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Opinión · Tierra de nadie

La cocina de Podemos

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Existen dos reglas de la cocina que deberían plasmarse como principios fundamentales en los tratados de Politología. La primera es que no se puede hacer una tortilla sin romper antes los huevos y la segunda, que trascendió rápidamente más allá de los fogones, es que no conviene polemizar con quien tiene la sartén por el mango. Atreverse con el revuelto sin asegurarse antes de que es uno el que sostiene la sartén demuestra una supina ignorancia culinaria y, por lo general, provoca a lo tonto graves quemaduras a los temerarios. Esto es justamente lo que ha ocurrido en Podemos Madrid, que ahora tiene la cocina en llamas y no hay seguro de hogar que cubra los daños.

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El siniestro de ayer era un desenlace previsible. Podemos quería que la alcaldesa de Madrid, Manuel Carmena, repitiera como candidata. Carmena aceptó con la condición de que sería ella la que decidiera su equipo. Podemos pasó por el aro pero asegurándose de que el exJemad Julio Rodríguez figurara como su número dos, en la idea de que fuera su relevo a mitad de mandato. Para atar esa hipotética transición sin contratiempos, se elaboró una lista de primarias que marginaba a los preferidos de la alcaldesa. Sorprendidos en su buena fe –o eso dicen ellos-, los concejales afectados se plantan y se borran de las primarias con el apoyo de la regidora. Y sin más se declara el incendio.

Para echar más leña al fuego, la dirección madrileña del partido decidía suspender cautelarmente de militancia a los seis ediles rebeldes, con Rita Maestre a la cabeza, una medida disciplinaria tan preventiva como disparatada a estas alturas de la película. Lo lógico habría sido posponer dicha suspensión hasta que se materializara la presentación de los concejales en otra candidatura distinta a la de Podemos ya que, por el momento sólo existe por su parte una declaración de intenciones y, que se sepa, nadie está obligado a concurrir a unas primarias si no desea hacerlo. Llevado al absurdo, todos los inscritos de Podemos en Madrid que hayan renunciado a concurrir a esta elección interna tendrían que ser apartados por si las moscas.

No es cuestión de entrar en las razones de unos y otros pero desencadenar esta crisis a seis meses de las municipales no es sólo un error estratégico sino una falta de respeto a los potenciales votantes que, con buen criterio, recelarán de confiar la gestión de los asuntos públicos a quienes no son capaces de solventar pacíficamente sus cuitas privadas. El paisaje que observan es el de una lucha por el poder mal disimulada que no entiende de armisticios.

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Ni siquiera se trata de un enfrentamiento entre el personalismo y la coralidad, absurdo en un partido cuyo liderazgo suele eclipsar a los más arrojados. Carmena no compite con Iglesias, y ello explica que su pretensión de rodearse de su propio equipo fuera aceptada por esa ley de la sartén que antes se mencionaba. Lo que no se digiere en la oficialidad del partido es que Madrid pueda convertirse en una isla errejonista y que las autonómicas y municipales sirvan de trampolín a una alternativa de poder real al secretario general. Esa es la tortilla que ha tratado de cocinarse de muy mala manera.

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