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Pepita Amado, cuyo padre fue concejal republicano del Ayuntamiento de Sevilla, se hace la prueba del ADN.

Fosa de Pico Reja Familiares de víctimas de la represión franquista comienzan a hacerse pruebas de ADN en Sevilla

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El Ayuntamiento de Sevilla, la Diputación y la Junta de Andalucía financiarán los trabajos de exhumación de la fosa de Pico Reja, que se inicia con la toma de muestras de ADN por el equipo de José Antonio Lorente, de la Universidad de Granada

España

82 años dura ya en la mente de Josefa Amado la memoria de aquella madrugada del verano de 1936 en que comenzó a crecer la ausencia, en que varios guardias civiles se llevaron a su padre, quien ya nunca más volvió. “Tengo 92 años. Yo no sabía si iba a ver este momento”. A su lado, se sienta su hermana Carmen, seis años más pequeña. “Los que nos dicen, déjenlo estar, ¿por qué lo dicen? Eso es porque no tienen a nadie allí”. Allí es la cuneta, allí es el limbo, allí es el olvido de cualquier muro en el cementerio, contra el que golpeaban los cuerpos muertos una vez fusilados, allí es en este caso la fosa común de Pico Reja, en Sevilla. Allí es también el paisaje desolador de 82 años de orfandad, de 82 años de miedo, de 82 años de dolor. Allí es, en fin, la ausencia de papá.

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Con ellas dos, con Josefa y Carmen, están en una sala del laboratorio municipal de Sevilla otros 50 familiares de represaliados por el franquismo. Sobrinos, sobrinas, nietas, nietos, sobrinos nietos, sobrinas nietas, porque no todos los hijos ni todas las hijas han tenido la suerte de Josefa Amado, de poder “ver este momento” en el que, al fin, alguien, en representación del Estado, con todas las de la ley, se arremanga y le ayuda a buscar a su padre, qué menos. Y le dice, además, que si lo encuentra, le facilitará la sepultura que ella elija. Qué menos.

Sentados sobre una mesa, enfrente de las familias, están la concejala socialista Adela Castaño, el forense, catedrático de la Universidad de Granada, José Antonio Lorente, y Miguel Ángel Melero, de la dirección general de Memoria Democrática del Gobierno andaluz, que escuchan, responden, explican, resuelven dudas sobre el proceso, inician lo que ha tardado 82 años en hacerse. Después, llega el propio alcalde, Juan Espadas, que se retrasó porque venía de cuidar a su madre. Venía Espadas -cuyo abuelo, funcionario del Ayuntamiento de Sevilla también fue represaliado- dispuesto a escuchar, a explicar y a decir las veces que hiciera falta que la fosa se exhuma, que ya no hay marcha atrás.

Los familiares pierden el miedo, lloran, ríen, se expresan o se callan, según lo que sientan. Cuando alguien habla, todo el mundo escucha. Y de repente la atmósfera es diferente, más cálida, familiar, como si las memorias tantas veces invocadas estuvieran por ahí de alguna extraña manera. Hay, hubo, sin duda, algo profundamente terapéutico en esta reunión, hay, hubo, sin duda, algo que sana, que contribuye a sobrellevar el largo duelo de 82 años, en el hecho tan simple de estar allí reunidos, tan solo hablando, escuchando, esperando a que les den la vez para que les metan un palito de plástico en la boca, del que se extraerá una muestra de saliva.

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El alcalde de Sevilla, Juan Espadas (segundo por la derecha), en la reunión con las víctimas.

“Aunque tarde, y por ello os pido disculpas, queremos hacer las cosas bien”, dice Adela Castaño. “Hoy empezamos a recoger las muestras de ADN. Queremos empezar la exhumación en la fosa antes de que acabe 2018, pero no quiero dar fechas, porque tenemos que dejar trabajar a los técnicos. Pero sí os digo que el convenio está muy avanzado”. Entre los asistentes a esta reunión estaba allí, entre las familias, como siempre, Cecilio Gordillo, coordinador del grupo de trabajo Recuperando la historia social de Andalucía, del sindicato CGT, uno de los promotores de la web todoslosnombres.org. Gordillo le pidió un esfuerzo de información al Ayuntamiento para hacer folletos, dípticos, trípticos, para que se repartan en los centros cívicos, en los centros sociales, por toda la ciudad, para que los familiares de los represaliados se puedan enterar de que al fin se exhuma la fosa y de que pueden acercarse al ayuntamiento y pedir que a ellos también les hagan las pruebas de ADN, por si suena la flauta, y los huesos pueden salir de allí y regresar con sus familias a ese lugar al que pertenecen. Castaño recogió el guante y le garantizó que lo iba a hacer. El ayuntamiento distribuyó este vídeo, en el que se recogen.

