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Arabia Saudí asume grandes riesgos con un revolucionario plan económico

Riad ha anunciado un ambicioso plan con el objetivo de crear una economía alternativa a la del petróleo que permita liberarse de la “peligrosa adicción” al crudo. Los expertos tienen dudas respecto al éxito del proceso y señalan que el carácter wahabí del reino puede experimentar grandes tensiones.

Mohammed ben Salman, número dos en la línea sucesoria del trono saudí y ministro de Defensa. / AFP

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

JERUSALÉN.- Mohammed ben Salman, hijo del rey Salmán, anunció el lunes un plan extremadamente ambicioso para reformar la economía de Arabia Saudí y hacerla menos dependiente del petróleo en un momento en que el barril de crudo ha caído en un año de 115 a 40 dólares, y cuando las perspectivas sobre la evolución de los precios son muy inciertas.

Ben Salman es el número dos en la línea sucesoria del trono, también es ministro de Defensa y además preside el poderoso Consejo Económico que ha encargado el plan a un consorcio de consultores occidentales. El joven Ben Salman, que solo tiene 30 años, goza de una amplia popularidad en su país y es quien dirige las cuestiones más importantes, como la guerra en Yemen, aunque en apenas un año también se ha granjeado el título de “temerario”.

El ambicioso plan, que según Ben Salman puede desarrollarse aunque el barril caiga a 30 dólares, se sustenta sobre tres pilares: borrar la mencionada dependencia del crudo, estimular la economía privada y hacerla competitiva en los mercados internacionales, y reducir significativamente los subsidios sobre bienes de primera necesidad como el agua o la electricidad.

Las medidas ya anunciadas, y que se seguirán anunciando en el futuro, prevén cambios revolucionarios que necesariamente afectarán, especialmente a medio y largo plazo, a la estabilidad del riguroso régimen wahabí, la Casa de Saud, que gobierna sobre unos principios que en algunos casos son claramente medievales.

Según Ben Salman, el objetivo es cambiar radicalmente el sistema económico, y en algunos casos también el social, de aquí a 2030, aunque el príncipe ha señalado que muy pronto empezarán a verse los resultados y que dentro de solo cuatro años, en 2020, la economía saudí ya no dependerá del crudo, una afirmación que cuestionan algunos expertos.

No es la primera vez que un país productor de petróleo anuncia medidas tan drásticas para suprimir la “adicción peligrosa” al crudo, según ha dicho Ben Salman. Este tipo de iniciativas se han prodigado en otros lugares, especialmente en momentos en que el petróleo andaba por los suelos, pero nunca han concluido con éxito.

Ben Salman sostiene que la adicción al crudo ha sido negativa porque ha impedido que se desarrollen otros sectores de la economía, ya que las exportaciones de petróleo cubrían con holgura todos los presupuestos del Estado y además permitía generosas subvenciones a las clases trabajadoras.

El nuevo plan prevé justamente la retirada paulatina de las subvenciones y la privatización de distintos sectores, incluida la educación y la sanidad, así como la creación de un fondo multimillonario para estimular las obras públicas y crear empleo.

Más de la mitad de la población saudí es menor de 25 años, lo que significa que en el futuro más próximo será preciso crear millones de empleos. Además, Ben Salman dijo el lunes que la mujer “debe ocupar el lugar que le corresponde” en la sociedad, lo que se interpreta como su incorporación de una manera significativa al mercado de trabajo.

Esta promesa entra en contradicción con las estrictas doctrinas wahabíes que relegan a la mujer al hogar, aunque hay muchas que trabajan fuera de casa. La idea de Ben Salman es que en un plazo razonable las mujeres constituyan el 30% del mercado de trabajo. Se esperaba que en la presentación del plan se comunicara que las mujeres pueden conducir automóviles pero el príncipe no se refirió a esta cuestión.

Así mismo, Arabia Saudí prevé crear una especie de green card para los trabajadores extranjeros, es decir una tarjeta similar a la que existe en Estados Unidos y que permite a los titulares acceder más adelante a la nacionalidad, lo que constituye una medida sin precedentes en este país. El grueso de los trabajadores extranjeros a quienes se permitirá la entrada serán como hasta ahora musulmanes y árabes.

Algunos expertos han indicado que la dependencia saudí de la mano de obra extranjera no se resolverá a medio plazo, máxime si se tiene en cuenta que las universidades saudíes forman estudiantes cuyo perfil no siempre se ajusta a las necesidades locales del mercado.

Otro apartado contempla la apertura al turismo de uno de los países más cerrados del mundo. Hasta ahora solo se ha permitido la entrada de peregrinos y poco más, y los no musulmanes están sometidos a ciertas restricciones. La idea es que el número de “turistas” pase de 8 a 30 millones en los próximos años, incluido el turismo no religioso, si bien no se habla en ningún momento del turismo no musulmán. Para acoger a tantos turistas se van a potenciar parajes que hasta ahora no se habían explotado.

Naturalmente, poco después de anunciarse el plan surgieron especulaciones acerca de cómo va a repercutir en el carácter wahabí del reino, una cuestión que solo se aclarará con el tiempo. Otros expertos dudan de que el plan se aplique con éxito y auguran que será un proceso largo y doloroso con un final incierto.

El ambicioso plan confirma que Riad ya no se fía tanto de Estados Unidos, aunque sigue dependiendo de los americanos en numerosos sectores, por ejemplo el de las armas. En cierta manera, Riad está aprendiendo a volar sola y en defensa de sus propios intereses en un momento en que el petróleo saudí ya no es tan esencial para la economía de Estados Unidos ni para la economía mundial.

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