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Desde el letime hasta la mar: los pastores que hablan silbando en la isla de El Hierro

En la isla de El Hierro, la más pequeña de Canarias, los pastores se comunicaban silbando. Un lenguaje tradicional que estuvo a punto de perderse y que hoy algunos pretenden que siga existiendo.

Don Emiliano se asoma al mirador de Isora
Don Emiliano se asoma al mirador de Isora. Gema Rodrigo

Llegar a Isora no es fácil, porque para llegar a Isora tienes que pasar las cuatro estaciones y toda la alquimia que ustedes puedan imaginar.
Se lo juro.

Isora está en El Hierro, y El Hierro tiene tanto de mar y tierra como de fuego y aire. El Hierro juega con los colores (azul al fondo, verde en cimas, negro donde el mundo recuerda abrirse, pardo atrapando forestas), El Hierro se encapricha, como un crío chico, a tener julios y diciembres en el mismo rato.

Para llegar a Isora (al menos para llegar a Isora por donde fuimos nosotros, rodeando el Mar de las Calmas, porque el camino más largo siempre es el camino mejor) se te ponen estornudos navideños y calores de sol y olas. Pasas por sabinares dramáticos, por árboles que te dibuja Tim Burton en una noche un poco triste. Te asas de calor mientras los horizontes tiemblan como la imagen de una tele antigua.

Luego tienes carreteras estrechucas, contemplas la mar (y sabes que ahí, ahí abajo, hay un cráter que aún humea), asciendes, asciendes, un pinar enorme, un pinar con pinos de color negro, un pinar con pinos de cortezas cuarteadas que parecen escamas de dinosaurios tumbados a dormir. Y ya no hace calor, y se mete la niebla, y la niebla, en El Hierro, trae sabor salado, a peces recién cogidos, a espuma entre rocas, y la niebla, en El Hierro, va tan rápido que ves cómo se mueve, ves cómo camina. Porque esta isla es, sí, ese lugar donde el cielo se mueve a tu alrededor.

Pero tú sigues, porque nosotros siempre seguimos, y entras en el bosque de laurisilva, y la laurisilva es una experiencia mágica, la laurisilva es algo imposible para describir a ustedes. Porque la laurisilva es un bosque tristón, un bosque que llora, un bosque húmedo y oscuro esperando cualquier soplo del viento, fuuu, para dejar caer gotas gruesas como perlas de gala. Estar en un bosque de laurisilva es ver árboles escondidos por entre niebla empenachada aquí y allá, es sentir el pelo mojado como si recién salieses de la ducha, es pasear caricias (siempre es importante pasear caricias) por esos musgos disfrazados de algas que huelen a océano y refrescan deditos. El bosque de unos hermanos Grimm situados en el lejano oeste, una lujuria que no se deja domesticar. Y luego, sí, llegas a Isora. Y en Isora nos espera Don Emiliano. Hemos quedado con él para que nos enseñe a hablar. Para que nos enseñe a hablar con silbidos...

Don Emiliano silbando
Don Emiliano silbando. Gema Rodrigo

Se llama José Gavilán, y es presidente de la Asociación Cultural para la Investigación y Conservación del Silbo Herreño. "Oficialmente llevamos existiendo cuatro años, extraoficialmente como unos seis". Estamos en Santa María de Valverde, la capital de El Hierro, en el despacho de José. Es joven, lleva traje, sonríe mucho mientras explica. Pura pasión.

"Pensamos que teníamos que decir al mundo cómo está el silbo en El Hierro, así que nos fuimos a la calle, a preguntar a los vecinos, a los abuelos. Al principio costaba, porque no sabíamos dónde estaba el silbo. Gente de treinta, de cuarenta, de cincuenta años, no sabían... Pero luego llegamos los de setenta, ochenta años. Ellos no solo sabían del silbo... ellos silbaban. Eso es lo que hemos intentado recuperar... el dónde están los silbadores, quiénes eran, a qué se dedicaban".

