Cargando...

Secciones

Publicidad

Nadie hablará de ellas aunque hayan muerto

A la memoria de Aminatou, Dalloba, Bebé, Clemence, Merveille, Pacience y otra compañera aún por identificar.

Publicidad

Opinión

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Desde ayer esta frase, título de la película de Agustín Díaz Yanes, se me ha instalado en el corazón.

La Delegación de Gobierno de Melilla no sabía nada de las siete mujeres muertas tras una devolución en caliente en una de las playas de la ciudad. Cinco de las víctimas procedían de República Democrática del Congo y dos de Guinea Conakry. Todas tenían historias de vida que necesitaban de protección especial por parte de las autoridades.

Publicidad

Estuvieron estas siete mujeres en una patera, a escasos metros de la playa de Melilla, según explican los supervivientes. Frente a ellas, funcionarios de la Guardia Civil, representantes del Estado español. Ahora, esas siete mujeres, sus cuerpos, yacen en la morgue del Hospital Hassani de Nador. Una de ellas es tan menuda que entran dudas de si sería aún una niña. De dos de
ellas ni siquiera se sabe su paradero.

Las morgues tienen un olor característico, al menos las de Marruecos. He recorrido
todas las del norte de este país, y después de entrar a reconocer los cuerpos de las
víctimas de la frontera sur, el olor te acompaña durante todo el día. Para mí es un
recordatorio de cómo huele la violencia.

Cuando las personas mueren ahogadas suelen tener una especie de espuma en sus bocas, algunas llevan incluso aún los chalecos salvavidas o las gomas de ruedas con las que intentaron flotar. Los niños y niñas que he visto suelen seguir abrazados a sus madres, atados con pañuelos contra los pechos de quienes les vieron nacer y también morir.

Publicidad

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Siete víctimas más a las puertas de Europa, siete mujeres cuyas vidas parece que no valían para los funcionarios de control de fronteras mucho más que la violencia que supieron soportar o que los beneficios que su explotación iban a generar en Europa.

Se ha hablado mucho de las devoluciones en caliente. Los juristas se han escandalizado con la legalización de algo a todas luces inhumano, mientras los distintos ministros del Interior las defienden como una práctica y/o protocolo de control migratorio.

Publicidad

Hemos escuchado durante años los relatos de aquellos que sobrevivieron a estos
"protocolos". Algunas personas quedaron mutiladas de por vida, física o psicológicamente, tras esas experiencias. Creo que es bueno hoy publicar las notas de un relato que en su día me hizo una madre:

"Llevaba a la bebé pegada a mí. El niño iba en los brazos de un amigo. Estaba oscuro, mucho, pero las luces de la ciudad se veían cada vez más de cerca. Casi habíamos llegado. Aparecieron los españoles y el capitán de la embarcación intentó esquivarles, la playa estaba muy cerca, decía que casi habíamos llegado. Pero los españoles no nos dejaban, vimos las luces de otra embarcación acercándose, los hombres dijeron que seguro era la Marina marroquí. Gritamos, suplicamos. Dijimos palabras en español, incluso "asylum". Lloraban los niños, seguíamos gritando. Estaba oscuro. Algunos se tiraron al agua. Tuve miedo de lanzarme al mar, nunca me gustó el espíritu de Mammy Water. Otros hermanos estaban desesperados e intentaban saltar a la barca de los españoles, pero estos daban golpes con sus porras. De repente fue el silencio. Alguien gritó: "¡Se está ahogando!". Entonces la patrullera nos embestía y el capitán tuvo que rendirse para que no muriésemos todos. Estábamos al lado de las luces de la ciudad. La patrullera nos enganchó y arrastró. Gritábamos que había un hombre en el agua, pero fue inútil, se quedó allí".

Publicidad

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Cuando publiqué la noticia de la muerte de estas siete mujeres en las redes sociales, esperaba que la primera reacción fuese desearles Descansar En Paz (DEP) y dar el pésame a los familiares. Ilusa de mí, muchas personas se lanzaron a culpabilizarlas o a estigmatizarlas. Para qué venían, con qué intenciones, estaban cruzando una frontera de forma "ilegal"... Justificar el porqué estaban allí, justificar si los funcionarios del Estado vieron o no vieron todo lo que tenían que ver, justificar y juzgar, pero sobre todo juzgarlas. Porque al final las mujeres somos culpables de la violencia que recibimos; ellas, además, más culpables aún, porque eran negras, eran pobres, eran "ilegales", eran molestas. Ayer Melilla estaba en fiestas y la Delegación tenía que responder a preguntas de periodistas. Y por eso respondieron que no sabían nada de las mujeres, que no iban a hablar de ellas aunque hubiesen muerto.

*Helena Maleno es periodista e investigadora especializada en migraciones y trata de seres humanos

Publicidad

Publicidad