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Opinión · Otras miradas

La radiación del sistema financiero

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Los lobos de Chernóbil merodean lozanos por los bosques que embellecían la antigua central nuclear. Y son radiactivos, aunque parecen sanos.

Es difícil entender el odio ancestral que el lobo provoca en el hombre. Tal vez durante siglos se vio a este animal un feroz competidor.

Sin embargo cuida de la manada con una fidelidad admirable, igual que las personas de vez en cuando hacemos con nuestros iguales. Son seres nobles que vuelven a la zona del desastre para repoblarla, a pesar de la devastación.

También los tomates y las lechugas de la zona crecen bien, y son el orgullo de los lugareños. Llama la atención el intenso verde del paisaje, y su exuberancia radiactiva.

Los liquidadores de Chernóbil hicieron un buen trabajo, aunque se los llevó un fulminante cáncer, a consecuencia del material radiactivo. Queda en la memoria su mirada perdida sobre el abismo de un sarcófago humeante, y las imágenes de su gigantesca fatiga, tras palear en tandas de un minuto los escombros negruzcos, con sus finas planchas de plomo atadas al pecho y a los testículos, para protegerse de la radiación.

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Generalmente, en cualquier zona catastrófica, se erige un monumento, una placa conmemorativa, o el nombre de una calle. Esos espacios se reproducen como museos e historias fabuladas para niños, y están diseñados para retenerlas en la memoria.

La generación de los 70 y los 80 vivió un golpe concreto, con el fin de la URSS. También un desastre abstracto letal: la tiranía del sistema financiero, diseñada para gratificar trabajos esclavos. Son espacios abstractos donde no se ha producido una explosión, sino un tsunami silencioso, procedente de las cloacas del sistema.

La crisis financiera no fue una explosión brutal causada por una guerra. Fue más letal, porque destrozó a millones de familias en todo el mundo, y aún hoy continúa haciéndolo. Tales son las consecuencias de la legalización de la usura más extrema, y la irresponsabilidad de estúpidos con capacidad de decisión en puestos directivos de Bancos y Cajas.

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Al contrario de lo sucedido en la antigua URSS, donde un inmenso mundo concreto quedó devastado, las sociedades contemporáneas sufren a cámara lenta una forma de explosión de la ética más elemental, después de la corrupción del sistema financiero, y sus efectos víricos. Es una debacle ética en la que gana la Banca, y esta situación se sigue prolongando hasta hoy día.

Decían que las reformas llegarían, y que aprenderíamos de elloSin embargo, en nuestro país, el 10% de los más ricos concentran más de la mitad de la riqueza (54%).

El año pasado, el 1% más acaparó el 50% de la riqueza creada. En consecuencia, el abuso y la rapiña aumentan tanto como la arrogancia.

En los colegios se debería enseñar a los niños el origen de esta crisis moral o ética, pero no hay ni rastro en los programas educativos del ministerio. Tal vez no sea tiempo para héroes, y sí para primar la competitividad y el deseo de consumir riqueza.

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Pero la naturaleza siempre recompone el paisaje con insultante indiferencia, incluso tras una catástrofe nuclear. Deseamos una sincronía de los fenómenos naturales con nuestros sentimientos, pero están disociados.

Lo que es difícil es reconstruir un paisaje abstracto, porque no es un lugar físico  y concreto,  sino llenos de algoritmos. Y se considera que esos lugares comunes ya han sido colonizados por todo tipo de prevenciones, cuando en absoluto es así.

Si los lobos vuelven con libertad a un bosque canceroso, lo hacen por una especie de mandato natural, mientras que si las personas a veces cometemos los mismos errores, es porque estamos hechos de olvido. Nuestro hábitat individual y natural es volver al lugar de nuestros sueños y pesadillas. Eso si el poder político de los Estados no lo remedia.

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Mientras que la naturaleza reconstruye la materialidad y la esencia del lugar, a las personas nos cuesta reparar los desastres causados por lo que se conoce como “el mercado”, porque es un dios al que hay que dejar actuar con libertad, como si la propia dinámica económica fuera tan prodigiosa como la acción de la naturaleza. Pero en absoluto es así.

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