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Ilustración del colesterol que circula por una arteria./SUT

Colesterol Así estrecha el colesterol malo las arterias

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El colesterol LDL, más conocido por colesterol “malo”, se puede acumular en las paredes arteriales provocando así el estrechamiento, el endurecimiento e incluso la ruptura de esos vasos sanguíneos y la aparición de trombos.

Ciencias

El colesterol LDL, más conocido por colesterol “malo”, se puede acumular en las paredes arteriales provocando así el estrechamiento, el endurecimiento e incluso la ruptura de esos vasos sanguíneos y la aparición de trombos. Muchas veces este proceso de aterosclerosis desemboca en infartos cardiacos y cerebrales (ictus) porque la sangre no llega a esos órganos vitales. Hasta aquí todo era sabido y estaba comprobado, pero lo curioso es que los investigadores no habían podido establecer con seguridad los pasos de este proceso que precede a accidentes vasculares tantas veces mortales. Ahora empiezan a conocer los detalles de esta atracción fatal del colesterol por las arterias por las que circula.

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La teoría más aceptada era que el colesterol entra de forma pasiva en las paredes arteriales por puntos en los que existen lesiones y que tienen menor capacidad de reparación del tejido, y que ahí forma placas. Ahora resulta que es un proceso activo, porque unas proteínas determinadas presentes en las arterias atraen a las lipoproteínas de baja densidad (el colesterol LDL) y las introducen en las paredes arteriales. El trabajo en el que han comprobado este hecho investigadores de Estados Unidos ha merecido ser publicado en la revista Nature y supone un paso importante en la búsqueda de nuevos tratamientos preventivos, señalan algunos expertos.

Si se cuenta de forma simple, todo consiste en que una proteína llamada SR-B1 se ancla a las partículas LDL y las introduce en la única capa de células endoteliales que forman la barrera interna de las arterias. No solo las capta sino que las absorbe hacia el interior al transportarlas a través de estas células, con la ayuda indispensable de otra proteína llamada DOCK4.

Al principio del proceso de aterosclerosis, las paredes arteriales presentan batalla, con unas células del sistema inmune llamadas macrófagos, que “ingieren” las partículas. Sin embargo, estos macrófagos hacen más mal que bien, porque se convierten en células espumosas cargadas de LDL que promueven la inflamación en la zona y predisponen al desarrollo de las placas de colesterol, señalan los investigadores, dirigidos por Philip Shaul, de la Universidad Southwestern en Texas. Como todo en biología molecular, los procesos son complejos.

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Ingeniería genética

En experimentos en ratones con un alto nivel de colesterol en sangre a los que se les inactivó con ingeniería genética el gen de la proteína SR-B1 de las células endoteliales, se comprobó que se introdujo mucho menos LDL en las paredes arteriales, se formaron menos células espumosas y las placas de ateroma eran bastante más pequeñas que en ratones no modificados. También se midió la presencia de las dos proteínas en zonas de la aorta propensas a formar placas y se comprobó que los niveles eran más altos que en otras zonas menos propensas, y esto mucho antes de que se empezaran a formar las placas. “Esto indica que las lesiones ateroscleróticas pueden ser más frecuentes en zonas concretas de las arterias porque en ellas hay más proteínas de este tipo”, señala Shaul.

Como todo este trabajo se había hecho en ratones, los investigadores dieron un paso más para ver si se podían aplicar los resultados a las personas. La revisión de tres grandes bases de datos de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos (NIH) sobre arterias humanas mostró que las dos proteínas resultan ser siempre más abundantes en las arterias afectadas que en las normales.

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El paso siguiente es desarrollar un medicamento que inhiba una de las dos proteínas, o una terapia genética que bloquee su producción en las células endoteliales, señalan los científicos. Todo ello como complemento de la estrategia actual de mantener bajo el nivel de colesterol malo circulante, que se ha demostrado eficaz pero no tiene en cuenta la susceptibilidad individual a la enfermedad y en algunos casos resulta muy difícil o imposible de implementar.

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