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Opinión · Otras miradas

La ‘mariconez’ de Mecano

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El hombre de letras pone el grito en el cielo y se pregunta hasta cuándo la corrección política y el llamado “lenguaje inclusivo” nos van a obligar a cambiar el diccionario. Se refiere a la negativa de una concursante en Operación Triunfo que se negó a cantar un verso de la canción de Mecano Quédate en Madrid, donde se usa la palabra “mariconez”. Vaya por delante para los amantes de la academia y sus manuales que dicho término no aparece en el Diccionario de la Real Academia. Y una cosa más. En esa canción la palabra “mariconez” se usa como sinónimo de idiotez. Mariconez viene de marica e idiotez, de idiota, lo que equipara marica a idiota. Lamento tener que dejar por escrito lo obvio.

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El pasado 19 de septiembre supimos que la RAE estudiará la posibilidad de cambiar la acepción de la palabra negro que la define como “persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro”. Se lo ha pedido la Red Española de Inmigración y Ayuda al Refugiado, que la considera racista. Es racista. Entonces los muy académicos defensores de lo inmóvil también pusieron el grito en el cielo.

Y se nos está llenando el cielo de gritos.

Que se nos llene el cielo de gritos a base de discusiones sobre la lengua me parece un avance tan gozoso que a punto estoy de mandarle una cesta de libros a la tal María, concursante de OT. Porque la cuestión no es si ese término debe desaparecer por ser resultar ofensivo a los homosexuales. De hecho, yo jamás lo había oído y parece que en la RAE tampoco. La cuestión es cómo la realidad modifica el lenguaje y, en sentido contrario, el uso del lenguaje también modifica la realidad. Este año, la noticia sobre el archiconocido concurso televisivo trata de eso precisamente. Y es una muchacha quien lo ha echado a rodar. Mi alborozo es tal que ni siquiera me importaría que se tratara de una campaña de márketing, cosa que dudo. Debatir sobre la lengua nos hace muchísimo mejores que discutir sobre el modelo que lleva Equis o los kilos que le sobran a Zeta.

Una de las acusaciones más rancias de quienes atacan el feminismo se ceba en que éste intenta e imponer términos y formas de expresión para cambiar el lenguaje. Así es, pero no se trata de imponerlos, señoros, sino de usarlos. Somos palabras, pensamos palabras, las palabras nos modifican, de la misma forma que éstas aparecen, desaparecen y se transforman junto a la evolución de nuestra sociedad. No existió la palabra cirujana hasta que no hubo cirujanas. Tuvimos que ver no pocas juezas en los tribunales para que se les dejara de llamar juez, y aun entonces subieron al cielo muchos gritos que exigían que se dijera “la juez”, “la médico” etcétera.

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Esta evolución del lenguaje procede sencillamente de una evolución social. Ahora las mujeres ocupamos todas las profesiones y nuestra presencia en el ámbito público exige que se nos tenga en cuenta. Hay que nombrar lo que existe, así de simple. Tradicionalmente y durante siglos, aquellos que se han hecho cargo de las palabras, de la versión “académica” de las palabras (otra cosa es su uso) han sido hombres. Y suyos han sido los libros, las instituciones, las universidades, los escenarios políticos… Ya no. Hay que joderse, señoros, ya no.

Sin embargo, ahora que las juezas ya son juezas, estamos asistiendo a un paso más. Cuando la concursante llamada María rechaza utilizar la palabra “mariconez” por respeto a los homosexuales, pone en evidencia que la lucha del movimiento LGTBI, igual que las del feminismo o los movimientos antirracistas, están dando sus frutos, y son jugosos, y al que no le gusten se los puede confitar. Es un movimiento de ida y vuelta. El lenguaje modifica lo que somos, y por eso el uso de las palabras jueza, médica y concejala evidencia la participación de la mujer en la vida pública y profesional. A nadie de la generación de María le cabe ya ninguna duda de que las mujeres pueden ejercer y ejercen todas las profesiones, así como ocupar cualquier cargo público. Es algo que ni se plantean. El uso del lenguaje ha puesto los cimientos y sobre ellos, su generación construye un mundo.

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En sentido contrario, el gesto de la muchacha, como tantos otros de las luchas sociales, modifica las palabras. Ella no quiere usar “mariconez” como tampoco creo que usara “mariconada”, “mujer fácil” o “tráfico de blancas”. Se trafica con mujeres de todos los colores, en su mayoría no precisamente blancas, y por mucho que le pese a Arturo Pérez Reverte, a la chica no se le pasa por la cabeza la acepción que él defiende sobre la “facilidad” de una mujer. No quiere usar dichos términos y en su no usarlos los connota, o sea los modifica. Denunciar aquellos términos que encierran racismo, discriminación, machismo etc no supone que los retiren del diccionario. Los señores académicos de la Lengua son 38, no precisamente los más revolucionarios del sector, y 8 las académicas. Y sin embargo, no importa. Denuncian los términos y con ello lo cambian todo. Cambian su uso, de manera que utilizar la palabra “mariconez” por idiotez, o “no seas maricón” por cobarde, deja de funcionar contra el movimiento LGTBI para volverse en contra de aquel que lo usa.

Hoy leía a una periodista afirmar que en los años 80 decíamos sin problema mariconez porque éramos más libres y teníamos menos prejuicios. Imagino que por la misma razón considerará un gesto de libertad los chistes de “subnormales” y “gangosos” y aquellos en los que el marido le decía a su esposa “te voy a moler a palos”. Me da igual. La transformación que revela el gesto de la concursante María ya ha echado a andar. A la periodista de los 80 o a mí nos puede parecer bien, mal o regular, y eso no importa. Hay una generación a la que ya no le parece bien usar ciertas palabras. Los académicos pueden conservarlas en sus diccionarios (no es el caso de mariconez, que nunca estuvo), que será su uso el que se acabará imponiendo.

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Al grano y con el cielo lleno de gritos: En uno de los concursos de mayor audiencia de las televisiones, ese que ven los hombres y mujeres de la generación de María, se discute sobre el uso del lenguaje. Aunque solo sea por eso, todo esto merece la pena. Y creo que incluso a José María Cano debería alegrarle el día.

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