de Finanzas con Merkel. O que un grupo de 154 economistas alemanes, entre los que se encuentra Jürgen Stark, antiguo miembro del Consejo Ejecutivo del BCE, publicaran hace unas semanas una carta en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) en la que criticaban el plan de Macron por ser, a su juicio, “una unión de responsabilidades” en vez de un bloque monetario y económico. “Sería un riesgo, un peligro para el euro”, dicen. Delors contra Schaübel.

6. ¿Y España?

Llevará un talante más europeísta, más pegado a París, que el del anterior equipo de Gobierno, cercana a las tesis de Berlín, cuyos pilares se cimentaban sobre un FME y un fondo de garantía de depósitos común, una integración económica que facilite las fusiones bancarias, una mayor homogeneización fiscal y un instrumento de protección de inversiones ligado al BEI. Demasiada tenue, incluso, para la presidenta del Santander, Ana Patricia Botín, partidaria de la mutualización de los bonos y de los cambios estatutarios en el BCE. De momento, Josep Borrell, ministro de Exteriores, ha trasladado a sus homólogos la visión pro-europeista de España, a favor de cambios drásticos que culminen la convergencia, en todos los órdenes, del euro, además de mostrarse partidario del diagnóstico de la Comisión y de Francia. Bruselas también busca en el nuevo Ejecutivo español un “aliado” para avanzar en las reformas del euro.

La canciller alemana Angela Merkel y el presidente español Pedro Sánchez. / REUTERS

7. ¿Cuál es el dictamen del BCE?

Mario Draghi también se inclina por la ambición francesa. De avanzar al unísono en integración y en rigor fiscal y armonización económica. Y de que se cierre la unión bancaria con avances en la regulación, más sofisticada y rigurosa, en materia financiera, tras la intención de la Administración Trump de “flexibilizar” la Ley Dodd-Frank de 2010, que se articuló de urgencia bajo el mandato de Barack Obama con la finalidad de parapetar el peligro de nuevas quiebras bancarias en EEUU y de garantizar los derechos de los usuarios de la banca, muchos de ellos, abocados a declararse en bancarrota por las hipotecas subprime, origen de la crisis de 2008. Draghi, como su ex homóloga en la Fed, Janet Yellen, en el cargo hasta el pasado enero, considera que la maniobra legislativa que ultima la Casa Blanca supone “hacer retroceder el reloj [de la regulación bancaria] al periodo previo al tsunami provocado por la suspensión de pagos de Lehman Brothers. La posición del, todavía, hasta diciembre, presidente del BCE, es más que significativa. Ha cumplido con su promesa de “salvar al euro” de la crisis de la deuda. Sobre todo, con su programa Quantitative Easing (QE), de compra de activos, para el que ha empleado, en contra de los criterios de Berlín, 2 billones de euros, de los que 250.000 millones han ido a adquirir deuda soberana, corporativa y bancaria de España. El gran balón de oxígeno que tuvo el Gobierno de Rajoy para devolver la coyuntura macroeconómica a los números negros.

Draghi: "La mutualización de los riesgos debe ir aparejada a un adecuado diseño de la convergencia monetaria y económica del área"

Draghi ha puesto un ejemplo elocuente, semanas antes de la cumbre europea. Además de dar su apoyo a un presupuesto federal para el euro, ha recordado en una reciente conferencia que en EEUU tuvieron que cerrar medio millar de bancos con un multimillonario desembolso a modo de rescate, pero su fulgurante reacción “sólo tuvo que solicitar la intervención del Tesoro, que sufragó las tasas de endeudamiento en cinco años”. Como contraste, “en Europa, la lección que hemos aprendido es que los países, por sus propios fondos, no pueden enfrentarse a schoks de esas características”. La mutualización de los riesgos debe ir aparejada a un adecuado diseño de la convergencia monetaria y económica del área, concluyó. El problema es que el pensamiento de Draghi amenaza con ser dilapidado por su sucesor, presumiblemente por Jens Weidmann, el actual jefe del Bundesbank, con Luis de Guindos como su aliado en la vicepresidencia del BCE, y ambos defienden el final de los estímulos monetarios y de la política de tipos de interés cercanos a cero.

8. Reformas en época de ralentización económica

La euforia de 2017 ha dado paso a unas perspectivas, del mercado, más modestas.