Entre los presentes, estaba también el historiador José Díaz Arriaza, cuyo trabajo Ni localizados ni olvidados, las fosas del cementerio de Sevilla ha permitido saber que hay, en la de Pico Reja, más de 1.100 personas asesinadas en cumplimiento de las instrucciones del general golpista Gonzalo Queipo de Llano. Entre ellas, se supone que están Blas Infante, autor de El Ideal Andaluz, símbolo del andalucismo y reconocido por el Parlamento en 1983 como padre de la patria andaluza. Y, claro, también, el papá de Josefa y de Carmen: Rafael Amado Peña.

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Vida y muerte de Rafael Amado Peña

Así fue su vida y su muerte, según contó uno de sus nietos en la biografía colgada en todoslosnombres.org: “Rafael Amado Peña, nació en Carmona (Sevilla) el 25 de Marzo de 1892. Era el cuarto de una familia de siete hermanos y, junto con sus padres, se trasladó a Sevilla, donde su padre regentaba una fábrica de botones que un día quedaría destruida por un incendio. De ahí el apodo por el que era conocido, el botonero. Más adelante, su padre montó un negocio de panadería en el que él trabajaba repartiendo el pan”.

“Ya de adulto, conocedor de ese negocio, logró montar su propia panadería en Sevilla en la C/ San Hermenegildo nº 10. Se casó con Ana Roldán Lérida, con la que tuvo 6 hijos, Encarna, Trinidad, Ana, Josefa, José y Carmen. Todas recuerdan una infancia feliz, con un padre que no vivía más que por y para su mujer y sus hijas e hijo. En cuanto a sus ideas políticas era un hombre de ideas izquierdistas pero no radicales. De hecho, su hijo estudiaba en el colegio de los Salesianos de la Trinidad, y sus hijas en el colegio de monjas del Beaterio”.

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“En las elecciones de 1936, a instancias de algunos de sus amigos, entre ellos José M. Puelles, también fusilado, se presentó en las listas electorales del Ayuntamiento de Sevilla por el partido de Unión Republicana, y fue elegido como concejal junto con la corporación del alcalde Horacio Hermoso Aráujo”.

“Cuando estalló el golpe de estado fue encarcelado en el cine Jáuregui y posteriormente su hermano José Amado habló con el capitán Díaz Criado, quien excepcionalmente y por supuesto, en estado de embriaguez, le firmo la libertad. Este individuo, tal y como cuenta la escritora Olga Merino en su libro Espuelas de papel, y el historiador Juan Ortiz Villalba en su libro Del golpe militar a la guerra civil Sevilla 1936, firmaba mas de 60 sentencias de muerte diarias sin tomar declaración a los detenidos. Era un personaje alcohólico que frecuentaba bares, donde borracho firmaba las sentencias de muerte, y se aprovechaba de las mujeres de los rojos que iban a pedir clemencia para sus familiares encarcelados. Al hermano de mi abuelo, que lo conocía de haber llevado a veces el pan a la cárcel, una de esas noches en las que estaba ebrio le dijo que qué quería que le firmara, si la libertad o la sentencia de muerte para su hermano. Lógicamente le pidió que la libertad y así lo hizo, firmó un documento para que lo liberaran”.

Familiares de víctimas del franquismo con la concejala del Ayuntamiento de Sevilla Adela Castaño

“Así fue como logró salir de la cárcel, pero ni por asomo pensó él que su final vendría mas tarde a causa de envidias y de una venganza”.

“Una noche mucho antes de la sublevación, mi abuelo oyó lamentos de una mujer y golpes de un hombre que la maltrataba en un callejón cerca de donde él estaba; acudió en su ayuda y la defendió, increpando al que le pegaba e incluso llegando a pelearse con esta persona, que resultó ser el sargento de la guardia civil Rebollo, quien le llevó a comisaría”.

“Después del incidente de la pelea y al conocer este personaje que mi abuelo era concejal del Ayuntamiento, la cosa no llegó a denuncias y hasta llegaron a entablar a partir de entonces una pequeña amistad, claro está, antes de que este energúmeno mostrara su lado más malvado. Pues bien, este individuo, que en la etapa de la sublevación ya era Teniente de la Guardia Civil, cuando acudió a la cárcel y descubrió que a mi abuelo le habían soltado gracias al documento que firmó el citado capitán, decidió ejecutar la venganza que le había guardado durante tanto tiempo, y mandó a varios guardias civiles a casa de mi abuela, los cuales se presentaron de madrugada y se lo llevaron con la excusa de que solo debía hacer una declaración”.

Eso sucedió el 7 de agosto de 1936. Esa madrugada se quedó fijada para siempre en los ojos -hoy acuosos- de su hija de diez años, llamada Josefa Amado. Siempre son hoy 82 años.

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