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Flamencos en una manifestación por su independencia. AFP

Catalunya Retrato de un país fragmentado: el nacionalismo flamenco en Bélgica

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En un país de apenas 10 millones de habitantes, con ocho cámaras de representantes y apenas competencias para el gobierno central, la principal fuerza política es un partido independentista

Internacional

Diciembre de 2006: la televisión pública belga francófona (RTBF) corta por sorpresa su programación habitual. En una emisión especial, François de Brigode, presentador del principal informativo de la cadena, se excusa por la interrupción con los espectadores: “Flandes proclamará unilateralmente su independencia”, anuncia. “Bélgica como tal no existirá más”, sentencia. Comienzan entonces las conexiones en directo frente al Palacio Real, el Parlamento de Flandes o el de Valonia; también la emisión de imágenes de celebraciones en Amberes, el transporte bloqueado por el cierre de la frontera y los comentarios de los políticos belgas. Si se preguntan cómo es que Bélgica sigue siendo hoy un país unificado, no piensen que los representantes encontraron una solución política a la crisis, ni que los responsables de la declaración unilateral de independencia fueron llevados ante la Justicia. Es que esto sencillamente nunca ocurrió.

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El informativo emulaba el famoso programa de Orson Welles, La guerra de los mundos, y los belgas sólo supieron que se trataba de una ficción pasada la media hora de programa, cuando medio país reaccionaba estupefacto a la noticia. El experimento no gustó ni al entonces primer ministro y ahora eurodiputado, Guy Verhofstadt, ni al que sería más tarde jefe del Ejecutivo, Elio Di Rupo. Los nacionalistas flamencos, por su parte, utilizaron la emisión para abrir el debate sobre sus aspiraciones independentistas.

Lo que en 2006 fue una broma pesada para miles de belgas pegados a la pantalla se hizo realidad en Catalunya la pasada semana. Bélgica, donde se refugia Carles Puigdemont con cuatro de sus exconsellers desde el pasado lunes, mira con recelo la crisis catalana. Pocos países en el mundo están tan profundamente divididos en lo político y lo social como este y el gobierno belga podría ser la primera víctima política del procés.

Ocho Parlamentos, tres idiomas oficiales

Bélgica, con una extensión de poco más de 30.000 kilómetros cuadrados y apenas 10 millones de habitantes, cuenta con siete parlamentos, ocho si sumamos el Senado. Su Constitución define Bélgica como un “Estado federal que se compone de comunidades y regiones”, y, como España, es una monarquía parlamentaria.

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Este pequeño país del norte de Europa cuenta, por un lado, con un gobierno y un parlamento federales. Estos ejercen su poder en todo el territorio pero sus competencias son extremadamente limitadas: Exteriores, Defensa, Justicia, Hacienda, Seguridad Social y parte de Sanidad e Interior. El Parlamento federal se compone de dos cámaras: la Cámara de Representantes y el Senado. Actualmente cuatro fuerzas forman la conocida como coalición sueca (por los colores de los partidos que la componen) del gobierno federal belga: los democristianos (CD&V), liberales (Open VLD), los nacionalistas flamencos (N-VA) y los liberales francófonos del MR.

Bélgica cuenta también con tres comunidades. Las comunidades son entidades políticas ligadas a las tres lenguas oficiales del país -francés, neerlandés y alemán-, y cuyas competencias están vinculadas a la lengua, la cultura, la educación o la producción audiovisual. Cada comunidad tiene gobierno y parlamento propios.

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El país está dividido además en tres regiones, que constituyen entidades territoriales con una enorme autonomía: la Región de Bruselas Capital, la Región de Valonia y la Región de Flandes. Flandes, la de mayor extensión y también la más poblada, cubre la zona neerlandófona; Valonia, el área francófona y germanófona, y la Región de Bruselas Capital es bilingüe. La mayor parte de las competencias políticas y sociales en Bélgica recaen en los gobiernos regionales que se encargan de Economía, Empleo, Transporte, Energía, Medioambiente y Planificación Territorial, entre otras. Las regiones son competentes además para las relaciones exteriores en todos los ámbitos de su gobierno.

Bélgica es, en definitiva, compleja, caótica, y, en muchos sentidos, un desastre derivado de la gestión de un país profundamente dividido a todos los niveles.

