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Un tapiz robado multiplica por diez su precio tras ‘perder’ el nombre

La historia de una obra renacentista robada en 1979 en una catedral del Pirineo, y cuya propiedad acaba de reconocer la Audiencia Nacional al Estado español, ilustra los oscuros vericuetos del tráfico clandestino de obras de arte: circuló durante más de tres décadas por media Europa y acabó en EEUU sin nombre y sin que ningún experto se percatara de las obvias pistas que deberían haber llevado a identificarla

El tapiz muestra tres figuras de santos cuya coincidencia en una obra de arte remite sin dudas a la antigua catedral del prepirineo oscense.

ZARAGOZA .- ¿Puede una obra de arte circular durante tres décadas entre coleccionistas, anticuarios y museos de media Europa y acabar en EEUU sin que nadie acierte a identificarla y mientras, de manera simultánea, su precio va aumentando hasta multiplicarse por diez? Pues sí. La historia del tapiz de San Vicente, una pieza renacentista elaborada en Flandes con lana y seda a principios del siglo XVI, robada en 1979 en la abadía pirenaica de Roda de Isábena (Huesca) y cuya propiedad acaba de reconocer al Estado español la Audiencia Nacional, da fe de los sombríos vericuetos por los que circulan las obras en el mercado clandestino del arte.

El tapiz forma parte del botín que René Alphonse Van der Berghe, más conocido por su sobrenombre delictivo de Erik el Belga, se llevó la madrugada del 7 de diciembre de 1979 de la iglesia aragonesa –reventó con dos cómplices la puerta de la antigua catedral y la saqueó-, y del que apenas se han recuperado unas cuantas piezas. “Yo le vendí ese tapiz a un ciudadano alemán por 30.000 dólares en Benidorm” poco después del robo, explica a Publico.es. Treinta y un años después, una empresa estadounidense lo compraba en la prestigiosa fábrica de tapices De Wilt, de Malinas (Bélgica), por 275.000 euros –casi 300.000 dólares-, como si se tratara de una obra flamenca emparentada con otras suizas.

El ladrón retirado, que desvalijó cientos de edificios religiosos –y cerró numerosos acuerdos de compra con curas y con algún obispo- en los años 60, 70 y 80, sonríe al ser preguntado por las erróneas identificaciones de la obra a lo largo de esas tres décadas: “A veces, en el mercado del arte no se quiere saber de qué obra se trata”, señala.
Coincide con el criterio de un veterano investigador: “Los ladrones intentan colocar las obras de mayor valor a coleccionistas privados. Si no lo logran suelen acabar en manos de anticuarios, aunque intentan ocultar su procedencia real”. Después, comienzan a circular.

“Acción recuperatoria coactiva”

Una investigación del Laboratorio de Criminalística de la Guardia Civil y de la Unidad Central Operativa (UCO) permitió intervenir a finales de 2012 la obra, casualmente identificada por una conservadora de un museo catalán, en una galería de Houston (EEUU). Su dueño, una oenegé vinculada con la empresa Music Doing Good, recuperó tras demandar a De Wilt los 275.000 euros que había pagado de buena fe por la pieza, que acabó entregando a la Fiscalía de su país.

La fábrica de tapices, alegando que también había adquirido la pieza de buena fe y que se había visto perjudicada por la “acción recuperatoria coactiva”, reclamó después el precio de esa venta –no el de la compra anterior- al Gobierno español, que acaba de ser absuelto de esa demanda por la Audiencia Nacional.

A los agentes de la UCO les costó menos de tres horas certificar la procedencia del tapiz, algo que varios expertos en arte no habían sido capaces de lograr en años.

A los agentes de la UCO les costó menos de tres horas certificar la procedencia del tapiz, algo que varios expertos en arte no habían sido capaces de lograr en años.

La sentencia, que señala al Estado como “el único titular del tapiz” y “el único perjudicado y posteriormente el único interesado en su recuperación”, anota que, tras ser este localizado 31 años después del robo, se limitó a “recuperar un bien que se le había sustraído y que se había puesto a la venta y exportado ilegalmente”. Ahora se expone en el Museo de Huesca.

La Audiencia Nacional no descarta que De Wilt pudiera haber comprado la pieza de buena fe, sin conocer su origen clandestino, cuando se hizo con ella en la subasta organizada por una galería de Munich. En ese caso, apunta, la firma alemana podría ser declarada “responsable de los daños causados al poner en pública subasta la venta de un tapiz cuando su titular lo desconocía porque se le había robado”.


Tres décadas de mano en mano por Europa

Erik el Belga, convaleciente a sus 77 años de la rotura de tres costillas en un accidente doméstico en su casa de Málaga, discrepa de ese criterio. “Si alguien compra una obra 30 años después y lo hace de buena fe, el asunto no se puede tratar como si fuera una receptación. De hecho, deberían indemnizarle por haberla conservado”, sostiene, aunque “todo depende de la buena voluntad”, añade.

