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Opinión · Punto de Fisión

Tócate el nardo, Leonardo

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Es difícil suscitar una revuelta de historiadores, ya que ellos normalmente las catalogan, las estudian y las describen, pero Christian Gálvez ha conseguido que un montón de ellos se reúnan para pedir su cabeza por culpa de la exposición Leonardo Da Vinci: los rostros del genio, financiada por mecenas privados e impulsada por la Biblioteca Nacional. En este sentido -probablemente en otros también- Gálvez ha hecho historia. Se trata, según él, de una muestra complementaria a otra más seria, también promovida por la Biblioteca Nacional, que muestra unos manuscritos del gran artista italiano referidos a ingeniería y ciencia militar. La suya, en cambio, enseña a un Leonardo más de andar por casa, un "Leonardo en vaqueros", según palabras de Gálvez, con reproducciones de máquinas voladoras, artilugios mecánicos y esas cosas que le daba por dibujar a Leonardo entre cristos silentes, vírgenes líricas y señoras misteriosas. También podía haber dicho un Leonardo de Pasapalabra, un Leonardo de tócame roque, o un Leonardo de enséñame el nardo, pero eso ya sería dar demasiadas pistas.

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Dejando aparte cuestiones tan importantes como la banalización de la alta cultura y la confusión entre conocimiento científico y circo televisivo, quizá lo más curioso sea que una exposición que pretende acercar la figura de Leonardo al gran público termine por mostrar una imagen del artista no sólo distorsionada, sino equívoca, desfasada y ridícula. La inclusión de la Tavola Lucana, un supuesto autorretrato del pintor que ningún experto reconoce como obra suya y que parece más falsa que un billete de trece euros, da una idea de por dónde van los pinceles. Sánchez Ferlosio cita a menudo el brillante prólogo de un anónimo tratado titulado Arte de tocar las castañuelas, cuya primera frase dice así: "No hace ninguna falta tocar las castañuelas, pero en caso de tocarlas, más vale tocarlas bien que tocarlas mal".

Efectivamente, no había ninguna necesidad de hacer una exposición más sobre el gran genio del Renacimiento y menos aun con la intención de acercarlo al gran público. El movimiento tectónico, como en el caso de Mahoma y la montaña, es justo al revés: es el gran público (o el pequeño) el que debería mover el culo y acercarse a Leonardo. Sin interés previo, sin curiosidad, sin ganas de aprender a distinguir una obra maestra de un camelo al óleo, da la impresión de que el gran público o bien es un vago de siete suelas o lo que quiere es acercarse a Christian Gálvez. Esto de intentar aproximar a Leonardo (o a Quevedo, o a Bach) a esa entelequia llamada gran público no es muy distinto a esas excursiones al Himalaya que pretenden poner a un montón de gente sin criterio, sin el menor entrenamiento alpino y sin saber siquiera colocarse unos crampones en la cumbre del Everest. Como ocurrió en 1996, las expediciones de aficionados temerarios suelen acabar en desastre, en rosarios de cadáveres congelados y manos y narices amputadas, un peligro mortal que ciertamente no corren los afortunados que hayan elegido a Christian Gálvez como sherpa en su ascensión cultural hacia Leonardo Da Vinci. El que corre peligro es Leonardo Da Vinci, que puede terminar hecho un asco, más o menos como el campamento base del Everest, cubierto de toneladas de basura después de una de esas alegres romerías de montaña.

No, no se entiende muy bien por qué Leonardo debería ser más famoso aun de lo que es; por qué, como decía Elmer Gantry, la verdad de una religión depende del número de sus fieles. Para hacerse una idea de sobre qué pilares se sustenta dicha fama no hay más que visitar el Louvre y ver las muchedumbres de visitantes que acuden en masa a fotografiarse junto a La Gioconda, ignorando maravillas cercanas como La Virgen de las Rocas o La Belle Ferronière, también de Leonardo, el asombroso Retrato de Baltasar Castiglione, de Rafael, o mi favorita, la espeluznante La balsa de la Medusa, de Géricault. Eso por no hablar de quienes van únicamente siguiendo las huellas de la novela de Dan Brown. La inmensa mayoría de ellos ni siquiera se detiene un momento ante la sonrisa átona de esa mujer que les aguarda desde el limbo: se hacen un selfie, tocan las castañuelas y Pasapalabra.

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