Independentistas catalanes en Bruselas este viernes. REUTERS/Eric Vidal

Un país fragmentado por la lengua

Aunque sobre el mapa Bélgica es un país único, en la práctica lo forman al menos dos. En Bélgica, la cuestión fundamental no es tanto la relevancia del nacionalismo flamenco como el hecho de que no existe unidad nacional a casi ningún nivel. No hay periódicos, ni canales de televisión, ni referentes culturales, ni partidos políticos nacionales. Lo único nacional, a parte del chocolate, las patatas fritas y la cerveza, es la selección de fútbol (los Diablos Rojos) y hasta los cánticos son bilingües.

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En Bélgica no hay política nacional, sólo una suma de intereses, un precario equilibrio que se rompe a menudo, en un país acostumbrado a ver caer a sus gobiernos cada pocos meses, a largas negociaciones para formar gabinete –tienen el récord del mundo de un país sin gobierno-, a evitar dimisiones para no dar al traste con la precaria configuración de un ejecutivo que, por ley, debe estar formado a partes iguales por francófonos y neerlandófonos.

La Región de Bruselas es una pequeña isla entre Valonia y Flandes, el lugar donde el conflicto confluye, donde las comunidades francófona y neerlandófona tienen su capital, donde se alzan y caen los gobiernos federales, las señales y las calles son bilingües, las paradas de autobús y metro se cantan alternativamente en francés y neerlandés, el ruido del tráfico aéreo se reparte entre ambas regiones y los cines, en versión original, dedican media pantalla a subtítulos.

Bruselas, una región en medio de Flandes con mayoría francófona, es un reflejo de un país dividido y al mismo tiempo una particularidad entre dos mundos que se oponen. Con una población extranjera que asciende al 42% de sus habitantes, Bruselas es una de las ciudades más cosmopolitas de Europa y es, además, sede de organizaciones internacionales, como la OTAN, y corazón de la Unión Europea. Que Bruselas sea territorio compartido es una de las claves de la endeble unidad nacional belga.

Las diferencias entre Flandes y Valonia

La obligatoriedad de la enseñanza de las tres lenguas oficiales varía en cada región. La enseñanza del neerlandés es obligatoria como segunda lengua en la Región de Bruselas Capital, mientras que en las Comunas valonas de la frontera con Flandes es opcional. Lo mismo sucede con el alemán y el inglés en el resto de Comunas que no están en la frontera. En Flandes, el francés es opcional como segunda lengua. En la práctica, el idioma mayoritario es el neerlandés, pero son más los neerlandófonos capaces de hablar francés que al contrario. En Bélgica, el idioma es un muro social, pero no es la única diferencia.

La Región de Flandes es la más extensa y también la más poblada. Flandes es el pulmón de la economía belga (casi el 60% del PIB), la que más crece, la más rica. Amberes, una de sus principales ciudades, es el tercer puerto más importante de Europa; tienen las mejores universidades (Lovaina o Gante, por ejemplo), más inversión extranjera y es el principal exportador del país (más del 70%).

Mientras, Valonia, que fue en el siglo XIX una de las regiones de referencia en Europa, sufrió el hundimiento que siguió al cierre de la industria pesada, particularmente en sus ciudades más industrializadas. La inversión pública, a través del Plan Marshall 4.0, trata de impulsar la economía valona y fomentar la creación de empresas en la región y las inversiones extranjeras. El sector servicios, la construcción y, en menor medida, la industria, son los principales sectores de la economía del sur de Bélgica.

En el ámbito político, Valonia, con una tradición sindical importante y un fuerte movimiento obrero, tiende a votar a la izquierda. En Flandes, la derecha ha hecho su fuerte y el principal partido de extrema derecha belga, el Vlaams Belang, es, de hecho, nacionalista flamenco.

Bart de Wever, durante un mitin. REUTERS

Las raíces del nacionalismo flamenco

La historia del nacionalismo flamenco se remonta a la fundación de Bélgica, que logró su independencia de los Países Bajos en 1830. Entonces, el francés, respecto al neerlandés, era la lengua mayoritaria entre las élites del país, mientras que los campesinos hablaban dialectos que en todo caso se asemejaban a las lenguas ahora oficiales. La presencia de una comunidad germanófona, sin embargo, se remonta a la Primera Guerra Mundial.

Aunque las reivindicaciones por el reconocimiento del bilingüismo del país llegaron de ambos grupos, el conflicto en Bélgica tiene un origen lingüístico y la composición del país en torno al idioma hizo progresivamente que se convirtiera en una cuestión territorial. La politización del conflicto derivó en la división entre el norte, católico y campesino, y el sur, industrializado y obrero, que también votan de manera diferente.