Y eran... "sobre todo personas que se dedicaban a la agricultura y la ganadería, hace tres, cinco décadas. Luego llegó el coche, el teléfono. Pero ellos recuerdan, recuerdan. Porque nacieron en un pueblo donde se silbaba, y donde silbaba todo el mundo. Ahí vimos que estábamos a tiempo". Y era algo habitual... "Claro. Aquí hay un señor, Juan Padrón, se llama, que me contó... Nosotros íbamos dos pastores buscando las reses, uno arriba del monte y otro a su pie... igual había dos kilómetros entre ambos, y nos decíamos con silbidos que habíamos visto a esta o aquella. O cuando se te quedaba la talega con comida en un sitio... silbabas y te lo traían. También para llamar al niño, te silbaban el nombre. Es lo que más ha quedado, muchos aun recuerdan lo que les silbaban sus padres o sus madres".

Vamos, que uso práctico. "Claro, aquí estamos recuperando la idea básica... que el silbo era una herramienta. Nada de espectáculo, nada de exhibiciones para turistas. El silbo son cosas pequeñas, frases cortas, avisos y asuntos así. Esto es reconciliarnos con el silbo tradicional. Muchas veces aquí, en El Hierro, los ancianos pensaban que ellos no sabían silbar, que solo silbaban los gomeros, porque en La Gomera tienen una expresión más espectacular, más llamativa. Y no. El silbo sirve, y ellos lo utilizaban como lo que es".

Se me escurren las preguntas entre los deducos. Oye, José, ¿y cuál es su origen? "Bueno, nosotros hemos hecho un estudio aquí, en la asociación. Sobre las leyendas que maneja gente mayor, y también con académicos, claro. Catedráticos, profesores de universidad. Ellos nos dicen que lo más probable es que viniera del norte de África, donde, de hecho, se sigue silbando. En el Atlas, por ejemplo. No hay pruebas, claro, pero la alternativa más lógica es esa. Trajimos a Julian Meyer, el mayor especialista en lenguajes silbados. Él comentaba que hay más de ochenta sitios donde se silba en el mundo, entre ellos el norte de África. Así que ese origen es el más probable".

El reconocimiento es difícil. Duro. Hay intereses, en cualquier cosa de estas hay intereses. José me dice que están intentando que el silbo herreño sea declarado Bien de Interés Cultural. "Tenemos grabados más de 1.200 audios de silbadores, de esta gente mayor". El problema es que los que silban... van desapareciendo. Los originales, los que escucharon en casa. 

Oye... y la parte práctica. Lo de silbar, digo... ¿cómo es? "Pues todo eso mejor te lo va a contar alguien que sigue silbando", dice José. "Te voy a dar su teléfono. Don Emiliano, se llama, vive en Isora. Él te lo va a explicar todo de una forma muy bonita".

Isora es uno de esos pueblos largos que uno no sabe dónde empiezan y dónde acaban. Alrededor... verde. Praderías, cabras y vacas, agaves asomando aquí y allá, flores de tonos llamativos que brotan por entre cantos y cunetas como si tuviesen ganas de llamar la atención. Isora tiene muchas casas blancas, otras con ese tono oscuro, cúbicas, tan de El Hierro. Tiene, también, cuestas como para aburrirte, y dos o tres calles estrechucas donde los turistas pasamos casi al ralentí, rezando lo que a cada cual le salga. En ocasiones, oigan, fiarse del GPS no es lo más conveniente...

Las Playas desde el letime
Las Playas desde el letime. Gema Rodrigo

Don Emiliano espera en la parte baja del pueblo, la furgoneta blanca (furgoneta de labor, furgoneta de ir a ver reses) aparcada sobre el mismo cruce. Junto a la carretera hay un bar, dos mesas en la calle, unos cuantos paisanucos sentados allí, tres o cuatro cafés (o lo que sea) que van sobeteando casi por hábito. Nos miran. Supongo que resulta difícil pasar desapercibido.

Don Emiliano es alto, tiene el pelo canoso, un bigote color gris y manos grandes de trabajar. Ah, y sonríe, sonríe mucho. Todos sonríen mucho, aquí, es un placer. "¿Vamos arriba, al mirador?", dice, y nosotros asentimos, porque el mirador es cosa digna de verse, y hoy no hace demasiado aire. Así que sube al vehículo, arranca, nos pierde en dos curvas (quien sabe sendas conoce tiempos), luego lo vemos ahí, lejos, casi detenido, continuamos, ya está.

El Mirador de Isora.