En esas tres décadas, el tapiz cubrió un largo viaje que comenzó con su robo Huesca y su venta en Alicante para reaparecer oficialmente en noviembre de 2008 en el catálogo de la sala de subastas Mamphel de Munich, que la ofrecía como una obra francesa del siglo XVI sobre la virgen y San Francisco. Se hizo con la pieza una firma milanesa, que en febrero del año siguiente vendió un tercio de la propiedad a una galería francesa y otro a De Wilt.
El capitán Javier Morales, el oficial del grupo de Patrimonio Histórico de la UCO (Unidad Central Operativa) de la Guardia Civil que dirigió la investigación para recuperarla, añade algunos matices a la historia. El tapiz fue comprado por un ciudadano italiano en una galería de Munich a la que había llegado poco antes desde otra de Bélgica cuyos responsables no llegaron a explicar el origen a los investigadores.

“Parece que la adquirieron a un particular, pero no aclararon ni a quién ni cuándo”, explica. “Saltaba a la vista que había algo raro”, anota. El misterio sobre el paradero del tapiz en las tres décadas anteriores carecía, no obstante, de relevancia jurídica, ya que tanto el robo como la receptación de la obra habían prescrito.

Expertos con escaso acierto

El italiano carecía de contactos para colocar una obra de esas características, por lo que se asoció con un francés y con un belga que tenía relación con la casa De Wilt. Cada uno de ellos le pagó 12.000 euros para hacerse con un tercio de la propiedad, que al primero le había costado 36.000.

Sin embargo, y pese a las obvias pistas que incluía la obra, su identidad no afloró hasta que, dos años y medio después, y tras unas pesquisas que incluyeron el análisis de fotografías de alta precisión –conservaba rotos y manchas de cera desde hacía más de medio siglo-, la identificación de los materiales y la datación de las técnicas utilizadas para fabricarla y para restaurarla, un equipo de la UCO apoyado por técnicos del Ministerio de Cultura, pudieron verla in situ en Houston. Tardaron menos de tres horas en confirmar sus sospechas.

El tapiz representa las imágenes de los santos Vicente, Valerio y Ramón, reconocibles por sus atributos de imaginería, además de incluir el escudo de la familia que lo había encargado en el primer cuarto del siglo XVI. La coincidencia de los tres iconos en una misma obra, junto con otros detalles como el peculiar tamaño de la obra –mide solo 125 centímetros de alto por 275 de ancho, inusualmente pequeño para una tela-, debería haber facilitado su datación a cualquier experto al apuntar a Roda, una catedral clave del románico por ser, desde el año 956, una de las primeras de España. Morales comparte esta tesis.

De hecho, el estudio sobre las imágenes, el escudo y su relación con Roda que realizó la historiadora Itziar Alcalá por encargo del Gobierno de Aragón fue una de las piezas clave de la investigación que llevó a la Fiscalía de Houston a tramitar la entrega.

“Hay quien prefiere no saber de dónde viene una obra”

La sociedad de Malinas, una de las de mayor prestigio del mundo en conservación y restauración de tapices, “procedió a identificar y a catalogar con mayor precisión la pieza que había adquirido acudiendo a la opinión de expertos en la materia” tras llegar a sus manos, narra la sentencia de la Audiencia Nacional, que recoge cómo, sin embargo, estos tampoco acabaron de acertar: “concluyeron que había sido fabricado en Bruselas y que guardaba relación con los cuatro tapices de la catedral de Berna”, aunque sí identificaron a san Vicente entre los personajes principales.

No había pasado un año cuando De Wilt lo ponía de nuevo en venta. Fue en la feria de Anticuarios y Bellas Artes de Bruselas, celebrada del 21 al 30 de enero de 2010. La empresa estadounidense, que cerró el trato el 30 de abril de ese año por 300.000 dólares, la trasladó a su país con “la preceptiva licencia de exportación ante el Ministerio de Cultura de Flandes” año y medio antes de que, el 16 de noviembre de 2012, las autoridades de Houston la embargaran tras pedirlo un juzgado de Barbastro (Huesca).

Las autoridades estadounidenses ordenaron el embargo del tapiz en una galería de Houston y su traslado a España por orden de un juzgado de Barbastro.

Las autoridades estadounidenses ordenaron el embargo del tapiz en una galería de Houston y su traslado a España por orden de un juzgado de Barbastro.

¿Y dónde estuvo durante esos 29 años? Según Erik el Belga, su primer dueño lo tuvo durante casi nueve años en una caja fuerte hasta que, tras morir, sus familiares lo vendieran a otro particular. Las pesquisas de la Guardia Civil le atribuyen un “largo periplo de viajes con sucesivas ventas y adquisiciones en el mercado del arte” en el que, antes de llegar a EEUU, pasó por Bélgica, Francia, Italia y Alemania. De incógnito, ya que en ese largo periodo no llegaron a ser identificados ni algunos de los dueños ni, sorprendentemente, tampoco las figuras de los santos que aparecen en el tapiz.

“En el mundo del arte hay gente que prefiere no saber de dónde procede una obra”, explica Morales, que señala que es relativamente “habitual que aparezcan piezas de las que hace mucho tiempo que no se sabía nada”. Las dos causas más habituales para que afloren son su venta por los herederos de un coleccionista fallecido que no comparten su afición por el arte y la disgregación de colecciones por necesidades económicas de sus propietarios.

La casuística sobre el paradero de algunas piezas es amplia y sorprendente: “hemos encontrado páginas de libros antiguos expuestas como cuadros tras ser mutiladas e incluso mapas utilizados como tulipas de lámparas”, explica el capitán, que destaca que esos usos “afortunadamente ya no se llevan”.

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