La gran ruptura entre las comunidades tiene lugar tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Flandes se convierte en el principal pulmón económico de Bélgica. Se producen entonces las primeras demandas que dieron lugar al Estado Federal belga. Lo curioso, explica a PúblicoPascal Delwit, politólogo de la Universidad Libre de Bruselas (ULB), es que estas peticiones venían de sectores tanto de Flandes como de Valonia.

Bélgica lleva treinta años discutiendo su configuración, treinta años viviendo entre tensiones y rencillas políticas, en la absoluta falta de comunicación entre las dos partes de un país que, literalmente, no hablan el mismo idioma.

Desde 1970, Bélgica ha llevado a cabo nada menos que seis reformas de su Constitución y desde 1993, es un Estado federal. La última reforma, entre 2012 y 2014, convirtió el Senado en una cámara de representación de las entidades federales (regiones y comunidades) y supuso una amplia transferencia de competencias del gobierno federal a las tres regiones en que se divide el país. También estableció la celebración de elecciones cada cinco años, coincidiendo con las europeas. Las siguientes tendrán lugar en 2019 y los nacionalistas flamencos quieren una nueva reforma del Estado federal para entonces.

Un partido nacionalista flamenco, primera fuerza

El independentismo flamenco en los últimos años, explica Pascal Delwit, es resultado precisamente de la federalización del Estado, que hace que progresivamente “la vida política, la vida económica, la vida cultural y la vida mediática giren más en torno a las regiones y menos en torno a lo federal”. Delwit apunta además a un segundo fenómeno que, entiende, no es exclusivo de Bélgica, sino que se reproduce en otros lugares: “Las regiones más ricas quieren separarse de las regiones más pobres”. En Bélgica, la región más rica es Flandes, “que estima que hay demasiadas transferencias hacia Bruselas y Valonia. Y hay el mismo problema de Italia del norte a Italia del sur o de Catalunya a Madrid”, asegura.

Para Delwit, los movimientos nacionalistas en Escocia o Catalunya son de centroizquierda, mientras que en Bélgica son de derechas, igual que en Italia. Hasta hace apenas unos años, el único partido independentista flamenco era el ilegalizado Vlaams Blok, origen del actual Vlaams Belang, un partido de extrema derecha, xenófobo y racista, conocido por su propaganda antiinmigración y sus soflamas islamófobas. Pero en 2002 nació la N-VA (Nieuw-Vlaamse Alliantie), algo así como Alianza Neoflamenca. La N-VA es un partido nacionalista de derechas, con posturas particularmente duras en lo relativo a los asuntos socioeconómicos y la migración, que también defiende la independencia de Flandes.

“Este movimiento se ha acelerado en los últimos años, tanto que hemos llegado a la paradoja de que en 2014 la N-VA, un partido que proclama la independencia de Flandes, se convirtió en el primer partido del país”, relata el politógolo de la ULB.

El polémico alcalde de Amberes y líder de la N-VA, Bart de Wever, ha empezado a hacer campaña por la independencia de Flandes de cara las elecciones comunales de 2018 y para las regionales y federales de 2019. De Wever llamó a filas a todos los que “desean un Flandes próspero y solidario”, a quienes quieren “abrazar la identidad flamenca" y “un Flandes independiente”. Pero Delwit es mucho más cauto: “El líder del partido a veces defiende la independencia de Flandes y a veces la reforma del Estado para reducir lo federal a casi nada”.

De hecho, Geert Bourgeois, ministro presidente de Flandes y miembro de la N-VA, reconoce que a día de hoy no existe una mayoría en Flandes que apoye la independencia. Y las posibilidades de una coalición con el Vlaams Belang, asegura Delwit, son escasas, pues el partido sigue teniendo una representación limitada y la N-VA necesita de otros socios para gobernar. Aliarse con la extrema derecha, insiste el politólogo, lo haría imposible.

Bruselas, un obstáculo para la independencia de Flandes

Bélgica no hace referencia en su Constitución al derecho de autodeterminación, no incluye la posibilidad de un referéndum sobre la independencia de ninguna de sus regiones ni ningún otro mecanismo político para negociarla. Es decir, Flandes tiene las mismas herramientas que Catalunya para declarar su independencia, pero un contexto muy distinto.