Antes no había WhatsApp. Se van a sorprender, pero es que antes no había ni móviles. Y la gente debía decirse cosucas, debía contar lo que hizo éste o aquel, el dónde quedamos luego, el cuántos cochinos hay por entre la laurisilva. Así que inventaron formas. Para hacerse notar, para hablar, para comunicar. En Cantabria tenemos algunos. El jisquíu, por ejemplo. O el carro chillón, que es uno cuyo eje gira con las ruedas, y chirría de forma particular. Tú, a lo lejos, escuchas esa forma de gemir y sabes si viene Pedro o Miguel, y sabes cómo es su carro, y sabes si podréis pasar por entre camberas.

En El Hierro... lo mismo, pero más. Por la orografía, que es salvaje, dramática, toda llena de barrancos y acantilados que caen hasta la mar como en una novela gótica. Y por las actividades para llenar el buche. Que son varias, pero siempre (casi siempre) incluyen (incluían) pastoreo. Y para pastoreo... palo, perro y silbo.

Porque había un montón de cosas, allí, en El Hierro. Estaban las fogaleras, que son fogatas encendidas para comunicar algo o, más frecuentemente, para marcar alguna festividad. También tenían majanos, pequeñas pirámides de piedras, apoyadas unas encima de otras, con las que avisas de que has pasado por un determinado lugar, o que encontraste algo, o que en ese pozo concreto, el que queda a tus pies, están entrando vailas a montones (los antiguos herreños echaban leche de tabaiba al agua cuando estaba rebosante de vailas, de lubinas, porque eso las dejaba mansas y podían pescarse más fácil). O las bocinas, o la güira.

Pero, sobre todo, el silbo.

El silbo para comunicarse, para decirse cosas en medio de niebla, allá arriba, por La Dehesa. Allí, muy cercuca, está la montaña de Masilba. Dicen que eso viene de Mamá Silba. Posiblemente no sea cierto, pero muchos lo creen.

Y creer algo es, sí, hacerlo un poco verdad.

Don Emiliano silbando. Al fondo, la niebla
Don Emiliano silbando. Al fondo, la niebla. Gema Rodrigo

El mirador de Isora se abre, solemne, sobre la zona que dicen de Las Playas. A tus pies una carretera, un túnel, un parador de turismo en obras. No llegas a ver Timijiraque, pero allí hay piedras picudas, piedras afiladas de color negro lava, piedras de las que asoman hierbitas y plantas verdes, amarillas, encarnadas, alguna flor de color cárdeno. Es como si hubiesen dejado a un niño travieso pintarrajear con acuarelas los restos del volcán. Justo frente al Roque de la Bonanza el mar rompe con fuerza, olas que traen y arrastran cantos rodados haciendo ruido como de chocokrispis en el tazón del desayuno. Es furioso, sí, aquí el océano.

Pero desde arriba todo parece más quieto, más zen. Desde arriba, aunque veas la senda de tierra roja que cae casi en vertical letime abajo. Letime es como dicen en El Hierro a la zona alta del corte. Nosotros estamos allí, en el Mirador de Isora.

Para que nos silben.

"El silbo se aprende como se aprende a hablar. A nadie lo enseñan, pero aprendes. Poco a poco. Lo ves en familia, en la gente que te rodea. Todos estaban en el campo", nos dice Don Emiliano. Que él también bajaba hacia las playas, en invierno, para trashumancia. Y señala el sitio. En esta isla se hacía así, a veces mudaban de hogar en busca de peces, de higos, de fruta. Y nos comunicábamos entre abajo y arriba con silbidos. "Cuando lo de la trashumancia se vivía en cuevas o en pajaritos... el pajarito es casi una cueva, un pequeño techo que antes era de colmo, luego se usaron planchas de zinc". Pregunto. ¿Usted ha vivido en cuevas? Y él sonríe, siempre sonríe. "Pues claro".

Y sigue. Que entre los pastores se comunicaban silbando. Y que de cumbres a playas lo mismo. Se asomaban y silbaban. Miro hacia abajo, da vértigo. Tú... ¿has llegado a perder ese lenguaje? Niega. "Yo es que siempre me he dedicado al ganado, y en ganado es casi obligatorio. Piensa que dentro de la isla hay muchos sitios sin cobertura para el móvil, entonces la única forma de comunicarnos es con silbidos, y también silbas a los animales". Reflexiono. Aun hoy ocurre. De hecho, me cuentan, en la Escuela Ganadera de la isla, donde preparan a los futuros pastores, enseñan silbo. Porque sigue siendo útil.