Los líderes europeos se van a reunir en un momento de incertidumbre económica. Con el euro perdiendo fuelle respecto al dólar, aunque sea la divisa que mejor comportamiento está teniendo, de las grandes potencias, en el recorrido alcista del billete verde, y el dinamismo del PIB en ralentización. La euforia de 2017 ha dado paso a unas perspectivas, del mercado, más modestas. Después de cinco trimestres consecutivos con incremento de previsiones de crecimiento, el consenso de analistas se decanta por una actividad del 2,3% para este año. Con pérdida en el ritmo de creación de puestos de trabajo; en especial, por la atonía del consumo y de la actividad industrial. Pero, además, este mayor pesimismo que se atisba se ha dado de bruces con una nueva realidad: la guerra comercial abierta por EEUU y que tiene en uno de sus puntos de mira a Europa, en general, y muy especialmente, a Alemania, a la que Trump acusa directamente de una parte substancial del agujero en la balanza comercial americana. Toda la coyuntura, dice Florian Hense, del Berengerg Bank, “está a expensas de que el proteccionismo estadounidense no desemboque en una confrontación en toda regla”. Desde el viraje del BCE -en alusión al riesgo de que la lapidación del programa de compra de activos deje a la eurozona sin estímulos y, con ello, se paralicen decisiones de inversión y empleo, hasta que el sector exterior europeo se paralice sin remedio. En caso contrario, si la UE reanima sus exportaciones con acuerdos con otros mercados o minimizando los efectos con EEUU, “el PIB se podría recuperar después del verano”, explica. Sin descuidar el conflictivo ambiente que se está generando en torno al divorcio británico de la UE. El Brexit es otro foco de tensión permanente.

9. Los bancos europeos planean fusiones de calado

Berlín aduce como argumento de rechazo a un fondo más millonario para futuros rescates que sería un colchón dirigido casi en exclusiva a reparar el sistema financiero italiano. Sin duda, el más acuciado, el que más precisa de una profunda recapitalización. Pero obvia que el Deutsche Bank ha sido considerado por el FMI como el mayor riesgo sistémico del sector financiero global y que ha recibido varias reanimaciones de liquidez germana en los últimos años a través de sus participadas industriales. De hecho, el gran banco alemán está en no pocas quinielas de fusión. La última, procedente del mercado, revela una integración con BNP Paribas y Sociètè Genèrale. Es la salida que buscan en Alemania para tratar de superar este escollo. Como ya hiciera el Ejecutivo español con las cajas de ahorro antes de su exigida reconversión a bancos por Europa y que sólo encontró alianzas estratégicas una vez se acudió al rescate financiero. Esta incertidumbre también resulta ser uno de los motivos por el que se oculta, sin fecha prevista, los resultados de los stress-test del BCE para este año.

10. A vueltas con la política migratoria

El último gran condicionante de las reformas del euro es la inmigración. El otro gran resorte de tensiones en la UE en su conjunto. De no alcanzar un acuerdo en este terreno, se abriría una grieta de consecuencias impredecibles para el futuro de Europa. Y los nacionalismos populistas del Este, el Gobierno de Italia, con el neofascista Matteo Salvini, de la Liga Norte, al frente de un Ministerio del Interior que ha hecho bandera del cierre de los puertos trasalpinos a los barcos de inmigrantes y de las descalificaciones racistas a todos los sin papeles, no augura un buen resultado. 

Flujo de migrantes que llegan por el Mediterráneo. / Fuente UNHCR

El plan de Macron y Sánchez de crear centros de acogida será el nudo gordiano sobre el que se girará la futura, si la hay, política migratoria de la UE.

Tampoco las presiones del nuevo halcón de Berlín, el líder de la CSU, Horst Seehofer, partidario de la creación de un gran centro de asilo en un país europeo no miembro de la UE. Una tesis lanzada por Austria, Dinamarca -que ha endurecido de forma drástica los requerimientos de entrada al país- y Holanda y que, soterradamente, también es del agrado de Seehofer. Ni la radicalización que este asunto toma en Hungría, donde Víktor Orban, acaba de aprobar una ley que criminaliza las ayudas a los inmigrantes. O los mensajes incendiarios de Trump contra la permisividad, a su juicio, de la UE. De ahí que Juncker decidiera convocar la cumbre de emergencia del pasado fin de semana, previa a la trascendental cita del Consejo Europeo, para tratar de alcanzar un hilo conductor que culmine en acuerdo. Cuando la entrada de extranjeros se ha ralentizado en toda la órbita de la OCDE por primera vez desde 2011. El plan de Macron y Sánchez de crear centros de acogida, surgida en el preámbulo de la llamada a capítulo de Bruselas, en suelo europeo, será el nudo gordiano sobre el que se girará la futura, si la hay, política migratoria de la UE.

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