La primera opción sería la vía por la que optaron Carles Puigdemont y su gobierno. “El Parlamento Flamenco podría hacer una declaración de independencia de Flandes” de manera unilateral, “fuera del orden constitucional”, explica Pascal Delwit. La otra posibilidad, de la misma manera que en España, es una solución negociada.

Para Delwit, hay dos cosas importantes a tener en cuenta. Por un lado, “como vemos en el caso catalán, en un contexto de secesión”, queda en cuestión la pertenencia a la Unión Europea e incluso el uso del euro. “Si sales de un Estado miembro de la UE, formalmente ya no formas parte de la Unión Europea, debes pedir la adhesión y debe ser aceptada por el Estado del que acabas de separarte”, recuerda el politólogo.

El segundo punto es que cuando hablamos de otras zonas como Italia, Escocia o España, “la separación no sería fácil, pero vemos que el territorio puede liberarse”. En el caso de Bélgica, no es tan sencillo. “Bruselas es la capital al mismo tiempo de la Comunidad Francófona y la Comunidad Flamenca y, por supuesto, es la capital de Bélgica. Es la capital informal de la Unión Europea, es una capital internacional que acoge la OTAN, que acoge una gran comunidad internacional -el 42% de los habitantes de Bruselas tienen una nacionalidad diferente de la belga- y entre los belgas, la mayoría son francófonos”, explica Pascal Delwit. Por lo tanto, entiende el politólogo, “es tan inimaginable la independencia de Flandes con Bruselas como sin Bruselas”.

Un problema que forma parte del debate interno de los nacionalistas flamencos, divididos respecto a esta cuestión. En la hipótesis de una negociación, “más fácil en España” según Delwit, el punto principal sería Bruselas. Primero, porque la Región de Bruselas es también autónoma y, por lo tanto, supondría una adhesión, y segundo, porque esa adhesión sería difícilmente aceptable por una mayoría francófona en la capital.

Aunque en la práctica la autonomía de Flandes es mucho mayor que la de Catalunya y las diferencias sociales, políticas y culturales bastante más amplias respecto al resto del territorio, la región belga se enfrentaría a dificultades mayores para conseguir la independencia.

El conflicto catalán y las rencillas belgas

Probablemente, la mayor víctima colateral del procés sea el primer ministro de Bélgica, Charles Michel. Michel, francófono, es jefe de un Ejecutivo mayoritariamente neerlandófono. Fue el primer líder europeo en condenar la violencia en Catalunya durante la celebración del referéndum del 1 de octubre; ha llamado al diálogo y a buscar soluciones políticas durante meses y, aunque llamó a respetar la legalidad nacional e internacional, no rechazó ni reconoció en ningún momento la República de Catalunya. Varios miembros del Gobierno belga han apoyado abiertamente la causa catalana, e incluso algunos diputados de la N-VA estuvieron en la celebración de la consulta.

Y, mientras Michel hacía equilibrios para no herir sensibilidades entre los miembros de su Gobierno ni crear conflictos diplomáticos con España, su secretario de Estado para el Asilo y la Migración dijo en una entrevista que estaría dispuesto a procesar una posible demanda de asilo de Carles Puigdemont. Lo que parecía un simple comentario de apoyo político al expresident, una crítica al Gobierno español y un capote a la causa catalana, se ha convertido en, tal y como titula el diario Le Soir, una pesadilla para el Gobierno belga, tras la visita sorpresa de Puigdemont.

Carles Puigdemont ha insistido en varias ocasiones en que no viene a meterse en la política belga y desmintió en una entrevista en RTBF que haya tenido reunión alguna con grupos políticos en el país. Charles Michel quiso dejar claro que el Gobierno no tenía nada que ver con la visita del expresident y la N-VA, a través de su portavoz, hizo lo propio. Hasta el ministro de Justicia, Koen Geens, ha querido aclarar que el Ejecutivo no tiene papel alguno en la gestión de la euroorden de arresto que pesa sobre Puigdemont y los exconsellers.

En este contexto, el primer ministro Charles Michel no puede dar marcha atrás, ya que podría enfadar a los suyos, pero tiene que controlar sus palabras, o podría desencadenar una crisis diplomática con España. Michel es esclavo de su Gobierno, de la N-VA y también de sus palabras el 1 de octubre. “A día de hoy, la tensión es totalmente evidente en el Gobierno belga en relación a la cuestión catalana”, sentencia Delwit. Sin quererlo, el autodenominado "Govern en el exilio", podría desencadenar una crisis que dé al traste con el frágil equilibrio belga.

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