Eso sí, pastores quedan muy poquitos, nos cuenta. "Yo tengo ovejas, quedarán unas ciento veinte, pero llegaron a haber trescientas y algo. Vivimos un poco de todo, hacemos agricultura, hacemos ganadería y hacemos pesca profesional. Mi chico acaba de llegar de ir al atún rojo". Pero eso, que pastores poquitos, porque ya casi todos tienen el ganado en estabulaciones, comiendo paja que viene de Lleida y cereal que viene de Ucrania. "Así que desaparece el pastoreo", dice. Y señala. "Mira, esas plantas son forraje buenísimo para los animales, y ahí está, perdido. Es de no entender. Lo que no es sostenible no es sostenible. Ni lógico".

Vamos acabando. Emiliano, ahora, por aquí... ¿cuánta gente silba? Él responde rápido. "Mucha, hay mucha gente que silba. Cada cual de una forma, pero el silbo es igual para todos. La manera de comunicarse, las palabras, se emiten con el mismo sonido. Eran cosas muy cortas. Preguntabas por Pedro, le decías que viniera para arriba, que la oveja se había extraviado, que ya estaba el cordero parido. Y también los pastores podían hablar entre ellos, cuando acababa el día. Preguntabas si bajaban, si se reunían en algún sitio, que qué tal. Ahí tenias cuidado, porque tú hablabas con uno, pero los demás también escuchaban la conversación". Ríe, luego se pone serio. "Y se usó mucho después de la guerra civil, porque los huidos se comunicaban con silbo. En clave, por supuesto, que los escondidos conocían el silbo, pero el falangista que iba con la guardia civil, también. Así que eso, en clave".

Oye, decimos... y ¿nos podrías silbar algo? Vuelve a sonreír. "Yo silbaba con los dedos", dice, "pero aprendí a hacerlo también sin dedos, porque de niños hacíamos competiciones de ecos... Te ponían frente a un barranco y silbabas, ganaba el que más veces se reprodujera su silbido. Ah, y en el fútbol, en el fútbol también, para decir a otro que te pasara el balón". Y se pone a silbar. Sobre el Mirador de Isora, tarareando. Pero, ¿qué silbo?, pregunta. Ah, no sé... lo que tú quieras... Piensa. "Pues, no sé, lo del pastor... que ya me parió la oveja. Se llamaba dos veces. La primera de aviso, la segunda específica para transmitir el mensaje. Voy a llamar a Juan".

Es un sonido agudo, penetrante, que va desflecando en dirección a la olas. Empieza muy fuerte, luego cae. "Él debe silbar también, eso significa que te escucha". Y sigue. Tiene algo de magia, de taumaturgia, tiene algo de antiguo y de telúrico. Casi llegas a entender algún tono, alguna inflexión. O eso quieres pensarte. La pregunta, el contestar. Todos quedamos en silencio, expectantes.

Por si alguien responde.

No hay suerte.

Ganado en la parte alta de El Hierro
Ganado en la parte alta de El Hierro. Gema Rodrigo

Abusamos de él, de Don Emiliano, como niños ante el güelo que todo lo sabe. Silba, silba más, silba más cosas. Y se le curva el bigote mientras sonríe. Silba eso, silba lo otro. Él encantado. Justo enfrente hay dos gavilanes de color naranja, suspendidos uno frente al otro. A veces ahí, al fondo del cortao, pasa algún coche, y parecen hormiguitas que miras desde arriba, desde muy arriba. El cielo está, hoy, azul. Allá arriba, por entre las nieblas, hará frío. Don Emiliano nos cuenta una historia.

"Una vez, en la calle Preciados, en Madrid. Estaba yo allí, y había gente... muchísima, todos así, casi sin poder movernos. Y había una señora venga a gritar, llamando a alguien. Pedro, Pedro. Yo la veía, estaba angustiada, la voz como con miedo. Y entonces silbé. Silbé el nombre, el nombre de Pedro. Y, no me digas cómo, alguien se dio la vuelta. Era el tal Pedro, que había reconocido su nombre en mi silbido. Allí, en la calle Preciados. Logramos encontrar a alguien gracias al silbo herreño". Y vuelve a hacer otro, a silbar palabras, frases.
Recuerdos silbaos de algo que fue, y aun continúa.

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